Este desplazamiento marcó un cambio en su forma de trabajar. Martin entendía que su pintura requería distancia de la vida pública y de las expectativas del medio artístico. Se instaló finalmente en Nuevo México, en un paisaje abierto donde el horizonte apenas encuentra interrupciones. Allí construyó una casa sencilla y organizó su vida en condiciones de aislamiento, estableciendo un ritmo donde la espera formaba parte del trabajo. Sostenía que sus pinturas surgían de imágenes que aparecían en la mente con claridad; su labor consistía en trasladarlas al lienzo.

Su trabajo se sostuvo en esa forma de atención. A lo largo de su vida atravesó episodios de esquizofrenia, pero evitó convertir la pintura en un registro directo de esa experiencia. Buscaba estados de quietud, alegría e inocencia. “La felicidad es la meta de la vida”, escribió, y sus retículas responden a esa búsqueda. Funcionan como superficies donde variaciones casi imperceptibles modifican la percepción.
El silencio formó parte de ese proceso. Martin reducía la interacción con el exterior y trabajaba desde una concentración prolongada. Pintar implicaba sostener una línea y repetirla hasta establecer un ritmo. Cada trazo se organizaba en el tiempo con una precisión constante.

La obra de Agnes Martin se construye desde esa economía de medios. Cada cuadro propone una relación entre ritmo, medida y percepción. En ese equilibrio, la pintura abre un espacio donde la mirada se detiene y encuentra una forma de orden.