En el siglo XVII, la vestimenta tradicional japonesa, como el kosode —que con el tiempo evolucionó al kimono—, no contaba con bolsillos. Para cargar sus objetos personales cotidianos, los hombres japoneses utilizaban pequeñas cajas llamadas inrō, que se ataban al cinturón mediante netsuke. La palabra combina los caracteres ne (raíz) y tsuke (fijar). Los netsuke son miniaturas talladas en madera o marfil, generalmente de entre tres y diez centímetros, que representan animales, figuras mitológicas, escenas cotidianas o personajes populares. Su función principal era actuar como un tope o contrapeso para que el cordón del inrō no se deslizara a través del obi (faja).
Durante el periodo Meiji (1868–1912), la ropa occidental fue reemplazando a la tradicional y, con ella, desaparecieron los inrō y los netsuke de la vida cotidiana japonesa. Paradójicamente, fue justo entonces cuando Europa se fascinó con ellos. En la ola de japonismo que recorrió el continente a finales del siglo XIX, los coleccionistas occidentales los acumularon con avidez; por ello, hoy algunas de las colecciones más importantes del mundo se encuentran fuera de Japón.
Una de las más célebres perteneció a la familia Ephrussi, una dinastía bancaria judía de enorme influencia en Odesa, Viena y París. Alrededor de 1880, Charles Ephrussi, coleccionista parisino que frecuentaba los círculos de Renoir y Degas, adquirió una colección de 264 netsukes que envió años después como regalo de bodas a su primo Viktor, en Viena. Ahí, en el Palais Ephrussi, las pequeñas figuras vivieron en el tocador de Emmy, la esposa de Viktor, donde los niños jugaban con ellas.
En 1938, tras la anexión de Austria al Tercer Reich, los nazis confiscaron los bienes de la familia Ephrussi. De su vasta fortuna, sus palacios y sus obras de arte, pocas cosas sobrevivieron; entre ellas, la colección de netsukes que Anna, la leal empleada del palacio, escondió valientemente dentro de su colchón. Tras la guerra, la colección fue recuperada y pasó de generación en generación, viajando de Viena a Japón y, finalmente, a Inglaterra.
En 2010, el ceramista británico Edmund de Waal, descendiente de los Ephrussi, publicó el libro La liebre con ojos de ámbar: una herencia oculta (The Hare with Amber Eyes), una memoria familiar que reconstruye esta odisea usando la colección de netsuke como hilo conductor. El título hace referencia a una pieza específica: una pequeña liebre tallada con ojos incrustados de ámbar. En el libro, De Waal escribe: “Quiero saber en manos de quién ha estado y qué presenció. La supervivencia de los netsuke... es una afrenta. ¿Por qué ellos pasaron esta guerra en un escondite, cuando tantas personas escondidas no lo lograron?” Y "Los netsuke son pequeñas historias rápidas de marfil."
Los objetos guardan memoria de quienes los han poseído. Un netsuke que pasó por las manos de un coleccionista parisino, luego por las de los niños de un palacio vienés, luego escondido en el colchón de una empleada leal, guarda en su superficie de marfil todo ese recorrido.