Bryan Johnson, el empresario estadounidense de 48 años, ganó notoriedad recientemente por los sombríos procedimientos a los que se somete con la esperanza de alcanzar la inmortalidad. En sus palabras: “Podríamos ser la primera generación que no muere. Para ello, mi equipo y yo hemos pasado los últimos años construyendo el primer protocolo Don't Die del mundo”.
Sus métodos, que le cuestan aproximadamente dos millones de dólares al año, irónicamente presentan riesgos severos para su salud y su vida.
El aspecto más radical y peligroso de su régimen es la manipulación directa de su ADN mediante terapias génicas no aprobadas. Al no contar con la aprobación de agencias reguladoras como la FDA, Johnson ha recurrido a clínicas alternativas donde se somete a tratamientos como la terapia génica de follistatina; un procedimiento que busca alterar la expresión celular para frenar la pérdida muscular y acelerar la regeneración de los tejidos. Sin embargo, la comunidad científica advierte que modificar el material genético de esta forma abre la puerta a la oncogénesis —el proceso biológico por el cual una célula normal se transforma en una célula cancerosa. Aunque Johnson asegura tener un "interruptor de apagado" farmacológico para detener el proceso si algo sale mal, esto es una falsa seguridad, pues una vez desencadenada una mutación tumoral, la desactivación de la terapia no puede borrar el daño. Si esto no fuera suficientemente peligroso, además, el estadounidense se somete a un esquema agresivo de rapamicina —un medicamento diseñado originalmente para inmunosuprimir a pacientes con trasplantes de órganos con tal de evitar el rechazo del tejido. Según los “expertos de la longevidad” este compuesto reduce la degradación celular. Pero, trasladarlo a un cuerpo humano sano implica desmantelar las defensas del organismo. Así, mientras Johnson busca detener el envejecimiento está privando a la vez a su cuerpo de la capacidad de detectar y destruir virus, infecciones y células precancerígenas antes de que se multipliquen.

Su fragilidad biológica aumenta aún más con la constante alteración de su sistema endocrino mediante la administración de hormonas sintéticas como la testosterona. La estimulación hormonal no solo anula la producción natural del cuerpo, sino que el exceso prolongado de estas sustancias está vinculado a un mayor riesgo de accidentes cardiovasculares y al desarrollo de tumores. En su afán por esquivar la muerte, Johnson camina sobre la delgada línea entre la vanguardia científica y la imprudencia. Es más, recientemente confesó que desarrolló una gastritis autoinmune.
El creador de Don’t Die controla obsesivamente cada aspecto de su existencia. Lo que come está extremadamente calculado para solo aportar nutrientes que considera necesarios y se somete a múltiples estudios diariamente. “Soy el hombre más estudiado del mundo”. ¿De que sirve ser inmortal si implica una vida tan insípida y rígida?
Sin embargo, por más que los métodos del empresario provengan de los avances biotecnológicos más modernos, la búsqueda de la juventud eterna no empezó con Silicon Valley ni con el biohacking. Diversos poemas, mitos y relatos clásicos han advertido históricamente contra el deseo de inmortalidad.
De hecho, la obra literaria escrita más antigua que conservamos trata justamente sobre el pánico a la muerte. En El Poema de Gilgamesh (Mesopotamia, 2100 a.C.), el rey protagonista comprende su propia mortalidad y cae en la desesperación tras el deceso de su compañero Enkidu. Esto detona en él una intensa búsqueda por la juventud que se encuentra en una planta marina. Sin embargo, cuando Gilgamesh por fin la encuentra, una serpiente se la roba mientras él se baña. La moraleja: la inmortalidad solo le pertenece a los dioses. A los mortales únicamente nos queda aceptar nuestra condición humana.

