A mediados de los años sesenta, la literatura mexicana llevaba décadas dominada por una prosa formal y cuidada. El lenguaje era el español correcto, el de la academia, el que se podía leer en cualquier país hispanohablante sin que nada delatara su origen. Los temas principales eran la Revolución mexicana y la identidad nacional. Era la época del Boom latinoamericano y del realismo mágico. Un ejemplo de este modelo era La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, una obra maestra que le hablaba directamente a la segunda persona e interpelaba al lector de una manera novedosa. La novela analizaba el destino del país desde la alta literatura, con un lenguaje solemne y universal.
Sin embargo, un grupo de jóvenes escritores inconformes con esos modelos rompieron con el formalismo al usar un lenguaje más abierto, directo y, sobre todo, mexicano. Iban en contra del existencialismo —otra corriente dominante de la época; ellos se querían divertir más. Además, en un clima de tensiones políticas que preludiaban el movimiento estudiantil del 68, escribir en el lenguaje de la calle era también un acto de rebeldía contra el autoritarismo del Estado.
La literatura de la Onda fue bautizada de manera peyorativa por la crítica Margo Glantz en su antología Onda y escritura en México: Jóvenes de 20 a 33 (1971), debido a las muletillas de los adolescentes y jóvenes capitalinos de clase media urbana. En Días de guardar (1970), Carlos Monsiváis señaló que este grupo de escritores fueron los primeros en usar slang en la literatura mexicana.
Una de las obras fundamentales de la Onda fue De perfil (1966) de José Agustín. En la novela, un protagonista adolescente de clase media urbana hablaba exactamente como uno se imagina que hablaría: "No manches, wey, si tú ni sabes de qué hablas, ¿cómo me vas a explicar nada?". La frase podría ser de cualquier conversación en un café de la Narvarte en 1966 o en 2026.

En Pasto verde (1968) de Parménides García Saldaña, otra obra indispensable del movimiento, el protagonista, Epicuro, viaja por la Ciudad de México mientras transita entre estados alterados de la conciencia causados por el uso de las drogas. Epicuro está obsesionado con las canciones de los Rolling Stones —especialmente con Mick Jagger, a quien ve casi como una deidad. El nombre del personaje representa el espíritu del movimiento y evoca la búsqueda del placer y el disfrute de la vida.
En la literatura de la Onda, la sexualidad, las drogas y el rock and roll, esos temas tradicionalmente tabú, son hilos conductores. Por ejemplo, en De perfil, el protagonista describe sus gustos musicales y sus rituales cotidianos: "Oigo a los Rolling Stones con 'Satisfaction' y luego pongo a los Beatles con 'Nowhere Man'. Me gusta el ritmo de la batería, me dan ganas de pegarle a las paredes”. En sus páginas también hay menciones directas de Bob Dylan, The Doors y The Animals.

La juventud mexicana del momento estaba completamente conectada con la contracultura global como el movimiento hippie y el underground. Eran fervientes lectores de los beats, su influencia más directa, y trataban de imitarlos en muchas cosas. De cierta manera, los tres autores principales de la Onda encarnaban a las grandes figuras de esa generación estadounidense. Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña y José Agustín bien podrían personificar la versión mexicana de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs.
A fin de cuentas, la importancia de la Onda radica en haber bajado la literatura de los altares académicos para llevarla a las banquetas, los cafés y las fiestas. Al apropiarse del lenguaje cotidiano y musical de su tiempo, Agustín, Sainz y García Saldaña demostraron que la alta cultura también podía escribirse en un lenguaje más coloquial.

Aunque nació bajo la sombra de una etiqueta peyorativa, y al principio este grupo no gozaba de gran aceptación en los círculos intelectuales — vistos como jóvenes cuyo trabajo principal no era ser autores profesionales y que a menudo recurrían a la autopublicación para hacer oír su voz, este movimiento demostró que la literatura mexicana podía ser rebelde, irreverente y viva.