Sumergirse en el universo de Marysole Wörner Baz es entrar a un mundo tenebroso y surreal; una especie de pesadilla capturada en lienzos de tonos oscuros que más tarde, tras una fuerte crisis personal, evolucionó hacia una paleta de colores más vibrantes.
La artista nació en 1936 en la Ciudad de México, en el seno de una familia de creadores. Su madre, Marysole Baz de Wörner, era poeta, especialmente conocida por su antología La peonza. Su hermano menor, Juan Wörner Baz, se inclinó por el funcionalismo y retomó el estilo de Luis Barragán para jugar con los volúmenes y el espacio arquitectónico; mientras que sus tíos, los hermanos Emilio y Ben-Hur Baz Viaud, pintaron autorretratos, naturalezas muertas y estudios botánicos que tuvieron un gran recibimiento cuando se presentaron en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. Autodidacta, Marysole Wörner Baz se ganó muy temprano la atención de los críticos Margarita Nelken que escribió sobre ella en su libro El expresionismo mexicano (1965) y Jorge Juan Crespo de la Serna.
Mientras que a mediados del siglo XX en México el Muralismo y la Escuela Mexicana hacían del arte un espacio destinado a narrar la Revolución, informar al pueblo y cuestionar el proyecto moderno del país, la cercanía de Marysole con artistas extranjeros mayores que ella —entre ellos la surrealista exiliada de España, Remedios Varo— y el inicio de su carrera en Francia —en donde conoció al poeta Benjamin Péret y al escritor André Breton— le permitieron mantenerse al margen de las corrientes que prevalecían en México. Formó parte de la Generación de la Ruptura, un conjunto de artistas mexicanos y extranjeros que, en la década de los cincuenta, desafiaron el statu quo impuesto en las artes plásticas mexicanas. Al ir más allá de los límites ideológicos que imponía el muralismo, apostaron por una vía más apolítica y plasmaron valores más abstractos y cosmopolitas en su trabajo.

A pesar de la relevancia de su trayectoria y del hecho de que su obra hoy se encuentra resguardada en importantes acervos públicos y privados, el nombre de Marysole Wörner Baz sigue siendo poco conocido en el panorama artístico. Sin embargo, a noventa años de su nacimiento, la exposición Marysole Wörner Baz. Redenciones marginales, curada por Carlos Segoviano y celebrada hasta el 25 de octubre de 2026 en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, reúne más de sesenta obras y documentos que van desde cuadros y esculturas hasta recortes de periódico y fotografías retrato de la artista, haciendo justicia a seis décadas de producción. En las palabras del curador: “El Museo de Arte Moderno tenía pendiente con Marysole esta exposición individual. Además, es una oportunidad importante para que pueda ser conocida por nuevas generaciones”.
El recorrido empieza con seis obras en blanco y negro que van desde carbón y lápiz graso sobre papel hasta un óleo sobre cartulina. En cinco de estas obras aparecen personajes solos, en medio del cuadro, que ocupan la altura entera de la obra. Sus caras son poco o nada visibles, están de espaldas o con mucha sombra en el rostro. En la sexta, la más grande de la serie titulada Figuras Humanas (1977), aparecen más personajes misteriosos. Aquí, el uso de los materiales es completamente intencional. La textura polvosa del carbón y la densidad del lápiz graso acentúan una sensación de asfixia y desolación. Estos personajes anónimos son una constante y vuelven a aparecer en La limpia (1974), donde una mujer vestida de blanco que parece sacada de un cuento de terror sostiene una escoba en una mano y una pala en la otra. Al anular la individualidad de sus rostros, Marysole convierte estos personajes en arquetipos de la condición humana o en puros espectros.

