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El fantasma nuclear se lee en azul: Néstor Jiménez y Спектр синего шума en San Petersburgo

Una obra nacida en un estudio de Coyoacán viajó hasta San Petersburgo para encontrarse con una historia nuclear, una escala monumental y una tradición visual completamente distintas. El artista mexicano Néstor Jiménez presenta en solitario The Blue Noise Spectrum en el Erarta Museum, donde su serie Cobalto 60 adquiere nuevas lecturas frente a un público para el que el fantasma nuclear tiene otras resonancias. En este artículo para LIBER, Gabriela Gorab conversa con Jiménez sobre lo que ocurrió cuando su obra cambió de contexto: las inesperadas conexiones con la cultura visual rusa, el diálogo entre México y Rusia, las dificultades de exhibir en medio de las sanciones internacionales y las nuevas ideas que el viaje ya ha comenzado a producir en su trabajo.

 


Por Gabriela Gorab

Una obra nacida en un estudio de Coyoacán (dónde originalmente la conocí) llegó ahora a un palacio neoclásico remodelado bajo el estalinismo. The Blue Noise Spectrum—presentada como 

Спектр синего шума en el Museo de Arte Contemporáneo Erarta— pone a prueba la serie Cobalto 60 de Néstor Jiménez frente a un público con otra historia nuclear a cuestas y otra idea de lo monumental.

"Nosotros estamos también muy acostumbrados a la manera occidental, es decir, un tanto minimalista, y para los rusos de alguna forma es muy importante hacer uso de la monumentalidad", dice Jiménez. 

Esa diferencia de escala terminó siendo la puerta de entrada: "el trabajo se empezó a relacionar muy bien a través de las escalas y las texturas", en diálogo con un lenguaje visual que el público de San Petersburgo asocia de inmediato con el constructivismo ruso.

El hallazgo más revelador de esta temporada, sin embargo, tiene que ver con el color. En Occidente persiste la idea de una Rusia gris y desolada, alimentada por décadas de propaganda. Jiménez la desmiente sin rodeos: 

"hay un gran sentido del color, sobre todo como en la parte que pertenecía a los remanentes de la Rusia Imperial." 

El Hermitage está pintado de verde; el Palacio de Mármol, de salmón.

 "Dentro de Rusia hay muchas Rusias: la Rusia soviética, la Rusia imperial y la Rusia antigua", resume el artista. Sobre ese fondo cromático estratificado, el azul cobalto de su pintura encontró terreno fértil casi sin resistencia.


La memoria nuclear compartida

El público mexicano llega al accidente de Ciudad Juárez sin un marco histórico propio; México no produce energía nuclear. El espectador ruso, en cambio, carga con una memoria encarnada del fenómeno y con la certeza de vivir en el único país del mundo con un ciclo nuclear completo. Esa asimetría, lejos de distanciar la obra, la volvió más rica:

 "el fantasma nuclear, para nosotros, más allá de ser una fuerza tangible o destructora, es básicamente la falta de protocolos y la ignorancia en cuanto al manejo de la misma", explica Jiménez. Solo frente a un público que vivió el accidente como hecho colectivo se hace visible esa distinción.


El Erarta como marco ideológico

El edificio mismo sumó una capa de lectura que Jiménez no pudo prever desde su estudio: un palacio neoclásico remodelado en la era estalinista. "Un accidente nuclear en México derivado de las políticas de Estado dentro de un museo que en realidad representó arquitectónicamente las políticas de otro Estado" —la ironía, dice, es indiscutible. De ahí sale también la observación más aguda de toda la conversación:

 "para nosotros los mexicanos es muy importante el trasfondo político que las obras tienen [...] para ellos es mucho más importante lo que ven que lo que saben." El público ruso entra por lo formal y contextualiza después; el mexicano exige lo contrario desde el principio.

Esa curiosidad rusa tiene raíces históricas que Jiménez encontró una y otra vez en sus conversaciones con curadores y críticos locales. El vínculo entre México y Rusia se remonta a los años treinta, cuando varios muralistas mexicanos visitaron el Hermitage e incluso realizaron labores diplomáticas en territorio soviético —un intercambio, dice el artista, "mucho más profundo que el que tenemos con los Estados Unidos." Esa memoria compartida convive hoy con una aculturación global que empuja a ambos países a mirarse a través del filtro estadounidense en lugar de mirarse entre sí: Jiménez lo notó tanto en las noticias rusas, más atentas a China y Asia que a América Latina, como en lo poco que sabe México de la Rusia contemporánea más allá del estereotipo.


