Hay exposiciones que se recorren y hay exposiciones que te vibran desde adentro, que se viven …. Desde el umbral, la muestra que el MUAC inauguró el pasado 13 de junio bajo la curaduría de Lucía Sanromán y Alejandra Labastida, es de las segundas. Uno no sale igual de ahí: el objetivo no es ilustrar una crisis ecológica, sino provocar una alteración de conciencia frente a ella.
La muestra reúne 23 obras y permanece abierta hasta el 11 de diciembre. Arranca de una pregunta que suena simple y no lo es: ¿qué pasaría si dejáramos de tratar a la naturaleza como objeto y la reconociéramos como sujeto?
El proyecto parte de una idea de Bruno Latour: la naturaleza no es un dominio dado de la realidad, sino el resultado de una operación política de exclusión (Labastida Escalante, 2026). Esa separación nunca fue un accidente semántico. Fue el andamiaje que permitió, durante siglos, explotarla sin culpa.

La dosis inicial
Se entra por una instalación monumental: 53 bordados kené del colectivo shipibo-konibo Soi Noma. Cuelgan de una estructura de madera que atraviesa el techo del museo como un sistema nervioso puesto al descubierto, y ante ellos no hay mucho margen para la distancia crítica de manual.
El kené significa "diseño" o "camino"; no es ornamento, es escritura. Codifica el saber sobre plantas medicinales y alucinógenas de la Amazonía, mapas energéticos que existían mucho antes de que Occidente necesitara la palabra "naturaleza" para separarse de ella.
Caminar entre esos textiles —el jaguar en verde profundo, la serpiente que enmarca a un sapo cubierto de ojos diminutos, una sabía abuela— produce algo que no termino de llamar estético: una exactitud casi farmacológica que uno reconoce primero en el cuerpo y después, si acaso, en la cabeza.
Olinda Silvano, matriarca de Soi Noma, lo explica sin metáfora: el kené nace de la memoria y de las plantas, porque son las plantas las que "curan el ojo" (Berger y Silvano, 2026, p. 55). Sus abuelas le pusieron gotas de piripiri en el ombligo al nacer para que absorbiera el conocimiento del mundo, y esa absorción exige una dieta —sin sal, sin azúcar, sin frito— que hoy cualquier médico reconocería como protocolo, aunque le llame de otra manera.
No diré si conozco esa dieta por haber leído sobre etnobotánica amazónica o por haberla cruzado de otro modo. Sí puedo decir, con la autoridad de quien conoce ambos lenguajes, que la medicina tradicional que codifican estos bordados y la que Occidente llama "moderna" comparten una premisa que rara vez se admite: ninguna cree que el cuerpo esté sellado. La diferencia —la que le da su peso ético a esta sala— es que el kené nunca separó esa reorganización del alma de la del cuerpo.
Cerca de ahí, Proyecto Axolotl (1986) de Ulf Rollof —Colección MUAC, exhibida en versión ampliada con bocetos de proceso— funciona como contrapunto: donde Soi Noma exhibe un saber ya heredado, Rollof muestra el tanteo occidental de quien apenas aprende a escuchar a otra especie.

El cuerpo que litiga
Si la primera sala es el umbral sensorial, la segunda es el jurídico. Aquí la muestra se vuelve, como la describió Labastida, un Frankenstein feliz: bordado, pintura y expedientes legales conviven sin que ninguno se imponga. Y aquí Desde el umbral suelta su argumento más incómodo: el derecho, la herramienta que históricamente decidió quién merece protección y quién puede explotarse, está usándose al revés.

Ulf Rollof, Faros II (1986). Instalación flotante de tela de algodón sobre estructura metálica, suspendida mediante contrapesos y cámaras de caucho infladas. La obra evoca un faro o artefacto de exploración que establece un diálogo entre lo artificial y los ciclos orgánicos.
En octubre de 2025, Nuestro Futuro A.C. presentó una demanda contra el gobierno mexicano en nombre de las 31 ballenas del Golfo de California, para protegerlas de una terminal de gas natural (Sanromán Aranda, 2026). Las demandantes en ese expediente, formalmente, son ballenas.
Ariel Guzik dialoga acústicamente con ballenas y delfines. Tomás Saraceno explora la coautoría con arañas. Elisa Schmelkes propone registrar al río Magdalena como coautor de su propia obra. Susan Schuppli revisita el litigio que enfrentó a una petrolera con la Pachamama —sujeto constitucional en Ecuador— ante tribunal.
La memoria, en esta sala, deja de ser exclusivamente humana: es geológica, fluvial, es el cuerpo de una ballena que hoy, legalmente, puede tener representación. La ballena de Pinocho, en este marco jurídico, habría podido demandar por allanamiento.

El umbral como diagnóstico
Lo que logra Desde el umbral es sostener la paradoja en vez de resolverla. Usar el derecho, instrumento de separación, para ampliar el entorno de quienes merecen existir. Usar el arte, contemplación a distancia, para meter al cuerpo del espectador dentro del problema.
Si me preguntan si esta exposición cura algo, no tengo una respuesta ordenada; no receta certezas, pero reorganiza la pregunta de fondo que la modernidad lleva siglos esquivando. Que sigamos discutiendo quién es sujeto y quién es objeto es, probablemente, el síntoma más claro de que la enfermedad no es del planeta. Es nuestra. Pachamama lleva años vendida en camisetas o spas. Esta es de las pocas veces que la veo tomada en serio.