En las últimas décadas, las grandes producciones cinematográficas han venido acompañadas de grandes soundtracks. Para muchos, importa lo mismo quién dirigió la película que quién hizo la música, y estas colaboraciones artísticas seguido van de la mano. Steven Spielberg, por ejemplo, ha acompañado sus películas con el inolvidable sonido de John Williams, mientras que Denis Villeneuve lo ha hecho con el de Jóhann Jóhannsson y Hans Zimmer.
Históricamente, Christopher Nolan recurría a Hans Zimmer para otorgarle a sus películas una escala musical monumental, como lo demostró en producciones icónicas como El caballero de la noche, El origen e Interestelar. En El caballero de la noche, por ejemplo, Zimmer creó la identidad del Guasón a partir de una sola nota sostenida en violín que va aumentando de tensión hasta volverse un chirrido frenético e incómodo, a través de sintetizadores y cuerdas procesadas para transmitir la anarquía enloquecida del personaje. Sin embargo, en sus producciones más recientes como Tenet, Oppenheimer y la monumental La odisea, esto cambió. En lugar de la grandiosa sinfonía tradicional que mezcla bellamente secciones de cuerdas, metales e himnos de órgano, Nolan ha optado por colaborar con Ludwig Göransson, el compositor sueco de 42 años.

Los que hayan visto este último blockbuster quizás hayan notado que la música parece fusionarse con el diálogo, con los sonidos del viento y el mar, en general, con la respiración de la naturaleza. Göransson se aleja de la orquestación clásica para construir una atmósfera más orgánica en la que una de las cosas más importantes es el ritmo. En un reportaje de estudio, el compositor explicó que Nolan pidió específicamente que se utilizaran sonidos de instrumentos antiguos como el aulo y la lira. El equipo estudió material de fuentes antiguas y obras de arte históricas para intentar descifrar cómo se habrían tocado algunos de ellos. Así, a través de estos instrumentos antiguos y de sonidos primarios como percusiones de madera, tambores, resonancias vocales y cánticos, la partitura transforma el sonido natural en una fuerza dramática y viva que acompaña perfectamente el mito. La muy esperada escena de las sirenas en La odisea, por ejemplo, se construyó mediante estos instrumentos ancestrales imitando las hermosas voces de las mujeres mitológicas, lo que brillantemente genera más misterio sobre lo que realmente escuchó Odiseo.

Al final, Ludwig Göransson logra borrar la frontera entre el audio de la película y la partitura. Con este enfoque, el compositor genera una ambigüedad fascinante donde resulta difícil descifrar dónde termina la naturaleza y dónde empieza la composición: el murmullo del mar, el chocar de las olas, el viento, las armas y el canto de las sirenas se entretejen con los instrumentos hasta confundirse con ellos. La música deja de funcionar como un fondo orquestal tradicional que guía emocionalmente al espectador para convertirse en parte del sonido natural de La Odisea.