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Clínica Membrana: una conversación con Serena Creciente

La práctica de Serena Creciente —nombre artístico de Samantha Lomelín— está anclada en una formación rigurosa: licenciada en Diseño Textil y Moda por la Universidad CENTRO, amplió su educación en dirección creativa en Central Saint Martins, en fashion marketing en London College of Fashion, y en fotografía de moda en TMF, Madrid. Ese tránsito por instituciones donde la disciplina y la experimentación conviven se nota en la precisión con la que articula su proceso: cada pieza de Clínica Membrana responde a una investigación tan meticulosa como la de cualquier estudio clínico, aunque su fin sea, deliberadamente, ficcional.


Por Gabriela Gorab

Su obra dialoga, además, con una tradición de pensamiento que ha explorado el lenguaje médico como sistema narrativo, no solo clínico. Susan Sontag señaló hace décadas cómo la enfermedad se convierte en metáfora antes que en diagnóstico; Michel Foucault describió a la clínica como una institución que no solo cura, sino que clasifica y produce verdad sobre los cuerpos. Clínica Membrana se inscribe en ese cruce: apropia la estructura del discurso médico para construir una ficción que, lejos de ilustrar procesos anatómicos, cuestiona cómo nombramos y comprendemos la experiencia física. En la siguiente conversación, la artista profundiza en esa apuesta.

El título de la exposición remite a una estructura biológica cuya función es separar y conectar al mismo tiempo. ¿La membrana es para ti una frontera o una zona de negociación?

Creo que es una zona de negociación. Tendemos a pensar los límites como barreras definitivas, pero las membranas existen precisamente para regular el intercambio. No aíslan por completo ni permiten un acceso absoluto; deciden qué atraviesa y qué permanece fuera. Me interesa esa inteligencia intermedia. Muchas veces pensamos que la identidad está en las estructuras más sólidas del cuerpo, cuando tal vez está más presente en esos lugares donde constantemente se negocia el contacto con el mundo.

En Clínica Membrana construyes una especie de institución ficticia. ¿Qué te interesa de apropiarte del lenguaje de la medicina y de la ciencia sin buscar producir conocimiento científico?

Me interesa que la medicina no sólo describe cuerpos: también organiza la manera en que los entendemos. Clasifica, nombra y establece categorías que terminan moldeando nuestra experiencia. No estoy intentando producir conocimiento científico ni ilustrar procesos anatómicos. Me interesa utilizar esa estructura para construir una ficción verosímil, una clínica imposible donde el lenguaje médico funciona también como una herramienta narrativa.

La exposición parece alejarse de la idea del cuerpo como identidad para pensarlo como materia y como proceso. ¿Qué puede revelar la ficción sobre el cuerpo que no puede revelar el discurso médico tradicional?

En realidad nunca sentí que estuviera representando el cuerpo, ni me interesó hacer una imagen de él o hablar de identidad desde ahí. Siempre me interesaron ciertas formas, tensiones y materiales: cómo algo se sostiene, se pliega, se rompe o cambia de función. Con el tiempo descubrí que muchas de esas preguntas existían también dentro del cuerpo. La medicina necesita certezas operativas: identificar, intervenir y resolver. La ficción, en cambio, puede habitar la ambigüedad, detenerse en aquello que no tiene una explicación clara, en la extrañeza de habitar un cuerpo. Me interesa ese margen donde no todo necesita concluir.

Gran parte del imaginario contemporáneo alrededor de la anatomía está asociado a la enfermedad, la intervención o el control. Tú, en cambio, hablas de reparación, cicatrización y mutación. ¿Por qué decidiste situarte en ese lugar?

