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La escultura de Bouchardon que hoy divide la política patrimonial de Escocia

La decisión del Highland Council de vender un busto de Edmé Bouchardon para financiar proyectos comunitarios reabrió una discusión que trasciende el mercado del arte: ¿qué responsabilidades adquiere una administración pública cuando custodia una obra cuyo valor patrimonial termina por alterar el sentido mismo de conservarla?

 


Por Liz Navarro

En días recientes, la posibilidad de que una de las esculturas francesas más importantes conservadas en el Reino Unido abandone definitivamente las Highlands volvió a cobrar fuerza. El rechazo a la solicitud de financiamiento presentada para mantener en Escocia el busto de Sir John Gordon, realizado por Edmé Bouchardon en 1728, dejó prácticamente sin alternativas a quienes buscaban impedir la venta de una obra cuya valoración supera los tres millones de libras.

La controversia, sin embargo, comenzó mucho antes, con la decisión del Highland Council de desprenderse de una escultura adquirida por el antiguo ayuntamiento de Invergordon en 1930 por apenas cinco libras esterlinas e incorporar el producto de su venta al Common Good Fund, un fondo destinado a financiar proyectos de interés para la comunidad local.

La discusión trasciende ampliamente el destino de una sola obra. Sitúa en el centro una pregunta recurrente en las políticas patrimoniales contemporáneas: ¿debe prevalecer la preservación de un patrimonio excepcional o resulta legítimo convertir ese legado en recursos destinados al bienestar de la comunidad que legalmente lo posee?

La historia comenzó lejos de las Highlands. En 1728, el joven aristócrata escocés Sir John Gordon emprendió el tradicional Grand Tour, el largo viaje por Europa que completaba la formación de las élites británicas. Italia constituía la etapa más prestigiosa del recorrido. Roma reunía las ruinas de la Antigüedad, las grandes colecciones y los talleres de algunos de los escultores más solicitados del continente. Encargar un retrato durante aquella estancia era una forma de registrar el paso por la ciudad y, al mismo tiempo, de exhibir una educación cimentada en el contacto directo con el mundo clásico.

Gordon llegó a la capital pontificia cuando Edmé Bouchardon llevaba varios años instalado allí gracias al Prix de Rome, la beca más prestigiosa para un artista francés. Aún estaba lejos de convertirse en escultor de Luis XV, pero ya dedicaba largas jornadas al estudio de las esculturas antiguas, copiando anatomías, midiendo proporciones y dibujando con un rigor que llamaba la atención entre los pensionados de la Academia Francesa. Ese método de trabajo marcaría toda su carrera. Mientras buena parte de la escultura europea seguía dominada por el dinamismo barroco, Bouchardon desarrolló un lenguaje contenido, atento a la anatomía y al equilibrio formal, que décadas más tarde sería reconocido como uno de los antecedentes del neoclasicismo francés.

El retrato de Sir John Gordon pertenece a ese momento de formación. Lejos de tratarse de un encargo menor, refleja una etapa decisiva en la evolución del escultor, cuando comenzaba a definir el lenguaje que terminaría distinguiéndolo dentro de la escultura francesa del siglo XVIII. El busto acompañó a Gordon en su regreso a Escocia y permaneció durante generaciones en poder de su familia.

Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX, la obra fue apreciada por su relación con la familia Gordon y con los orígenes de Invergordon. Su autoría ocupaba un lugar secundario dentro del relato construido alrededor de la pieza, integrada desde hacía décadas en la memoria de la comunidad.

En 1930 el ayuntamiento de Invergordon adquirió la escultura por cinco libras esterlinas. Vista desde el presente, la cifra sorprende. En aquel momento, sin embargo, respondía al lugar que ocupaba la obra dentro de la historia del arte. Se reconocía su interés para la comunidad, pero todavía no era considerada una pieza excepcional dentro de la producción de Bouchardon ni una referencia para comprender la evolución de la escultura francesa de la época.

Durante buena parte del siglo XX, el busto permaneció en un plano secundario —relegado al olvido en depósitos municipales e incluso utilizado durante un tiempo como un fortuito sujetapuertas— mientras seguía siendo estudiado principalmente como un objeto ligado a la historia local. La investigación histórica modificaría gradualmente ese marco de interpretación. A medida que avanzaban los estudios dedicados a Bouchardon y se reconstruía con mayor precisión el catálogo de su obra, los especialistas comenzaron a situar el retrato de Sir John Gordon dentro de un contexto completamente distinto. La pregunta dejó de ser únicamente quién aparecía representado para concentrarse también en quién había realizado la escultura, en qué momento de su trayectoria y qué lugar ocupaba dentro de la evolución del retrato escultórico europeo.

Ese cambio de perspectiva resulta especialmente revelador porque muestra hasta qué punto el patrimonio también depende del conocimiento. Las obras no adquieren relevancia únicamente por sus materiales o por la destreza técnica de quien las ejecutó. Su significado se transforma conforme aparecen nuevos documentos, se revisan atribuciones, se publican catálogos razonados o se reevalúa la trayectoria de un artista. La historia del arte no solo interpreta el pasado; también modifica la manera en que una sociedad valora, protege y conserva los objetos que ha heredado.

La revaloración del busto fue inseparable de la revaloración de su autor. Diversos estudios publicados durante las últimas décadas del siglo XX devolvieron a Edmé Bouchardon un lugar central dentro de la escultura francesa del Setecientos. Exposiciones como la organizada por el Museo del Louvre en 2016 y nuevas investigaciones sobre su estancia romana permitieron comprender con mayor claridad el papel que desempeñó en la transición entre el barroco tardío y el neoclasicismo. Bajo esa nueva mirada, el retrato de Sir John Gordon dejó de ser una pieza aislada para integrarse en uno de los momentos más interesantes de la producción temprana del escultor.

El mercado reaccionó después. Primero cambió la historiografía; más tarde cambiaron las valoraciones económicas, las condiciones de aseguramiento y las obligaciones de conservación. La secuencia importa porque suele narrarse al revés. El incremento de su precio no convirtió al busto en una obra maestra. Fue el reconocimiento de su importancia historiográfica el que terminó modificando su valor patrimonial y, con ello, las responsabilidades asociadas a su custodia.

Ese reconocimiento tuvo consecuencias jurídicas, económicas y políticas. A medida que aumentaba el valor atribuido a la escultura, también cambiaba la naturaleza del problema. Lo que durante décadas había sido un bien patrimonial administrado por un municipio pasó a convertirse en un activo capaz de transformar el futuro financiero de un fondo comunitario. La pregunta dejó de ser únicamente cómo conservar la obra para incorporar otra igual de compleja: si conservarla seguía siendo la decisión más responsable.