La media década transcurrida entre 1940 y 1945 representó uno de los periodos más oscuros y perversos en la historia de la humanidad. La Segunda Guerra Mundial le arrebató la vida a decenas de millones de soldados y civiles en los frentes; los campos de exterminio y concentración en Europa ejecutaron de forma sistemática el mayor genocidio del siglo XX, y finalmente, el conflicto culminó en agosto de 1945 con el uso devastador de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Del otro lado del Atlántico, Estados Unidos vivió su propia pesadilla. El 7 de diciembre de 1941, la Armada Imperial Japonesa lanzó un ataque aéreo sorpresa contra la base naval estadounidense de Pearl Harbor en Hawái, un asalto devastador que causó la muerte de más de 2 400 ciudadanos y destruyó gran parte de la flota del Pacífico.
Este golpe provocó una desconfianza y hostilidad mutua entre Estados-Unidos y Japón que lamentablemente se tradujeron en la creación de diez campos de internamiento para personas de origen japonés, gestionados por la Autoridad de Relocalización de Guerra (War Relocation Authority o WRA) repartidos en siete estados y ubicados en las zonas más inhóspitas e aisladas del territorio estadounidense.
Entre estos centros destacó el campo de internamiento de Poston, situado en Arizona —en tierras pertenecientes a la reserva de las Tribus Indígenas del Río Colorado. Poston se convirtió en el complejo más grande del país por superficie terrestre y albergó a más de 17 800 prisioneros. Las condiciones de vida en estos asentamientos eran, por supuesto, terribles, desérticas y precarias. Las personas vivían en barracones de madera cubiertos apenas con papel alquitranado. Las temperaturas eran extremas y las raciones de comida limitadas. Además, los prisioneros debían hacer trabajos forzados para sostener la infraestructura del campo mientras vivían una constante vigilancia militar a través de cercas de alambre de espino y torres de guardia.

La población confinada en estos lugares abarcaba a familias enteras, ancianos, jóvenes y niños. La gran mayoría eran Nisei (segunda generación, nacidos en EE. UU. y, por ende, ciudadanos americanos) e Issei (los inmigrantes de primera generación). Sin embargo, a pesar de estas terribles circunstancias, en el año 1942, llegó a internarse un hombre que no tenía ninguna obligación legal de estar allí.
Isamu Noguchi nació el 17 de noviembre de 1904 en Los Ángeles, California. Era hijo de Yone Noguchi, un reconocido poeta japonés aclamado en Estados Unidos, y de Léonie Gilmour, una escritora y educadora estadounidense que editó gran parte de la obra poética de Yone. Noguchi creció entre Japón y Estados Unidos y por lo mismo, estuvo en contacto desde pequeño con las filosofías estéticas de ambos países.
En 1922 estudió escultura en la Universidad de Columbia en Nueva York y posteriormente viajó a París para trabajar como asistente del célebre escultor Constantin Brâncuși. De regreso a Nueva York, combinó la escultura con el diseño de escenografías teatrales e industriales. En esta época creó el célebre Radio Nurse (1937), el primer monitor de bebés comercial —resguardado hoy en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), fabricado en resina fenólica con una forma parecida a la de un tótem que fusionaba la funcionalidad cotidiana con la escultura abstracta.
Cuando comenzó la retórica racista contra la comunidad de origen japonés tras el ataque a Pearl Harbor, Noguchi cofundó la organización Nisei Writers and Artists for Democracy ("Escritores y Artistas Nisei por la Democracia") junto a otros líderes. Redactó cartas a legisladores y funcionarios influyentes —entre ellos la comisión del congresista John H. Tolan— con el fin de frenar la inminente reclusión masiva de los estadounidenses de origen japonés. También asistió personalmente a las audiencias del Congreso. Sin embargo, sus esfuerzos no obtuvieron resultados fructíferos.
Más tarde, colaboró en la organización de un documental sobre la situación de la comunidad, aunque tuvo que abandonar California antes de su estreno. Al ser un residente legal registrado en el estado de Nueva York, Noguchi quedaba exento de la Orden Ejecutiva 9066, por lo que la ley no lo obligaba a internarse. Sin embargo, desesperado por demostrar la lealtad de la comunidad nipón-estadounidense y contribuir al esfuerzo social, buscó integrarse en distintos organismos del gobierno, siendo rechazado en todos. Finalmente, se reunió con John Collier, director de la Oficina de Asuntos Indígenas, quien lo persuadió de viajar voluntariamente al campo de internamiento de Poston para promover talleres de arte y programas comunitarios que mejoraran el bienestar emocional de los prisioneros.
Así, en mayo de 1942, Noguchi ingresó a Poston y se convirtió en el único prisionero voluntario del sistema. Comenzó a trabajar en un taller de carpintería con la esperanza de diseñar un entorno más digno. Proyectó parques, zonas recreativas, campos de béisbol, albercas e incluso un cementerio para la comunidad.

