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El Met Opera House y el momento en que Estados Unidos habló de tú a tú con Europa

Durante siglos, los grandes teatros de ópera fueron algunos de los símbolos culturales más poderosos de Europa. La inauguración del Met Opera House marcó el momento en que Estados Unidos presentó al mundo un escenario concebido para ocupar ese mismo lugar. La arquitectura, el estreno de una nueva ópera, la presencia de las principales figuras políticas y culturales del país y la dimensión del proyecto revelaban una ambición que iba mucho más allá de la música. Aquella noche, Nueva York consolidó su lugar entre las grandes capitales de la ópera.


Por Liz Navarro

Hasta mediados del siglo XX, las grandes noches de la ópera seguían teniendo acento europeo. La Scala en Milán, la Ópera de París, la Staatsoper de Viena o el Royal Opera House de Londres representaban mucho más que teatros. Eran símbolos nacionales y escenarios donde Europa había consolidado durante siglos su prestigio cultural. Nueva York contaba con una de las compañías de ópera más prestigiosas del mundo, pero todavía esperaba un edificio capaz de proyectar esa misma dimensión internacional.

La oportunidad apareció con el proyecto del Lincoln Center. Desde su origen, el complejo fue concebido como un gran campus para las artes escénicas donde convivieran la ópera, el ballet, la música sinfónica y el teatro. John D. Rockefeller III impulsó la iniciativa convencido de que Estados Unidos necesitaba instituciones culturales cuya presencia reflejara el lugar que el país había alcanzado en el escenario internacional. En plena Guerra Fría, aquella aspiración adquiría un significado que trascendía la arquitectura.

La ceremonia de colocación de la primera piedra reflejó esa ambición. Leonard Bernstein describió el proyecto como «un gran centro para las artes escénicas como el mundo nunca había visto». La frase hablaba de un conjunto de edificios, pero también de una idea compartida por buena parte de la élite cultural estadounidense. El nuevo Metropolitan Opera House sería una de las piezas centrales de ese proyecto.

La noche de la inauguración confirmó que cada decisión respondía a la misma visión. En lugar de abrir el telón con Verdi, Puccini o Wagner, el Metropolitan estrenó una obra encargada especialmente para la ocasión. Antony and Cleopatra, de Samuel Barber, se convirtió en la primera ópera representada en el nuevo teatro. La elección transmitía un mensaje claro. Estados Unidos admiraba la tradición europea y, al mismo tiempo, aspiraba a ampliar el repertorio operístico con una creación propia.

El estreno reunió a algunas de las figuras más influyentes de la vida política y cultural del país. Lady Bird Johnson ocupaba uno de los palcos; gobernadores, senadores, diplomáticos, empresarios y coleccionistas llenaban la sala; Leontyne Price interpretaba a Cleopatra en una producción concebida por Franco Zeffirelli y dirigida por Thomas Schippers. Bajo los enormes murales de Marc Chagall, la inauguración adquiría la solemnidad de un acontecimiento nacional.

La prensa comprendió inmediatamente el alcance del momento. The New York Times resumió la velada con un titular que hablaba de un «crescendo de esplendor», mientras The New Yorker observó que la presencia de la esposa del presidente, un gobernador, un alcalde y varios senadores revelaba un interés inédito de las más altas autoridades estadounidenses por las artes escénicas. La apertura del nuevo Metropolitan dejaba de ser únicamente un acontecimiento musical para convertirse en un asunto de relevancia nacional.

La producción de Antony and Cleopatra encontró dificultades técnicas y recibió críticas que impidieron a la obra permanecer durante mucho tiempo en el repertorio. Aun así, aquella noche confirmó la dimensión del nuevo teatro. Su escenario, su maquinaria escénica y la escala del edificio situaban al Metropolitan entre las casas de ópera más avanzadas del mundo y ofrecían a la compañía un espacio acorde con el prestigio artístico que había construido durante décadas.

Con el paso de los años, el Metropolitan Opera House terminó ocupando un lugar entre los grandes teatros del mundo. Su reconocimiento dejó de apoyarse únicamente en las voces que desfilaban por su escenario y comenzó a identificarse también con un edificio concebido para convertirse en un referente de la arquitectura y de las artes escénicas del siglo XX.

Aquella inauguración representó mucho más que el estreno de un teatro. El Metropolitan llevaba décadas consolidando su liderazgo artístico; el Lincoln Center le dio un escenario capaz de convertir esa trayectoria en un símbolo. Desde entonces, el Metropolitan Opera House pasó a formar parte del reducido grupo de teatros que definen la historia de la ópera occidental y confirmó que Estados Unidos había alcanzado un lugar propio entre las grandes tradiciones líricas del mundo.