Muchos conocen a Jean-Jacques Sempé por ser el ilustrador de los cuentos de Le Petit Nicolas, escritos por René Goscinny. Otros lo conocen por sus iconicas portadas y divertidas caricaturas en The New Yorker. Con sus detallados escenarios, tales como sus vistas de ciudades como Paris o Nueva York, sus colores pastel que transmiten paz, una especie de nostalgia extraña y recuerdan al cielo frances en pleno verano, sus pequeños personajes trazados con una línea fina y temblorosa, y sus escenas de la vida cotidiana, su estilo es absolutamente inconfundible. A diferencia de los caricaturistas satíricos que critican o se burlan, Sempé se reía junto con sus personajes y encontraba la ternura que está dentro de las personas. Es raro el espectador que no se conmueve o siente empatía hacia la condición humana a través del humor y optimismo del ilustrador. Sin embargo, sorprendentemente, su vida no siempre fue tan feliz como sus dibujos. “Mi infancia no fue increiblemente alegre. Fue incluso lúgubre y un poco trágica”, confesó Sempé en una entrevista con Marc Lecarpentier.

El artista nació el 17 de agosto de 1932 en Burdeos, Francia. Su padre vendía sardinas, anchoas, ostiones y productos en lata dando vueltas por la ciudad en su vieja bicicleta. Cuando estas ventas eran exitosas, lo festejaba en el bistró de la esquina. Su esposa, madre de Sempé, le reprochaba continuamente que no encontraba un empleo que ella considerara mejor. Las peleas eran constantes. Además, mientras esto sucedía, el artista, un niño solitario, sufría de tics que le causaban problemas de pronunciación. Su familia no tenía suficiente dinero para comprar libros; Sempé encontró su refugio en la escuela y escuchando la radio, la cual le enseñó que existían mejores maneras de expresarse que las que conocía en su casa.
Sin embargo, el artista no le reprochó nada a sus padres “(…) los pobres hicieron lo que pudieron, en serio. No tengo ni por un segundo, ningún tipo de resentimiento hacia ellos, hicieron su vida como pudieron.”
A los seis años, el artista queda maravillado por la orquesta del director Ray Ventura que escucha en la radio y, más tarde, por las de Aimé Barelli y Fred Adison. De cierta manera, uno puede notar esta influencia en la sutil elegancia y el movimiento de sus ilustraciones. A los once años empezó a leer las novelas policiacas de Maurice Leblanc, las revistas femeninas de las amigas de su mamá o cualquier libro que lograba tener a su alcance. Quería aprender a escribir bien para poder comunicar mejor, ganarse la vida y apoyar a su familia. Su destino como caricaturista empezó un año más tarde, cuando comenzó a hacer dibujos humorísticos sin texto. A los catorce años se salió de la escuela después de haber faltado dos años, pues vivía en la comuna natal de su padre llamada Bénéjac en la región de Béarn en los Pirineos, donde escapaba de los bombardeos en Burdeos.
Su carrera empezó oficialmente en 1950 en la revista Sud Ouest. Ahí firmaba al principio sus ilustraciones como “Dro”, que fonéticamente suena a la palabra “draw”, en inglés “dibujar”. Un año más tarde publicó su primer dibujo con su nombre verdadero. Poco tiempo después falsificó sus papeles para hacer su servicio militar, ya que era demasiado joven. Distraído, acababa seguido en la cárcel militar del fuerte de Vincennes. Sin embargo, este encuentro con París, aun bajo esas circunstancias, marcó un punto de inflexión en su vida. En sus propias palabras: “Cuando llegué a París, encontré a los parisinos muy alegres. Yo venía de Burdeos, donde la gente no era naturalmente sonriente. Me encantaron enseguida el metro, los autobuses y la fiebre de la ciudad. Y, sobre todo, usé mucho la bicicleta. Durante treinta años fui a todas partes en bicicleta”. Quién mejor para representar el espíritu de la ciudad como alguien que recién la conoció y la ve con esos ojos novedosos que notan lo que pasa desapercibido ante los ciudadanos que están acostumbrados al paisaje.
Aquí, en las oficinas de la World Press, en los Campos Elíseos, conoce a su primer amigo parisino en 1954: René Goscinny. Ambos trabajan para el semanario belga Le Moustique, que publicaba sus respectivos dibujos en la portada y en páginas interiores. Mientras avanza esta colaboración, Sempé crea por su cuenta a un pequeño personaje en un dibujo de una sola viñeta al que llamará Le Petit Nicolas. Este nombre se inspiró en la publicidad de un famoso comerciante de vinos. Cuando el redactor en jefe le pide convertirlo en una historieta, Sempé le propone sin dudarlo a su amigo René escribir el guion.

