Gabriel Rico ve el mundo como un sistema de capas superpuestas que rara vez coinciden con las categorías que usamos para nombrarlo. Formado como arquitecto y dedicado al arte, su práctica no distingue entre ciencias exactas, filosofía y experiencia empírica: para él nunca estuvieron separadas, sino que dependen de qué herramienta —la ciencia, la metafísica, la calle— resulta más eficaz para cuestionar la realidad en un momento dado. Esa premisa, más que una pose interdisciplinaria, es el motor de todo lo que hace.
Un ejemplo reciente lo ilustra bien: al intervenir uno de los balones oficiales de un Mundial de futbol para una subasta benéfica a favor de un museo de historia natural, Rico no pintó el objeto ni lo ilustró literalmente. Lo descontextualizó a partir de algo que lleva años investigando: la geometría del balón clásico —parches hexagonales y pentagonales— es casi idéntica a la de la molécula de carbono, un icosaedro, la molécula sobre la que está fundada la vida.
"Desde entonces, cuando veo un balón de futbol veo a veintidós personas corriendo detrás de una molécula de carbono", dice.
La pieza resultante, Fauna, combina el balón con piedra, metal, plumas y popotillo: materiales que tensan esa lectura geométrica hacia lo orgánico. El balón no es el tema de esta conversación; es apenas la aplicación más reciente de una lógica que atraviesa toda su obra.

Objetos que dejan de ser lo que son
Para Rico, la capacidad de ver un objeto más allá de su función evidente es, literalmente, un ejercicio de plasticidad cerebral. Una cuchara puede servir para comer, para escarbar o para componer una pieza de arte; el primer contacto con las cosas es físico, pero la proyección que hacemos sobre ellas es lo que constituye la experiencia real.
"El arte tiene la capacidad de abrirnos la mente hacia el mundo que nos rodea", afirma, y lamenta que hoy esté atado a estructuras de mercado y valor que nunca fueron su fundamento original: el arte, insiste, siempre tuvo una relación con el ser humano antes que con el capital —por eso lo entiende como antropología.
Pero esa libertad para resignificar tiene límites. Hay objetos, dice Rico, "más duros porque están relacionados con la memoria reciente del ser humano": una hoz difícilmente escapa de su lectura política; una pistola, aunque se transforme en instrumento musical, sigue cargando el peso de lo que fue. No hay total libertad en el uso de los objetos —pero sí el poder de manipular la materia, y ahí es donde Rico ubica la posibilidad de reinventar el mundo y reinventarnos a nosotros mismos.

Tecnología como acceso, no como control
Rico distingue entre tecnologías que amplían la mirada hacia afuera —como la que permitió a Copérnico observar el sistema solar— y tecnologías que permiten mirar hacia adentro, como las que empleaba Buda. Ninguna es superior a la otra: una hace zoom out, la otra zoom in, y el ser humano habita el punto de encuentro entre ambas escalas. La realidad, dice, es como una cebolla de capas: los humanos ocupamos una, los pájaros otra —porque tienen otros sentidos— y la tecnología va destapando capas adicionales, de campos electromagnéticos a realidad aumentada, a las que de otro modo no tendríamos acceso.
Esa idea no se quedó en el discurso: Rico desarrolló una aplicación propia, Gabriel Rico Estudio, con experiencias de realidad aumentada —entre ellas, una ligada a una portada editorial que hizo para una revista de diseño, donde apuntar la cámara del celular hacia el impreso activa un venado a escala que recorre la imagen. Solo se activa con la revista física en las manos: una manera, dice, de que la tecnología funcione como punto de encuentro con públicos a los que de otro modo nunca llegaría, sin que medie una transacción comercial directa. Es, también, una advertencia: le preocupa la comodidad que produce el supuesto control que tenemos sobre la tecnología, una ilusión que puede hacer perder de vista la propia vida.

La naturaleza como refugio, no como objeto
Rico ubica un quiebre histórico concreto: a partir de la Revolución Industrial, dice, se instaló el malentendido de ver a la naturaleza como un objeto en lugar de como la constitución de la que somos parte como especie. Y sin embargo, después de miles de millones de personas, seguimos sorprendiéndonos con el uso de cosas tan simples como una rama. Esa capacidad de asombro, insiste, es lo que todavía nos permite plasmar la naturaleza como parte fundamental de nuestro entendimiento de la vida.
No se trata de comodidad, aclara, sino de calma: un espacio para cuestionar la propia experiencia. Ahí sitúa también una posibilidad que la tecnología abre sin traicionar esa relación —cambiar de escala los objetos naturales, como el artista alemán que fabrica hongos de diez metros de altura— aunque para un niño de tres años ese hongo gigante seguirá siendo, simplemente, un hongo grande, sin todo el aparato conceptual que un adulto pueda ponerle encima.
Lo que persigue a Rico como artista no es una respuesta, sino la certeza de que la pregunta no se agota:
"Me sigue sorprendiendo que sea inagotable. Es imposible sentir que ya no tiene nada más que darme." Su práctica ha cambiado a lo largo de los años porque, dice, de eso se trata ser artista —romper un molde, reinventarse, aunque el mercado prefiera poder catalogarte. La naturaleza no se deja catalogar así. Ahí es donde Rico se reconoce, tanto como artista como en su papel de padre que quiere que su hijo tenga agua limpia en el futuro.