A pesar de su talento y de haber participado activamente en uno de los momentos más fértiles de la cultura española, muchas creadoras vinculadas a la Generación del 27 desaparecieron durante décadas del relato más difundido de aquella época. La Guerra Civil, el exilio, el franquismo y un canon construido principalmente alrededor de sus compañeros hombres contribuyeron a ese olvido. Hoy las conocemos bajo un nombre que recupera tanto sus obras como su voluntad de vivir de otra manera: Las Sinsombrero.
El nombre remite a una escena ocurrida en el Madrid de los años veinte. Maruja Mallo recordó que ella, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca atravesaron la Puerta del Sol con la cabeza descubierta. El gesto quebraba una convención social de la época y provocó insultos y, según Mallo, incluso pedradas. Años después explicaría aquella decisión con una frase memorable: quitarse el sombrero era una manera de «descongestionar las ideas».

Aquella anécdota acabaría dando nombre a una historia mucho más amplia. Las Sinsombrero nunca constituyeron un grupo formal ni utilizaron esa denominación en los años veinte. El término surgió muchas décadas después para reunir y recuperar a escritoras, artistas y pensadoras que compartieron espacios, amistades y proyectos con los nombres más conocidos del 27 y participaron plenamente en la renovación cultural de su tiempo.
Maruja Mallo, Concha Méndez, Rosa Chacel, María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre, María Zambrano y Marga Gil Roësset desarrollaron trayectorias muy distintas. Hubo poesía, novela, filosofía, pintura, escultura, teatro, edición, música y actuación. Algunas alcanzaron un reconocimiento considerable y participaron en las mismas revistas, exposiciones y círculos intelectuales donde estaba tomando forma la vanguardia española.

Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre fueron incluidas por Gerardo Diego en la segunda edición de su influyente antología Poesía española de 1934. Maruja Mallo expuso en los salones de Revista de Occidente y se convirtió en una figura destacada de la nueva pintura española. Concha Méndez escribió poesía y teatro, viajó de manera independiente y, junto con Manuel Altolaguirre, impulsó importantes proyectos editoriales.
También surgieron nuevos espacios para encontrarse. El Lyceum Club Femenino, fundado en Madrid en 1926 y presidido por María de Maeztu, reunió a escritoras, artistas e intelectuales alrededor de conferencias, exposiciones y debates. Para muchas de estas mujeres, la modernidad se vivía también en decisiones cotidianas como estudiar, viajar, ejercer una profesión, publicar y participar de una vida intelectual que ampliaba los horizontes disponibles para su generación.

Sus obras reflejaron esa transformación desde perspectivas muy diferentes. Mallo convirtió las verbenas, el deporte, las máquinas y los nuevos ritmos urbanos en materia pictórica; Rosa Chacel exploró nuevas posibilidades para la novela; María Zambrano comenzó a desarrollar el pensamiento que marcaría su trayectoria filosófica; Marga Gil Roësset creó una singular obra escultórica e ilustrada antes de morir en 1932, con apenas 24 años.
La Guerra Civil de 1936 cambió radicalmente aquel escenario. Muchas de estas creadoras emprendieron largos exilios que las llevaron a México, Argentina, Cuba, Estados Unidos y distintos países europeos. La dispersión rompió redes culturales y profesionales, mientras la dictadura franquista transformaba profundamente el panorama intelectual español y dificultaba la continuidad y circulación de buena parte de aquellas trayectorias.
Con el paso de las décadas, varias regresaron a España y algunas recibieron importantes reconocimientos, aunque buena parte de sus obras permaneció lejos del lugar que había ocupado en la vida cultural de los años veinte y treinta. Investigaciones, reediciones, archivos y exposiciones fueron reconstruyendo ese mapa. Ya en el siglo XXI, el proyecto Las Sinsombrero, impulsado por Tània Balló, Serrana Torres y Manuel Jiménez Núñez, llevó esta recuperación a un público mucho más amplio.

Recuperar sus trayectorias ha ampliado profundamente nuestra imagen de la Generación del 27. Aquella modernidad también se construyó desde la poesía, la pintura, la filosofía, el teatro, la edición y los nuevos espacios intelectuales conquistados por las mujeres. Un siglo después, aquel gesto de caminar por Madrid con la cabeza descubierta conserva la fuerza de una generación que quiso participar plenamente en la cultura de su tiempo.