Desde 1955 publican esta tira cómica en la revista hasta la edición número 28, momento en que Goscinny es despedido por el editor por haber reclamado un mejor reconocimiento para los autores, y Sempé, solidario, se marcha también. Tres años más tarde, Sud Ouest Dimanche les hace un encargo a los dos autores quienes, retoman a su pequeño Nicolás y le dan esta vez la forma de un cuento ilustrado.
El dúo plasma sus recuerdos de infancia en las páginas. Recuerdos que aunque propios, en su cotidianidad logran remitir a la infancia de cualquier lector; sin importar su origen o en qué momento los este leyendo. Las historias son contadas desde el punto de vista de su protagonista, lo cual les otorga un sentido del humor particular y muy personal. Están narrados como hablaría Nicolás, con una narrativa infantil, oraciones continuas y un lenguaje escolar. Mucha de la gracia de la novela proviene del hecho de que su protagonista no siempre entiende a los adultos. Sin embargo, tanto los niños como los adultos son objeto de sátira; la visión del mundo del niño narrador expone las fallas de la percepción adulta. Es uno de los ejemplos más tempranos de libros cuya historia se cuenta directamente desde la experiencia de la niñez. En ellos, Nicolás le cuenta sus historias y su vida a sus amigos Rufus, Alceste, Maixent, Agnan y Clotaire. “René encontró la fórmula”, expresó Sempé.

El 29 de marzo de 1959 sale la primera historia del pequeño Nicolás y es recibida con muchísimo éxito. Es el inicio del famoso escolar que ha acompañado a generaciones durante décadas. “Le Petit Nicolas es, ante todo, una historia de amistad. Él nunca lo habría hecho sin mí, pero lo más importante es que yo nunca lo habría hecho sin él. Éramos verdaderos cómplices”. Y si, este amor que se tenían los dos amigos se puede sentir en lo natural que comunican entre ellos los textos con los dibujos. Estas historias fueron publicadas en Sud Ouest y en la revista Pilote hasta 1965.
Treinta años después de la muerte de Goscinny, su hija Anne decide publicar sus relatos inéditos y crea nuevos libros a partir de diez historias. Sempé, que no estaba al corriente de la existencia de este material, accedió con gusto a realizar las ilustraciones y con esa continuidad le trajo felicidad a los numerosos aficionados de Nicolás. Desde entonces, las historias han sido adaptadas dos veces al cine. La primera en 2009, en una película homónima dirigida por Laurent Tirard. La segunda adaptación fue El pequeño Nicolás: Lo que esperamos para ser felices (Le Petit Nicolas : Qu'est-ce qu'on attend pour être heureux?), una película de comedia animada francesa de 2022 dirigida por Amandine Fredon y Benjamin Massoubre. El largometraje retrata la vida de René Goscinny y Jean-Jacques Sempé mientras crean la influyente serie de libros infantiles. La obra entrelaza escenas que adaptan directamente las viñetas de los libros con secuencias que muestran el proceso real de creación e incluye momentos donde Goscinny y Sempé interactúan y platican directamente con el propio Nicolás.
Además de Le Petit Nicolas, Sempé tuvo una destacada trayectoria como ilustrador de libros propios, carteles y portadas de revistas. Notoriamente, como se mencionó al principio, ilustró más de cien portadas coloridas para The New Yorker, la primera publicada en 1978. En ellas representaba con frecuencia el espíritu de la ciudad de Nueva York, al dibujar las numerosas ventanas de los rascacielos o el enorme perfil urbano. Sus personajes cosmopolitas aparecen paseando en bicicleta, bajando de los autobuses, amontonados en los característicos departamentos pequeños de Manhattan o contemplando el panorama desde elegantes oficinas con ventanales enormes. A veces los personajes aparecen diminutos y así resaltan la monumentalidad de la metrópoli. Sin embargo, no se limitaban a personas; en una conmovedora portada de noviembre de 1997, por ejemplo, aparece un gatito tiernamente recostado en una cama con la vista de la ciudad iluminada de noche al fondo. Además, también llenó varias veces las páginas interiores de la revista con sus caricaturas. El 29 de diciembre de 2014, a través de un artículo de Mina Kaneko y Françoise Mouly, la misma revista le rindió homenaje al publicar en línea una selección de sus trabajos titulada "Historia de una portada: Los bailarines de Jean-Jacques Sempé".

Sempé murió en Ampus, Francia, el 11 de agosto de 2022 a los 89 años. Sin embargo, la felicidad que su imaginación y su trazo simple pero sumamente expresivo sembraron, sigue trayéndole alegría a muchísimas personas alrededor del mundo y mantiene vivo su legado de ternura y discreta ironía.