Lamentablemente, la historia demuestra nuestra incapacidad para asimilar esta lección. Llevados por la soberbia de considerar que nuestra última tecnología es infalible, caemos en la trampa que nos arrebata de vivir una vida larga y plena. En la China Imperial, los emperadores impulsados por el mismo pánico consumían "elixires de larga vida" sintetizados por alquimistas. Estas pócimas combinaban mercurio, cinabrio, arsénico y oro molido bajo la premisa de que, al ser metales inmutables que no se corroen, transferirían esa incorruptibilidad al cuerpo humano. Hoy entendemos la imprudencia de este método, pero como es de esperarse, múltiples soberanos murieron por envenenamiento agudo. El caso más célebre fue el de Qin Shi Huang, primer emperador de China, quien falleció a los 49 años tras ingerir muchísimas píldoras de mercurio preparadas por sus médicos.
Esta fijación fatal se extendió también al Renacimiento europeo, donde la nobleza consumía oro liquido con la idea equivocada de que esta bebida les traería juventud eterna. Se rumora que Diana de Poitiers, célebre amante del rey Enrique II de Francia, mantuvo una apariencia inusualmente joven hasta sus últimos años gracias a una mezcla que consumía diario de cloruro de oro y éter. En 2009, la investigación de sus restos óseos confirmó que murió por intoxicación crónica y que su piel de porcelana, que en ese entonces atribuían a su juventud, era en realidad palidez porque se estaba muriendo lentamente.
Ya en el siglo XX, en la década de 1920, el cirujano Serge Voronoff promovió los injertos de tejido testicular de monos en hombres adinerados con la promesa de revitalizarlos. Esta estafa causó la muerte de varias personas por infecciones severas, necrosis y rechazos tisulares. Una década después, la Clinique La Prairie en Suiza comenzó a inyectar células de embriones de oveja frescos para "regenerar" órganos desgastados, lo cual desencadenó colapsos inmunitarios y choques anafilácticos en sus pacientes. Hoy en día, la misma clínica se sigue enfocando en la longevidad y vende suplementos “anti edad”.
Sin embargo, no todos han sido víctimas de este deseo inalcanzable. En el mito de Ulises, el héroe griego acaba dividido entre aceptar la vida eterna o regresar a una vida mortal al lado de su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Tras el naufragio de su flota durante el tormentoso viaje de regreso a su casa en Ítaca, desde la Guerra de Troya, Ulises llega agotado a la isla de Ogygia, hogar de la hermosa ninfa inmortal Calipso. Enamorada del héroe, la ninfa lo retiene en su isla durante siete años. A pesar de que el entorno es una utopía paradisíaca donde no existen el dolor ni las enfermedades, Ulises pasa los días ahí triste y nostálgico por su hogar.
Cuando el dios Zeus envía a Hermes para ordenar la liberación del héroe, Calipso intenta una última estrategia para retenerlo y le ofrece dos dones divinos: Athanatos (la inmortalidad) y Ageraos (la juventud perpetua). Para persuadirlo, la ninfa le recuerda además que, si decide irse, en Ítaca solo encontrará a una esposa envejecida por el paso del tiempo. Ulises le responde: “Diosa venerada, no te irrites conmigo. Sé muy bien que la sabia Penélope es inferior a ti en belleza y en estatura, pues ella es mortal y tú eres inmortal y no te toca la vejez. Pero aun así, deseo y anhelo todos los días regresar a mi casa y ver el día de mi retorno.”
Para Ulises, aceptar la inmortalidad en Ogygia además implica la pérdida de su gloria, pues un ser que no arriesga su vida es incapaz de realizar hazañas heroicas. Al rechazar la juventud eterna, el héroe reafirma que el valor de la vida no está en congelar el tiempo para siempre, sino en el amor y el sentido que le damos a nuestra existencia.

Desde las píldoras de mercurio ingeridas por los emperadores chinos hasta la edición genética y los inmunosupresores de Bryan Johnson, la prepotencia de creer que la tecnología de nuestra época puede burlar a la naturaleza suele terminar en tragedia. Vivimos en un mundo obsesionado por la última tendencia de bienestar, sin necesariamente entenderla—basta recordar cómo la manía por la proteína se transformó en la fijación por la fibra, o la reciente fiebre por el looksmaxxing—. La lección que nos deja tanto la mitología como la medicina es que la búsqueda de la inmortalidad es una paradoja peligrosa: en su afán desesperado por no morir, figuras como Johnson corren el riesgo de olvidar cómo vivir.