Lamentablemente, la Autoridad de Relocalización de Guerra (WRA) no tenía ninguna intención de implementar sus ambiciosos planos arquitectónicos. Para los administradores del campo, Noguchi no era más que un entrometido problemático enviado por la Oficina de Asuntos Indígenas, mientras que para los prisioneros, Noguchi era una figura sospechosa. Muchos Nisei e Issei lo veían como un posible espía o un agente del gobierno. No lograba conectar con la mayoría de los internos, quienes lo percibían como un artista cosmopolita, extraño y distante.
Noguchi comprendió que su proyecto utópico había fracasado. Cuando solicitó su salida voluntaria, la administración se la negó. El artista que había entrado por convicción propia se hallaba ahora prisionero de su propio patriotismo. No fue sino hasta noviembre de 1942, tras siete meses de encierro, que gracias a la ayuda de amigos influyentes en Nueva York obtuvo una licencia “temporal” para abandonar el campo y claro, jamás regresó.
En los siete meses que estuvo ahí, el desierto de Arizona había transformado e influido en el lenguaje plástico de Noguchi. Ante la escasez de bronce y mármol, el artista moldeaba trozos de madera de mezquite arrastrados por el viento, yeso y tierra cocida. Durante e inmediatamente después de su estancia en Poston, creó una célebre serie de esculturas abstractas que reflejaban la desolación y el aislamiento del confinamiento: My Arizona (1943), una pequeña pieza geométrica abstracta con un cuadro translúcido de color magenta que personifica el sofocante calor que vivió en el campamento; The Tortured Earth (1942-1943), un cuadro de bronce repleto de pliegues e incisiones donde plasmo la violencia que observó en las fotografías de los bombardeos aéreos en el norte de África durante la guerra; Yellow Landscape (1943), otra pieza abstracta que marcó el inicio de su exploración sobre la fragilidad, la tensión y la aleatoriedad del ensamblaje; y Lunar Landscape (1943-1944), una serie de obras surrealistas compuestas por formas orgánicas flotantes, sombras fijas y luz indirecta que capturan la extrañeza del desierto y la desconexión con el mundo exterior.

Noguchi dejó de ver la obra de arte como un objeto estático para concebirla como una "escultura del espacio", filosofía que se materializó tras su regreso a Nueva York en proyectos como el Jardín de la Paz (1950) para la sede de la UNESCO en París —un oasis de reconciliación en la posguerra estructurado mediante módulos y cápsulas que conectan de manera armoniosa la vegetación, el agua y las rocas, sus célebres Lámparas Akari, esculturas de luz hechas a mano con papel de arroz y bambú que buscaban democratizar el arte e iluminar los hogares con calidez, y finalmente en su obsesión por los parques infantiles y plazas públicas que plasmó en proyectos como el Moerenuma Park en Japón, un entorno de 189 hectáreas concebido como una escultura a gran escala para el disfrute comunitario.

De este modo, la experiencia en Poston moldeó la identidad de Isamu Noguchi y transformó una de las etapas más oscuras del siglo XX en una trayectoria enfocada en los espacios públicos, la paz y la dignidad humana.