“El flautista” (s.f.) de Rafael Coronel.
Artes Visuales

Las máscaras de Rafael Coronel

A lo largo de la obra de Rafael Coronel, la máscara deja de ser un objeto inanimado para convertirse en la esencia de la identidad humana. Influenciado por el misticismo mesoamericano y la sobriedad de maestros como Velázquez, Coronel creó un universo de magos, ancianos y bufones que habitan un tiempo suspendido.


Por Constanza Martínez Achim

Desde las ceremonias funerarias del Egipto faraónico hasta los rituales chamánicos de Siberia, desde las máscaras de jade mesoamericanas, como las olmecas, las mayas o las teotihuacanas, hasta el teatro Nō japonés, el ser humano lleva siglos utilizando máscaras para acceder a dimensiones que el rostro desnudo no puede alcanzar —lo sagrado, lo ancestral, la muerte, la transformación. En Mesoamérica esta tradición fue especialmente rica. Las culturas prehispánicas tallaron máscaras para acompañar a sus muertos, para invocar a sus dioses, para la danza. En El laberinto de la soledad (1950), Octavio Paz escribió que "viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa.” Rafael Coronel heredó esa historia y la convirtió en el eje de su obra.

  • El regalo (2012) de Rafael Coronel.
  • El hilo del escarabajo (1992) de Rafael Coronel.

 

 

Rafael Coronel nació en Zacatecas en 1931. Su destino inicial parecía ser el fútbol, pero cuando se mudó a la Ciudad de México en 1952 se formó en pintura, escultura y grabado en La Esmeralda. A diferencia de los grandes muralistas que lo precedieron —entre ellos su suegro Diego Rivera— Coronel pintaba mundos más minimalistas, introspectivos, mágicos y oscuros, influenciado por Goya y Velázquez.

Coronel reunió a lo largo de décadas más de diez mil máscaras de todo el mundo, hoy resguardadas en el Museo Rafael Coronel de Zacatecas, ubicado en el ex convento de San Francisco. Le interesaban especialmente las máscaras mexicanas: las de los danzantes de Guerrero, las del diablo de las fiestas patronales, las del viejo arrugado de Michoacán. Esta obsesión se tradujo directamente en su obra, donde sus personajes más icónicos son ancianos de mirada introspectiva, envueltos en túnicas y con sombreros picudos o cónicos. En muchas de sus piezas, los personajes aparecen sosteniendo máscaras con rostros idénticos a los suyos. Esa duplicidad sugiere que el rostro humano es, en sí mismo, una construcción social que oculta nuestra verdadera esencia. Al pintar el rostro igual a la máscara, Coronel nos dice que detrás de la máscara de madera solo hay otra máscara de carne y hueso.

  • La máscara (s.f.) de Rafael Coronel.

 

Sin embargo, la máscara no siempre aparece de forma explícita. A menudo, estos personajes son bufones, payasos o arlequines que cargan con una máscara simbólica. Por un lado, el bufón utiliza su disfraz y humor para distraer la atención de las faltas del soberano. Por otro lado, el atuendo y los chistes también le sirven de escudo personal y le permiten esconder su propia fragilidad y soledad detrás del rol que el mundo espera que interprete. 

La obra de Rafael Coronel es un recordatorio de que la identidad humana es un teatro perpetuo. Sus lienzos retratan arquetipos que nos recuerdan que todos, de una forma u otra, llevamos una máscara puesta. A través de sus magos y bufones, Coronel convierte la máscara en un espejo de nuestra propia humanidad.

  1. Máscaras de madera y hojalata de la colección de Rafael Coronel, exhibidas en su museo en Zacatecas.