El mural frente al público

El montaje de Resplandeciente Sol de Canícula concentra buena parte de esa negociación entre tradiciones expositivas. El Erarta diseñó la museografía con una ambientación lumínica e industrial, ajena al cubo blanco al que Jiménez está acostumbrado en México, y el mural ganó con eso una experiencia física distinta: setenta u ochenta personas rodeándolo a la vez, acercándose "prácticamente a 5 centímetros de la superficie." El propio artista admite que, por costumbre, había llegado a verlo chico, hasta confirmar su escala real frente al cuerpo del público. El rojo cadmio de la pieza y la iluminación azul cobalto de la sala sostuvieron entre los dos la tensión central de la muestra: la relación entre belleza y destrucción.

Otros artistas de San Petersburgo y Moscú confirmaron esa lectura formal antes que conceptual: relacionaron el manejo de la perspectiva en sus "edificios mutantes" con Mijaíl Lariónov y los pintores rusos de principios del siglo XX. Ahí encontró Jiménez algo que no había contemplado —un cubismo y un impresionismo rusos con genealogía propia, distintos de sus referentes occidentales. "El cubismo ruso es muy particular, el impresionismo ruso es muy particular", dice, y pone como ejemplo el contraste entre los paisajes cálidos de Monet en Giverny y las escenas heladas de sus contrapartes rusas: la misma pincelada yuxtapuesta, la misma preocupación por la armonía cromática, resueltas bajo una luz completamente distinta. El brutalismo, el cubismo, la propia idea de vanguardia: cualquier tradición que Rusia toma prestada termina con su sello particular.


Logística en tiempos de sanciones

No todo fue fluido. Las rutas comerciales bloqueadas por la coyuntura geopolítica actual complicaron el envío, y varias piezas llegaron dañadas, lo que obligó a una restauración de último momento antes de la inauguración. Exhibir en Rusia hoy implica también negociar con las sanciones que traban cualquier tránsito de bienes desde y hacia ese país, y es justamente por eso que The Blue Noise Spectrum regresará a México en lugar de seguir de inmediato a otra sede: 

"es algo que nos rebasa [...] derivado de las sanciones políticas que existen sobre Rusia a la fecha." Se explora una presentación en Moscú, aunque nada está confirmado. Lo que sí es un hecho es que el grueso de la serie —más de veinticinco piezas, tres murales, veinticuatro cuadros de gran formato, incluidas dos piezas ajenas a Cobalto 60 que pertenecen a un proyecto anterior, Vieja Disciplina— salió del estudio directo a San Petersburgo sin pasar antes por una sala mexicana. Una exhibición en su país de origen se vuelve, entonces, casi obligada.


Rusia imaginada, Rusia real

Antes de este viaje, buena parte de lo que Jiménez sabía de Rusia venía de la literatura y el cine, nunca de la experiencia directa.

 "Nunca había ido hasta ahora, entonces en ese sentido creo que puedo enfrentarlo y observar en lo real cómo se desenvuelve", dice. Para él, esa confrontación entre la Rusia imaginada y la real no es tanto un ajuste de expectativas como una herramienta de trabajo: le da margen para profundizar no solo en lo estético, sino en la manera de construir discurso a partir de una ideología que lleva décadas presente en México sin que casi nadie la haya visto de cerca.


Del icono al juguete popular

El viaje dejó también una semilla para lo que sigue. Entre iglesias ortodoxas e iconostasios, Jiménez se interesó en observar cómo Rusia vive hoy "un proceso de religionización de lo político." De ahí nace ya una serie en curso, Falsas reverencias, que cruza la estética del icono ruso con el juguete popular mexicano dentro de su proyecto de largo aliento Fulgor y Sombra. La misma curiosidad que el público ruso proyectó sobre su obra —"saber cómo es México más allá del folclor"— Jiménez la devuelve ahora convertida en trabajo, sobre la cultura que lo recibió.