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El optimismo que no promete nada, la apuesta de Damián Romero

Hay una paradoja difícil de ignorar: vivimos rodeados de tecnología diseñada para capturar nuestra atención y, al mismo tiempo, buscamos recuperar la capacidad de detenernos, escuchar y pensar. Desde esa tensión parte Radical Optimism, la propuesta curatorial de Damián Romero para ZⓈONAMACO LAB. Con obras de Brian Eno, Tania Candiani, Stefan Brüggemann y otros artistas, la muestra plantea una pregunta incómoda: ¿puede el arte cuestionar la lógica de la dopamina sin quedar atrapado en ella?

Gabriela Gorab conversa con Romero sobre arte digital, hiperestimulación y otras formas posibles de relacionarnos con la tecnología. Para él, el optimismo comienza en una idea sencilla: todavía podemos hacer las cosas de otra manera. 


Por Gabriela Gorab

Hay una trampa fácil en la que Radical Optimism, la segunda edición de ZⓈONAMACO LAB, pudo haber caído sin esfuerzo: convertir el arte digital en celebración de sí mismo. Pantallas que deslumbran, sistemas que responden al cuerpo, un futuro tecnológico presentado como destino inevitable. Damián Romero, curador y productor especializado en artes digitales, prácticas audiovisuales contemporáneas y música electrónica, eligió otra cosa. Fundador y director de MUTEK México, nodo local de una red global que lleva más de dos décadas impulsando la creación digital mexicana hacia el circuito internacional, lo resume así:

 "El optimismo no está en pensar que las cosas van a salir bien, está en asumir que todavía pueden ser diferentes."

La muestra, que ocupa Casa Hotbook del 11 de septiembre al 11 de octubre, arranca de un diagnóstico incómodo: hiperestimulación, crisis ecológica, pérdida de atención, dependencia de sistemas que ya no controlamos del todo. Romero no lo disimula ni lo trata como obstáculo. Lo asume como punto de partida. Y a diferencia de tanta crítica tecnológica que se agota en el señalamiento, ninguna de las obras se queda ahí. El optimismo llega después: en recuperar la capacidad de atención, en entender que nuestras acciones modifican los sistemas de los que formamos parte, en imaginar otras formas de conciencia.

El cartel es internacional y deliberadamente heterogéneo: AMIANGELIKA (Londres), Brian Eno (Woodbridge, Reino Unido), CNDSD & Iván Abreu (CDMX), Iregular (Montreal), Linnea Goransson (Malmö, Suecia), Matthew Feyld (Montreal), Orly Anan & Brian Close (CDMX), Rodrigo Garrido (CDMX), Stefan Bruggemann (CDMX) y Tania Candiani (CDMX) despliegan instalaciones, obras interactivas y experiencias sensoriales concebidas para el espacio. Nadie ocupa el lugar de protagonista único, ni siquiera Eno pese al peso de su nombre. 

"Personalmente no considero que las expresiones artísticas, metodologías o técnicas deban de ser encasilladas por perfiles, jerarquías o trayectorias", dice Romero. Cada pieza aborda la misma pregunta desde un ángulo distinto.

Esa tensión entre diagnóstico y posibilidad se ve más clara en Sing Tree, la pieza de Eno que funciona como ancla de la muestra. Viene de la colección de FF Projects, galería con la que Romero ya había colaborado con otra obra del mismo artista. 

"Sing Tree traslada el sonido fuera de sus espacios habituales para integrarlo al paisaje", explica Romero, "donde sonido, espacio y naturaleza dejan de operar como elementos separados." 

Una escultura que se activa mediante la escucha, donde el árbol y su entorno dejan de ser fondo para volverse parte de una composición abierta. Fiel a la investigación de Eno sobre lo ambiental y los sistemas generativos, la pieza impone otra temporalidad al recorrido: menos narrativa, más atenta a la permanencia que al impacto inmediato.

