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Elsheimer y la primera vez que la luna iluminó la pintura

En 1609, Adam Elsheimer hizo de la noche algo más que el escenario de una pintura. En La huida a Egipto, la luna proyecta su luz sobre el paisaje, se refleja en el agua y comparte el cielo con una Vía Láctea formada por cientos de pequeños puntos luminosos. La obra es considerada una de las primeras representaciones naturalistas del cielo nocturno en la pintura occidental y coincidió con los años en que el telescopio comenzaba a transformar nuestra manera de observarlo. Sobre una pequeña lámina de cobre, Elsheimer consiguió que la luna, las estrellas y la oscuridad adquirieran un protagonismo que cambiaría para siempre la manera de pintar la noche.


Por Liz Navarro

En 1609, Adam Elsheimer pintó una noche como pocas veces se había visto hasta entonces. La luna aparece llena sobre un bosque casi negro, su reflejo atraviesa el agua y una franja de estrellas cruza el cielo. Abajo, reducidos a figuras diminutas, María, José y el Niño avanzan en su huida de Herodes. El cuadro mide poco más de treinta centímetros de alto, pero sobre aquella pequeña lámina de cobre Elsheimer consiguió abrir un cielo inmenso.

Elsheimer nació en Frankfurt en 1578 y llegó a Italia siendo muy joven. Pasó por Venecia antes de instalarse en Roma hacia 1600, donde la pintura exploraba nuevas posibilidades de la luz. Caravaggio, Annibale Carracci y los paisajistas del norte formaban parte de aquel ambiente. Elsheimer encontró una voz propia en pequeñas pinturas sobre cobre, minuciosas y luminosas.

La huida a Egipto era un tema conocido desde hacía siglos. El Evangelio de Mateo cuenta que José, advertido en sueños de que Herodes buscaba matar al Niño, tomó a María y a Jesús y partió hacia Egipto. Muchos artistas habían representado ese viaje a plena luz del día. Elsheimer decidió hacerlo de noche y convirtió la oscuridad en parte esencial de la historia.

Construyó la escena alrededor de distintas fuentes de luz. Una antorcha acompaña a la Sagrada Familia; a la izquierda, una fogata reúne a unos pastores; sobre ellos aparece una enorme luna cuyo resplandor se refleja en el agua. Los protagonistas quedan casi absorbidos por el paisaje, mientras el cielo ocupa buena parte de la composición.

En esta obra, la Vía Láctea dejó de ser una forma simbólica para convertirse en una multitud de puntos luminosos. También pueden reconocerse constelaciones y estrellas distribuidas por el firmamento. La obra es considerada la primera representación precisa y naturalista del cielo nocturno en la pintura, y sus detalles astronómicos han sido relacionados con las observaciones de Galileo Galilei y Federico Cesi mediante el recién inventado telescopio.

En 1609, Galileo dirigió su telescopio hacia el cielo y al año siguiente publicó Sidereus Nuncius, donde describió una Luna de superficie irregular y una Vía Láctea formada por innumerables estrellas. Elsheimer pintó La huida a Egipto precisamente en esos años y murió en Roma en 1610. Hasta hoy se discute cuánto pudo conocer de aquellas observaciones mientras trabajaba en la obra.

El cielo de Elsheimer tampoco reproduce exactamente lo que veríamos en la realidad. Algunas constelaciones aparecen en posiciones distintas y, con una luna tan llena, sería difícil observar la Vía Láctea con tanta claridad. El pintor combinó la observación con ciertas libertades para construir la escena.

La elección del cobre fue fundamental. Su superficie lisa permitía trabajar detalles diminutos y conseguir una luminosidad intensa. Los árboles se convierten en siluetas casi negras mientras pequeños puntos de luz construyen un cielo que parece extenderse más allá de la pintura.

Elsheimer murió con apenas 32 años y dejó una producción reducida. Rubens fue amigo y admirador suyo, y su tratamiento del paisaje y de la luz tendría eco en artistas posteriores. Hendrik Goudt contribuyó además a difundir sus composiciones mediante grabados.

La huida a Egipto apareció en uno de esos grabados de Goudt en 1613, apenas tres años después de la muerte del pintor. La imagen pudo así circular mucho más allá de Roma y mostrar una manera distinta de representar la noche. El cielo dejaba de ser únicamente un fondo para adquirir profundidad y presencia propia.

Elsheimer pintó una historia bíblica de huida y protección, pero reservó casi la mitad de la obra para mirar hacia arriba. La Sagrada Familia continúa su camino bajo una luna, estrellas y una Vía Láctea observadas con una atención extraordinaria para su tiempo. En una pintura de apenas cuarenta centímetros de ancho, la noche dejó de ser oscuridad y se convirtió en paisaje.