Hoy en día, prácticamente una de dos personas que uno conoce tiene un tatuaje. Parecería que es una práctica nueva que las generaciones mayores reprimen en las más jóvenes por ser parte de ella. Sin embargo, tatuarse es una de las prácticas más antiguas y universales. Su historia abarca más de cinco mil años y tiene raíces profundas en civilizaciones de todo el mundo. Los restos arqueológicos en momias halladas en Europa, África, América y Asia demuestran que tatuarse era parte de la vida en culturas muy distintas entre sí. Civilizaciones separadas por océanos y siglos compartieron el impulso de marcar su piel, aunque los motivos variaron de una cultura a otra.
El ejemplo más antiguo y mejor documentado es Ötzi, el llamado Hombre de Hielo, una momia encontrada en los Alpes en 1991 con marcas lineales en el cuerpo que datan de entre 3370 y 3100 a.C. Se cree que sus tatuajes eran terapéuticos, aplicados en puntos que coinciden con zonas de acupuntura, como un tratamiento para el dolor articular. En el antiguo Egipto, en cambio, sacerdotisas portaban tatuajes con símbolos rituales, y en el antiguo Perú, la Dama de Cao, una mujer momificada de la cultura Moche, fue hallada con tatuajes de arañas y serpientes que probablemente funcionaban como protección espiritual o expresión de liderazgo religioso.
En la Polinesia, las personas se empezaban a tatuar desde muy temprana edad y muchos continuaban hasta cubrir casi todo el cuerpo. Cuanto más tatuado estaba alguien, más respeto se le debía. Los maoríes lo usaban como estrategia de guerra: los diseños en el rostro contribuían a intimidar a sus enemigos. Fue precisamente en la Polinesia donde el capitán James Cook se encontró con la práctica en el siglo XVIII, y de ahí derivó la palabra que usamos hoy. Tátau, del samoano, significa marcar o golpear dos veces, en referencia al método tradicional de aplicar los diseños.
En 1875, Martin Hildebrandt abrió el primer estudio de tatuaje profesional en Nueva York, tras haber tatuado a soldados de ambos lados de la guerra civil estadounidense.
Sin embargo, los tatuajes no siempre han sido símbolos de algo positivo. En la antigua Grecia y Roma se usaban para marcar a criminales y esclavos. El emperador Adriano relegó el tatuaje a los bajos fondos de Roma y contribuyó a crear el tabú que persistió en Occidente. Siglos después, el régimen nazi los usó en los campos de concentración para numerar y deshumanizar a los prisioneros, una de las apropiaciones más brutales de la historia de esta práctica. El tatuaje, que en tantas culturas había sido un símbolo de identidad y pertenencia, fue convertido en una herramienta para borrar y deshumanizar.
En la cultura occidental actual el valor del tatuaje sigue siendo ambiguo. Por un lado es símbolo de identidad, de pertenencia, de historia personal. Por otro, muchas personas tatuadas siguen encontrando resistencia en entornos laborales formales, aunque eso está cambiando rápidamente. El tatuaje también ha sido históricamente asociado a las pandillas, y esa asociación ha tenido consecuencias reales.
Así los tatuajes cambian de significado dependiendo de quién lo porta, quién lo mira y en qué momento histórico los dos se encuentran.