Durante un largo periodo de su vida, la artista vivió con una sed que el agua no resolvía. Lo oscuro de su vida alimentó lo oscuro de su arte, y el alcohol y el dolor encontraron salida en sus lienzos. Muchas de las obras de la muestra son monocromáticas y solitarias. En la serie Varios aparece Columpios (1974), una obra de óleo sobre masonite en donde se observan tres columpios vacíos en un fondo desolado, sin nada a su alrededor. El color del suelo es el mismo color del cielo, no hay horizonte; solo una infinidad de tonos grises. En otro cuadro de la misma serie, con una paleta similar y titulado Y los hombres serán (1969), aparecen diez cruces de cementerio flotando y deformándose con el viento. Al igual que en las fosas comunes donde la identidad del ser humano se borra por completo, estas cruces flotan sin tierra firme que las sostenga y refuerzan la dolorosa noción de la despersonalización. Esta desolación y melancolía aproxima la obra a la literatura existencialista de la época. En América Latina, el autor uruguayo Juan Carlos Onetti escribió en su famosa novela La vida breve (1950): "Pensé que la vida es simplemente esto: aceptar el desamparo, ver pasar el tiempo y comprender que estamos solos en un calabozo sin ventanas."

Quizás la obra más tenebrosa de la exposición es El abrazo (1963), donde una niña joven con un vestido estilo babydoll característico de la época, zapatos tipo Mary Jane y calcetines blancos al tobillo abraza a un esqueleto de su propio tamaño. La misma protagonista parece estar transitando entre la vida y la muerte. Su cabello se ve frágil y pajoso, y sus grandes ojos inocentes parecen salir de su rostro demacrado. Su indumentaria infantil resalta su vulnerabilidad y pureza, lo cual vuelve aún más perversa e íntima la escena. En otra obra titulada La vendedora de sueños (1968), aparece una figura ambigua con rostro esquelético y un largo abrigo con una capucha que cubre su cabeza, tal vez en un guiño a dos hermanos gemelos de la mitología griega: Tánatos, el dios de la muerte, e Hipnos, el dios del sueño.
En el arte occidental, mostrar a la Muerte conviviendo entre personajes vivos se popularizó en la Edad Media durante la Peste Negra, que erradicó aproximadamente a un tercio de la población europea. Esta tradición se hace visible en obras como el grabado La Danza de la Muerte (1538) de Hans Holbein el Joven, donde un esqueleto aparece jalando la sotana de un monje; o en el fresco de la Danza Macabra de la Abadía de Chaise-Dieu, donde se despliega una hilera de personajes con su réplica en esqueleto a un lado. Algo característico de los surrealistas era su fascinación con la época medieval, el tarot y la alquimia. Es probable que Marysole, a través de su cercanía con Remedios Varo, haya aprendido a entender la muerte de otra manera. Tal vez no como un final trágico, sino como una dolorosa pero necesaria fuerza de transformación psicológica.
Sin embargo, esta oscuridad se fue de la vida de la artista más tarde, cuando se recuperó del alcoholismo, lo cual se tradujo también en su producción artística. En las palabras del comunicador y lingüista Alfonso de Neuvillate: "De la sombra, la confusión, la violencia desencadenada, a la diáfana claridad; y el despertar de una nueva vida en la misma. El ser siendo lo otro; la otredad, lo que nacerá y lo nuevo".
Las obras de la artista presentes en la exhibición correspondientes a la década de los ochenta tienen una apertura refrescante a la luz y al color. Con una paleta de tonos verdes, amarillos y acuáticos pintó paisajes y montañas, visibles en sus series Pastos y neblina (1982) y La montaña (1985). De esta época y las subsecuentes están también exhibidas esculturas abstractas talladas en madera y otras con forma de libros.

Marysole Wörner Baz murió en junio de 2014 tras padecer cáncer de garganta durante varios años. Donó la mayor parte de su colección pues deseaba que su obra quedara al alcance del público. En conversación con la revista Real Estate, Market & Lifestyle, alguna vez afirmó: “Lo que se necesita es que el arte se atraviese en medio de sus caminos, que habite en su íntima y cotidiana existencia y despierte la intuición”. Su comprensión por el dolor propio y el de la humanidad entera se quedarán por siempre con nosotros como parte de su legado.