Creo que porque me interesa más lo que pasa después del diagnóstico. Muchas veces imaginamos la medicina como una línea recta: aparece un problema, se corrige y todo vuelve a la normalidad. Pero rara vez funciona así. Una intervención, una cirugía o incluso una palabra pronunciada por un médico pueden reorganizar por completo la relación que una persona tiene con su propio cuerpo. La reparación no es un regreso al origen. Es una negociación. El cuerpo incorpora materiales ajenos, desarrolla compensaciones, aprende nuevas formas de funcionar. Me interesa ese estado intermedio: cuando algo ya cambió, pero todavía no sabemos exactamente en qué se ha convertido.

Las estructuras inspiradas en el cartílago de Meckel remiten a una etapa embrionaria, a algo que todavía no termina de definirse. ¿Te interesa más el cuerpo en formación que el cuerpo concluido?

Sí. Me cuesta pensar en el cuerpo como algo concluido. El cartílago de Meckel me obsesionó precisamente porque es una estructura temporal: aparece, sostiene ciertos procesos y después desaparece o se transforma en otra cosa. Me gusta pensar que gran parte de nosotros funciona así. Hay estructuras físicas, pero también ideas sobre quiénes somos, que existen sólo por un tiempo antes de convertirse en algo distinto.

Los archivos y diagramas dentro de la muestra evocan sistemas de clasificación científica. ¿Te interesa cuestionar la necesidad humana de nombrar, ordenar y catalogar la materia, o que la obra permanezca abierta, como un archivo incompleto?

Sí, aunque no desde una postura crítica absoluta. Clasificar es una manera de comprender el mundo y reducir su complejidad. Lo que me interesa señalar es que toda clasificación deja algo fuera. Siempre existe un excedente que no encaja del todo en nuestras categorías. Me interesa el archivo como algo necesariamente fragmentario: ningún expediente logra contener una vida entera; siempre hay vacíos, contradicciones y zonas ilegibles. Quería que la exposición conservara esa sensación de investigación en curso, como si todavía estuviera intentando entender aquello que observa.

En lo personal, quizá más porque crecí entre generaciones de médicos de varias especialidades, siempre he pensado que la anatomía posee una extraña belleza visual y narrativa. ¿Recuerdas cuándo comprendiste que ese universo podía ser, además de un objeto de estudio, una fuente de imágenes y de ficción para tu práctica artística?

Creo que pasó cuando dejé de ver la medicina únicamente como un sistema de conocimiento y empecé a verla también como una forma de contar historias. Me impresionó darme cuenta de que muchas de las palabras que utiliza son profundamente narrativas: defecto, corrección, pronóstico, intervención, reparación. Son palabras que describen una condición física, pero también proponen una manera de entenderla. Organizan expectativas, miedos y posibilidades futuras. Empecé a interesarme por esos archivos, diagramas y estructuras transitorias que aparecen en los textos médicos porque hablan de cuerpos reales, pero al mismo tiempo construyen ficciones sobre ellos. Ahí encontré un territorio muy fértil para mi práctica: un lugar donde la precisión científica convive con la incertidumbre, y donde incluso aquello que parece puramente técnico termina revelando algo profundamente humano.

Si la clínica tradicional busca diagnosticar, ¿qué busca hacer Clínica Membrana con quien la visita?

No busca diagnosticar ni sanar. Tampoco creo que busque transmitir un mensaje cerrado. Me gustaría que modificara ligeramente la manera en que prestamos atención. Que después de recorrerla resulte más difícil pensar en una cicatriz como una simple marca o en una membrana como una frontera pasiva. Que ciertas palabras y estructuras cotidianas recuperen su extrañeza. Si la clínica tradicional intenta reducir la incertidumbre, quizá Clínica Membrana hace lo contrario: permite permanecer un poco más dentro de ella.

Al final de la conversación con Serena Creciente, queda claro que Clínica Membrana no fue solo una exposición sobre el cuerpo, sino una manera de pensar la transformación misma. Me entusiasma seguir de cerca su proceso creativo: la manera en que narra la herida, la cicatriz y la mutación con tanta precisión conceptual y al mismo tiempo una delicadeza que  la distingue dentro de una generación de creadores mexicanos que están redefiniendo qué significa representar el cuerpo hoy.