La narrativa oficial del arte del siglo XX, decidió que en el muralismo mexicano existían “Tres Grandes”: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Por supuesto, estos artistas merecían su título. Sin embargo, este movimiento —al igual que muchos otros, no fue un territorio exclusivamente masculino. En las mismas paredes y bajo los mismos andamios, un grupo extraordinario de mujeres muralistas desafió los convencionalismos de la época, disputando espacios públicos e imponiendo sus propias visiones estéticas y políticas. Pero, como frecuentemente ha ocurrido en la historia del arte, sus nombres fueron eclipsados por las colosales figuras de sus colegas hombres.
Estas creadoras reivindicaron el movimiento en un entorno que reservaba la gran escala y la temática social para la masculinidad. Artistas como Aurora Reyes, considerada la primera muralista mexicana, abrieron con pincelazos el espacio para sus colegas femeninas. Su obra Atentado a las maestras rurales (1936) capturó con colores tierrosos y bordes redondeados, las tensiones políticas de la educación en el México postrevolucionario. En el, aparece un hombre anónimo jalando por el cabello a una mujer que está en el piso. Detrás de ella, otro hombre con el rostro escondido por un sombrero sostiene un rifle. Así, Reyes utilizó la pared pública para dar voz a los movimientos pedagógicos y sindicales de su tiempo.

A esto, se sumaron figuras fundamentales como Elena Huerta, creadora del monumental mural 400 años de historia de Saltillo, una de las obras al fresco más grandes pintadas por una mujer en el país.
Terminado en 1975 para conmemorar el cuarto centenario de la fundación de la ciudad (1577), la obra muestra símbolos virreinales y tradiciones centenarias, como la devoción al Santo Cristo de la Capilla.

Asimismo, la británica nacionalizada mexicana Leonora Carrington aportó una dimensión distinta al muralismo con El mundo mágico de los mayas (1964), donde entrelazó la antropología indígena con el surrealismo tan característico suyo y demostró que la narrativa monumental no tenía por qué aferrarse únicamente al realismo heroico. Otras creadoras, como Marion y Grace Greenwood o Isabel Villaseñor, dejaron también su huella en mercados y edificios gubernamentales, abordando temas de trabajo, campesinado y vida cotidiana.

Sin embargo, estas artistas fueron relegadas a roles secundarios: musas, compañeras, asistentes o simples aficionadas. Una marginación que no respondía a una falta de técnica, ambición o calidad, sino a una estructura cultural.
Al revisitar el trabajo de las muralistas mexicanas, podemos darnos cuenta que la historia plasmada en los muros de México también se construyó con manos femeninas que supieron dominar la escala, el fresco, la historia.. y dejaron un legado indispensable que hoy reclamamos en toda su grandeza.