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Cuando Estados Unidos dejó de importar el ballet europeo

Durante siglos, el ballet encontró sus grandes escenarios en Europa. En la década de 1930, Nueva York comenzó a escribir un capítulo distinto cuando Lincoln Kirstein convenció a George Balanchine de crear una escuela, una compañía y un repertorio concebidos para una nueva generación de bailarines. Aquella alianza dio origen al New York City Ballet y marcó el nacimiento de una de las tradiciones coreográficas más influyentes del siglo XX.


Por Liz Navarro

Durante siglos, el ballet viajó desde Europa hacia el resto del mundo. Las compañías estadounidenses esperaban la llegada de bailarines, coreógrafos y repertorios formados en París o San Petersburgo, como si la historia de la danza solo pudiera escribirse allí. En la década de 1930, Lincoln Kirstein decidió alterar esa dirección. En lugar de importar una tradición, quiso construir una desde sus cimientos. Para lograrlo necesitaba encontrar a la persona indicada.

Kirstein no era bailarín ni coreógrafo. Era un escritor, editor y mecenas convencido de que Estados Unidos podía desarrollar una identidad propia en la danza clásica. Durante un viaje a Europa conoció a George Balanchine, un joven coreógrafo georgiano formado en la tradición imperial rusa que trabajaba con los Ballets Russes. En lugar de ofrecerle una compañía consolidada, le propuso algo mucho viajar a Estados Unidos para crear un ballet que todavía no existía.

Balanchine aceptó la invitación y se instaló en Estados Unidos en 1933. El proyecto de Lincoln Kirstein le ofrecía una oportunidad poco frecuente: participar desde el origen en la creación de una escuela, una compañía y un repertorio concebidos para una nueva generación de bailarines. Aquel horizonte de trabajo marcaría el rumbo de toda su trayectoria y abriría un capítulo inédito en la historia del ballet estadounidense.
Antes de fundar una compañía, ambos comenzaron por lo esencial. En 1934 abrieron la School of American Ballet con la convicción de que ninguna tradición artística podía sostenerse sin formar primero a sus propios intérpretes. La escuela funcionó como un laboratorio donde Balanchine desarrolló una nueva técnica y donde comenzó a formarse una generación de bailarines estadounidenses.

Aquella búsqueda transformó poco a poco el lenguaje de la danza. Balanchine conservó la disciplina del ballet clásico, pero redujo el protagonismo de los grandes argumentos narrativos, simplificó la escenografía y llevó el movimiento a una velocidad y una precisión poco habituales hasta entonces. La música dejó de acompañar la coreografía para convertirse en su estructura misma. Cada paso parecía surgir directamente de la partitura.

Ese trabajo encontró su expresión definitiva en 1948 con la fundación del New York City Ballet. La compañía nació con un propósito muy distinto al de las grandes instituciones europeas: desarrollar un repertorio contemporáneo para un público contemporáneo. Nueva York dejaba de ser únicamente una ciudad que recibía compañías extranjeras y comenzaba a producir una tradición coreográfica con identidad propia.

Obras como Serenade, Concerto Barocco, Agon o Jewels terminaron por definir una nueva estética. La crítica comenzó a hablar del "estilo Balanchine" para describir una forma de bailar caracterizada por la velocidad, la musicalidad, la claridad de las líneas y una energía que muchos identificaban con el ritmo de Nueva York. Lo que había comenzado como una apuesta arriesgada adquiría reconocimiento internacional.

Con el paso de las décadas, bailarines y maestros formados en esa escuela llegaron a compañías de todo el mundo. El New York City Ballet dejó de ser únicamente una institución estadounidense para convertirse en uno de los grandes referentes de la danza del siglo XX. La tradición que Lincoln Kirstein había imaginado dejó de ser un proyecto y pasó a formar parte de la historia del ballet.

Todo comenzó con la decisión de dejar de mirar hacia Europa en busca de respuestas. Lincoln Kirstein encontró en George Balanchine al creador capaz de construir un nuevo lenguaje sin romper con la tradición que lo había formado. A partir de entonces, la historia del ballet también empezó a escribirse desde Nueva York.