"Cada fotografía, cada ÚNICA VEZ. Es también el principio de una historia que empieza:
Érase una vez…. (…)
Para mi, y a medida que pasa el tiempo, el tomar imágenes se ha convertido más y más en un registrar historias"
- Wim Wenders
Esta poderosa frase resume una manera de entender la fotografía que Wim Wenders ha desarrollado durante décadas. Cada imagen contiene las huellas de algo que ocurrió antes y deja abierta la posibilidad de imaginar todo lo que sucederá después. El fotógrafo no registra únicamente un instante, descubre una historia que el mundo ya estaba contando mucho antes de levantar la cámara.
Sus fotografías casi nunca persiguen el acontecimiento; llegan cuando el ruido ha desaparecido. Wenders dirige la mirada hacia estaciones de servicio, moteles, cines abandonados, carreteras secundarias, escaparates vacíos o edificios cuya función parece haberse agotado hace años. El ser humano rara vez ocupa el centro del encuadre, aunque su presencia permanece en cada objeto desplazado, en cada fachada desgastada y en cada rastro de vida cotidiana.

Esa forma de mirar nació también de una preocupación muy concreta. Wenders ha explicado que comenzó a fotografiar porque el mundo estaba cambiando demasiado rápido. Las carreteras desaparecían, los pequeños negocios cerraban, los viejos cines eran demolidos y muchos paisajes perdían el carácter que los había definido durante décadas. Sus fotografías terminaron convirtiéndose en un archivo silencioso de lugares destinados a transformarse o desaparecer.
Dentro de esa búsqueda existe una genealogía visual muy precisa. Eugène Atget recorrió el viejo París registrando calles y comercios antes de que la modernización alterara definitivamente la ciudad. Walker Evans y Robert Frank atravesaron Estados Unidos alejándose de sus monumentos para detenerse en anuncios publicitarios, fachadas corrientes, estaciones de gasolina y pequeños negocios. Wenders continúa ese recorrido varias décadas después; sus imágenes revelan un país construido tanto por sus carreteras como por esos espacios anónimos donde la vida sucede sin reclamar atención.
Edward Hopper ocupa un lugar decisivo en esa historia. Wenders ha reconocido en distintas ocasiones que el pintor estadounidense transformó su manera de mirar. En sus cuadros descubrió que una gasolinera, una ventana iluminada o un restaurante casi vacío podían contener una tensión narrativa extraordinaria. Esa enseñanza reaparece constantemente en sus fotografías. No buscan el momento culminante de una historia. Encuentran el instante en que un lugar comienza a sugerirla.
Durante el rodaje de Paris, Texas realizó la serie Written in the West, uno de los proyectos fotográficos más importantes de su carrera. Mientras la película seguía a sus personajes por el desierto estadounidense, Wenders dirigía la cámara hacia aquello que permanecía inmóvil alrededor de ellos. Los moteles, las cafeterías de carretera, las gasolineras y los anuncios publicitarios dejaron de ser simples escenarios para convertirse en protagonistas. Cada imagen parece insinuar que alguien acaba de marcharse o está a punto de llegar.

Décadas después, Perfect Days recuperó esa misma sensibilidad en un contexto completamente distinto. Tokio sustituyó al desierto norteamericano y un empleado dedicado a limpiar sanitarios públicos ocupó el lugar del viajero solitario. Sin embargo, la pregunta permaneció intacta. La belleza seguía apareciendo en aquello que normalmente pasa inadvertido, en los rituales cotidianos, en la luz que cambia sobre una pared o en los árboles observados una y otra vez desde el mismo sitio.

Existe una profunda coherencia entre el fotógrafo y el cineasta. Ambos encuentran en los lugares una memoria que permanece cuando las personas ya no están. Las carreteras, los moteles, las ventanas, los cines o las estaciones de servicio regresan una y otra vez porque siguen contando algo mucho después de haber perdido su función original.
Cada fotografía comienza, silenciosamente, con un «Érase una vez…».