Romero atribuye esa cadencia a una decisión consciente frente a su propia trayectoria. Más de veinte años dirigiendo MUTEK México le enseñaron a pensar la tecnología como lenguaje cultural, no como espectáculo, pero Radical Optimism le exigió salirse de la lógica del festival. 

"No quería trasladar la lógica de un festival de creatividad digital a una exposición", dice, "así que dejé fuera el escenario, la acumulación de estímulos y la necesidad del impacto inmediato." 

Por eso conviven en el mismo recorrido obras tecnológicamente complejas con pintura, fotografía y prácticas contemplativas —convivencia que se repite en el cartel, donde Eno comparte espacio con nombres consagrados del arte mexicano como Tania Candiani y Stefan Bruggemann, y con perfiles más cercanos al circuito de arte sonoro y digital como CNDSD & Iván Abreu.

Pero ahí aparece la contradicción de fondo: ¿puede una exposición criticar las lógicas de enganche digital —notificación, recompensa, estímulo constante— sin replicarlas? Romero no finge que sea fácil.

 "La exposición no pretende escapar del estímulo; sería contradictorio con el mundo que está observando", dice. Lo que busca es alternar velocidades: momentos de participación intensa junto a obras que exigen detenerse y escuchar, para que el recorrido mismo genere conciencia del estímulo en vez de solo administrarlo. Depende enteramente del ritmo con que cada visitante decida recorrer la muestra, algo que ningún curador controla del todo. Pero es la única respuesta honesta disponible: no se puede criticar la dopamina desde fuera del sistema que la produce.

Esa lógica se vuelve tangible en NEST, la obra que Romero cita como ejemplo de lo que llama "el juego como dispositivo serio". En NEST la experiencia arranca como descubrimiento —moverse, activar, responder— y se transforma rápido en la comprensión de que cada acción individual modifica un sistema compartido, y afecta también la experiencia de los demás visitantes. 

"El juego deja de ser una recompensa y se convierte en una herramienta de conocimiento", dice Romero. "No buscamos que el visitante solamente diga 'qué divertido', sino que esa experiencia le permita entender algo de otra manera."

No todas las piezas habitan la contradicción con la misma soltura. Romero mismo señala a Stefan Brüggemann como el punto donde la muestra se acerca más al colapso que al progreso: una obra que usa el lenguaje para introducir señales de desgaste político y polarización, sin buscar resolverlas ni volverlas participativas. Solo las nombra. 

"Progreso y colapso no son necesariamente dos futuros distintos", dice Romero, "pueden estar ocurriendo simultáneamente." Y sobre esa diferencia entre NEST y Brüggemann es igual de directo:

 "Hay contradicciones que podemos habitar y otras que primero necesitamos nombrar. La muestra no pretende que todas las obras produzcan la misma experiencia ni que resuelvan aquello que ponen en crisis."

Damián mide el éxito de la apuesta en un cambio de pregunta, más que en un resultado concreto. 

"El arte digital habrá madurado realmente", dice, "cuando dejemos de preguntarnos qué tecnología utiliza una obra y empecemos a preguntarnos qué nos está haciendo pensar, sentir o imaginar." 

Supone que el arte digital deje de ser una categoría aparte y se integre, sin jerarquía, a la conversación cultural que ya sostienen la pintura, la fotografía o el lenguaje. "Reprogramar lo posible", la frase que cierra el texto curatorial, no propone una utopía tecnológica. Propone dejar de tratar la tecnología como pregunta técnica y empezar a tratarla como pregunta cultural.

Queda, al final, algo que no es solo lectura crítica sino convicción propia: muestras como esta, sostenidas en investigación real y no en espectáculo, son una forma legítima de optimismo. Si el Sistema 1 de Daniel Kahneman —premio Nobel de Economía y autor de una de mis teorías favoritas— es el que nos mantiene enganchados, reacción y recompensa inmediata, el Sistema 2 es el que estas obras intentan activar: pensamiento lento, deliberado, consciente de sí mismo. Nos devuelven conocimiento y conciencia, y con eso, quizás, las herramientas para desear —y construir— una realidad un poco más empática y amena, aunque sea poco a poco.