Durante meses, algunas de las personas más poderosas de Nueva York esperaron saber si recibirían una pequeña invitación. Truman Capote llevaba una libreta en blanco y negro donde añadía y eliminaba nombres casi obsesivamente. Aristócratas, magnates, políticos, escritores, artistas y estrellas de Hollywood querían estar dentro. El 28 de noviembre de 1966, 540 invitados atravesaron las puertas del Plaza Hotel para asistir a una fiesta que terminaría convertida en toda una leyenda.

Capote acababa de alcanzar la cima de su carrera. In Cold Blood, publicado ese mismo año en forma de libro, había sido un enorme éxito y lo había convertido en una celebridad además de escritor. Llevaba años moviéndose entre la élite neoyorquina y había desarrollado una fascinación particular por un pequeño círculo de mujeres ricas, elegantes y extraordinariamente influyentes a quienes llamaba sus «Swans».
Capote viajaba con ellas, frecuentaba sus casas y escuchaba sus confidencias. Su inteligencia y capacidad para observar las relaciones humanas lo habían convertido en amigo y confidente. Las Swans le permitieron conocer desde dentro un universo que había construido buena parte de su poder sobre la discreción. Para un escritor obsesionado con observar a las personas, aquel acceso resultaría extraordinario.
El baile sería su obra social más ambiciosa. Capote eligió el Grand Ballroom del Plaza y tomó como inspiración la escena en blanco y negro de Ascot de My Fair Lady. Todos debían vestir únicamente esos dos colores y llevar máscara. Algunos encargaron las suyas a diseñadores como Halston o Adolfo. Capote compró la propia por 39 centavos en FAO Schwarz.
La lista de invitados estaba construida con muchísimo cuidado. Miembros de las familias Kennedy, Rockefeller y Vanderbilt compartirían espacio con Frank Sinatra, Mia Farrow, Lauren Bacall, Henry Fonda y figuras del mundo artístico. Capote también invitó al portero de su edificio, a una antigua maestra y a la viuda del juez del proceso de In Cold Blood. Aquella mezcla deliberada de aristocracia, dinero, política, Hollywood y cultura formaba parte del espectáculo.
Fuera del Plaza se congregaron cerca de 200 fotógrafos y los curiosos permanecieron detrás de barricadas policiales. Dentro, Capote permitió la presencia de apenas cuatro periodistas. A medianoche llegaron el chicken hash, los espaguetis y cientos de botellas de champaña Taittinger. Después, las máscaras cayeron. The New York Times publicó la lista completa de asistentes, un tratamiento habitualmente reservado para acontecimientos de enorme relevancia social.

La gran sorpresa estaba en la mujer elegida para ocupar el centro de aquella noche. Entre tantas herederas, aristócratas y bellezas célebres, Capote escogió como invitada de honor a Katharine «Kay» Graham, propietaria de The Washington Post, cuyo marido había muerto tres años antes. Graham recordaría que Capote le había dicho que quería ofrecerle un baile para animarla; ella sospechaba que la fiesta ya existía en su imaginación y que él necesitaba una invitada de honor.
La elección era especialmente estratégica. Escoger a una de sus Swans habría establecido una jerarquía dentro de un círculo donde las posiciones importaban enormemente. Graham pertenecía a otro territorio de poder y evitaba esa competencia. Aquella noche, además, Capote había invertido los papeles. Después de años siendo recibido por la alta sociedad, ahora era él quien curaba la lista y decidía quién cruzaba las puertas del salón.

El plot twist llegaría nueve años después. Sus Swans le habían confiado durante años intimidades convencidas de que hablaban con un amigo. En 1975, Capote publicó en Esquire «La Côte Basque, 1965», un adelanto de Answered Prayers donde convirtió escándalos y confidencias de la alta sociedad en literatura bajo disfraces bastante fáciles de reconocer.
Babe Paley reconoció las infidelidades de su marido en el relato y rompió definitivamente con Capote; Slim Keith también se identificó detrás de uno de los personajes. La publicación le costó varias de sus amistades más cercanas y terminó apartándolo del círculo que durante años le había abierto sus salones. La fiesta más célebre de Nueva York quedaba entonces como el recuerdo de una época en la que Truman Capote todavía era bienvenido en todos ellos.