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Carlos Amorales invade Zagreb

Hay artistas que ilustran su época y artistas que la traducen. Carlos Amorales pertenece decididamente al segundo grupo, y The War of the Worlds —su muestra actual en Galerija Manuš, Zagreb, abierta hasta el 31 de julio— es la prueba más reciente de una inteligencia que lleva más de tres décadas dándole forma a lo político sin nunca perder el filo.


Por Gabriela Gorab

Hay artistas que ilustran su época y artistas que la traducen. Carlos Amorales pertenece decididamente al segundo grupo, y The War of the Worlds —su muestra actual en Galerija Manuš, Zagreb, abierta hasta el 31 de julio— es la prueba más reciente de una inteligencia que lleva más de tres décadas dándole forma a lo político sin nunca perder el filo.

La muestra ocupa un cubo de cinco metros por lado. Ahí, Amorales monta una serie de dibujos hechos con crayones de cera —los mismos que usan las escuelas Waldorf para enseñar a los niños a distinguir el color según la paleta de Goethe— y que él ha convertido en un instrumento de pensamiento adulto, denso, áspero y muy colorido. No es casualidad que haya elegido La guerra de los mundos como marco, no como argumento: lo que le interesa de Wells no es la novela, sino su método. Wells escribió sobre el colonialismo británico invirtiéndolo —marcianos que invaden Londres, el imperio como víctima— porque en su época esas ideas no podían decirse de frente. Amorales hace lo mismo, un siglo después, con una claridad que solo da la lectura seria: detrás de esta serie está Exterminate All the Brutes, del sueco Sven Lindqvist, un ensayo sobre el imperialismo europeo que Amorales leyó y releyó durante la pandemia hasta convertirlo en estructura de pensamiento. Ahí encontró la explicación que le faltaba sobre cómo la asimetría tecnológica —no la superioridad moral ni cultural— fue lo que permitió a Europa someter a otras civilizaciones. Y ahí encontró también el espejo de nuestro presente: Irán, Gaza, Ucrania…la misma lógica de poder desigual operando siglos después.

Ese es el primer gesto que distingue a Amorales de tantos artistas que trabajan lo político: no ilustra la coyuntura, la piensa desde su genealogía. Sus dibujos no representan literalmente ninguna guerra actual. Sugieren, en cambio, una sociedad agrícola sometida por seres alienígenas, un elenco de híbridos ambiguos —mitad planta, mitad humano, a veces con algo que pareciera lagarto— que van deslizándose hacia referencias todavía más antiguas: Adán y Eva, el fruto que pasa de una mano a otra. Amorales nunca había dibujado extraterrestres. Los eligió casi cliché, con los ojos alargados de la ciencia ficción de serie B, y en esa elección hay una estrategia notable: en un momento en que casi cualquier conflicto histórico real —aztecas contra españoles, por ejemplo— se ha vuelto un campo minado de lecturas polarizadas, la fantasía le devuelve la libertad de trabajar la violencia, el sometimiento y la ambigüedad moral sin que nadie tenga que tomar partido. No hay buenos ni malos en su universo. Hay, como él mismo dice, “complejidad de los dos lados”.

La segunda cosa que distingue a Amorales es que nunca separa el pensamiento de la técnica: la forma es, para él, un lugar donde el argumento sigue ocurriendo. Estos dibujos son también un ejercicio de fricción entre lo arcaico y lo hipersofisticado. La técnica —recortar formas, poner el papel encima, hacer frottage*— pertenece a la misma lógica de su Liquid Archive, el acervo de formas que ha construido y reutilizado desde finales de los noventa. Pero lo nuevo, lo que hace de esta serie un salto real dentro de su propio sistema, es que las matrices detrás de esas formas nacieron de un programa de inteligencia artificial. Nadie lo notaría viendo el resultado final: el crayón remite a lo infantil, a lo espontáneo, casi a lo bruto; la inteligencia artificial es todo lo contrario. Esa tensión no es un truco técnico. Es, dice Amorales, exactamente el mismo choque que está dibujando —lo alienígena contra lo agrícola, lo antiguo contra lo nuevo— resuelto también en el método. Pocos artistas logran que la técnica sea, literalmente, el tema.

Lo tercero, y quizás lo más conmovedor, es que detrás del aparato conceptual hay una biografía que le da a todo esto una honestidad que no se puede fabricar. La palabra "alien" en inglés —advierte Amorales— nunca fue solo el extraterrestre: es también el extraño, el migrante, el que no encaja. Él lo sabe desde adentro. Se fue de México dos veces por periodos largos: de niño, entre los tres y los seis años, y luego entre los diecinueve y los treinta y tres, con una consecuencia que solo alguien con su sensibilidad para el lenguaje podría describir con precisión: aprendió español, lo desaprendió para aprender inglés, y al volver tuvo que desaprender el inglés otra vez. Dos experiencias de vivir "alienado", en el sentido literal de la palabra, en sociedades donde nunca terminaba de integrarse del todo —y que, sin embargo, le regalaron algo que solo se gana desde afuera: una mirada que los locales no tienen.

Esa misma biografía es la que Martina Munivrana, autora del texto curatorial de la muestra, conecta con el terremoto de 1985 —un sismo que lo marcó a los quince años como un parteaguas político y estético: la primera vez que participó, aunque fuera acompañando a su padre a repartir donativos, en algo más grande que él mismo; y la primera vez que entendió que la ruina puede ser, al mismo tiempo, horrible y bella. Cuando hoy ve lo que ocurre en Venezuela, dice, regresa a esa misma sensación —un Estado pasmado, y una sociedad civil que se organiza donde el poder no llega. 

Todo esto llega después de Battle, la serie que presentó meses antes en Split, en el mismo país: dibujos en serigrafía, en blanco y negro, inspirados en Henri Michaux, que trabajaban el malestar social de las protestas, los granaderos, el eco del asesinato de George Floyd en plena pandemia. Si Battle hablaba del presente incómodo, The War of the Worlds mira hacia otro tiempo —no el pasado del temblor ni el presente de las guerras que menciona, sino un futuro posible. Ese cambio —de la mancha en blanco y negro al color hecho a mano, de la protesta reconocible a la alegoría alienígena— muestra que Amorales no dejó Battle atrás para repetirla con otro nombre: la reformuló.

Y como si todo esto fuera poco, Amorales llega a Zagreb en medio de un momento de una productividad excepcional. Antes de esta muestra fue seleccionado para la Residencia FAARA de la Fundación Ama Amoedo, seis semanas en Casa Neptuna, José Ignacio, Uruguay, con un jurado curatorial integrado por Inés Katzenstein (MoMA, directora del Cisneros Institute), Pablo León de la Barra (curador para América Latina del Guggenheim) y Manuel Segade (director del Reina Sofía) —un respaldo institucional que pocos artistas mexicanos de su generación pueden reunir. Ahí editó una película día y noche y, en los ratos libres, trabajó con niños en la continuación de un proyecto de creación que había comenzado en Careyes. Y ya prepara su próxima individual en Kurimanzutto, para octubre, su primera ahí desde 2015

Entre el crayón y la inteligencia artificial, entre el 85 y Venezuela, entre las guerras de hoy y las de siempre, entre Zagreb y Kurimanzutto, construye un pensamiento visual que no necesita levantar la voz para ser, sencillamente, de los más lúcidos que ha producido México en las últimas décadas.

The War of the Worlds, de Carlos Amorales, permanece abierta en Galerija Manuš, Zagreb (Palmotićeva 29), hasta el 31 de julio de 2026.