La primera vez que vi algo de Kusama en persona fue en el GOMA de Brisbane, en "Look Now, See Forever" (2011-2012), y me atrevo a decir que me cambió por completo la relación con el arte contemporáneo, ese que hoy en día me apasiona.
Desde entonces es de las pocas artistas que me importa tanto como vivió, no solo lo que hizo con eso: en su caso la biografía y la obra están tan enredadas que separarlas es casi mentir. Toda su carrera, si se ve completa, es la misma obsesión repitiéndose en formatos distintos —el punto, la acumulación, la ganas de desaparecer dentro de algo más grande que ella— disfrazada cada década de otra cosa. Bastan tres fotos de archivo para seguirle el rastro a eso: de los happenings neoyorquinos hasta el escaparate de lujo donde terminó, ya mayor, convertida en marca. Verlas juntas ahora, después de su muerte el 14 de agosto, no es hacer un obituario más. Es la forma más honesta que tengo de entender qué construyó y qué le costó.
El cuerpo como material, Nueva York, finales de los 60
La fotografía en blanco y negro pertenece a uno de los "body festivals" que Kusama organizó en la escena underground neoyorquina. Una mujer semidesnuda recibe lunares y formas orgánicas pintadas sobre la piel; alrededor, un grupo con gafas de pasta y sombrero de vaquero observa o participa, en ese ambiente entre ritual y fiesta que caracterizó los happenings de la contracultura. No era provocación gratuita. Kusama llevaba años hablando abiertamente de su rechazo al sexo, un trauma que arrastraba desde la infancia, y convirtió esa incomodidad en método de trabajo: cubrir el cuerpo de patrones hasta neutralizarlo, hasta que dejara de ser una amenaza y se volviera paisaje.
Es imposible hablar de esta etapa sin mencionar lo que vino después: en 1977, ya de regreso en Japón, Kusama decidió instalarse por voluntad propia en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde vivió el resto de su vida, cruzando la calle cada día para pintar en su estudio. Es prudente no romantizar ese dato ni tratarlo con morbo.. Ella misma lo explicó sin dramatismo: necesitaba ese entorno para sostenerse y seguir produciendo. La obra nunca se detuvo ahí; al contrario, esa disciplina cotidiana explica en buena parte la enormidad de su producción posterior. El error habitual es leer su biografía clínica como la clave que "explica" el arte, cuando en realidad la relación funciona al revés: el arte fue la herramienta que le permitió administrar la enfermedad, no un síntoma de ella.

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La instalación como territorio, Gropius Bau, 2021
La segunda imagen pertenece a una etapa distinta, la de madurez plena: tentáculos rosas cubiertos de lunares negros que brotan del piso hasta el techo de cristal del patio central del Gropius Bau, en Berlín, durante su retrospectiva itinerante de 2021. Aquí el cuerpo desaparece; lo que queda es el patrón, ahora arquitectónico, ocupando el espacio del espectador en lugar de la piel de un performer. Es el mismo impulso de los happenings sesenteros, pero institucionalizado, calculado para museos con presupuestos de millones y colas de varias horas.
Ese salto —de la calle al atrio monumental— es también el punto donde vale la pena ser crítico, no solo celebratorio. Las instalaciones inmersivas de Kusama fueron, sin duda, un logro formal: pocas artistas de su generación lograron que la repetición obsesiva se sintiera, al mismo tiempo, terapéutica y espectacular. Pero también abrieron la puerta a una lectura reducida de su trabajo, la del "arte para selfie", que aplanó décadas de investigación sobre el trauma y la autoanulación hasta convertirlas en fondo decorativo para redes sociales. La responsabilidad no es solo del público ni de los museos: es una tensión que la propia obra, por su lenguaje visual tan inmediato, ayudó a generar.

Adam Berry/Getty Images
La figura pública, Nueva York, 2012
La tercera fotografía cierra el círculo. Kusama, ya en silla de ruedas, con su peluca roja y vestido de lunares amarillos, saluda durante la inauguración de su colaboración con Louis Vuitton en la Fifth Avenue Maison, coincidiendo con su retrospectiva en el Whitney. El fondo de tentáculos rojos repite, en clave comercial, la misma iconografía del patio de Berlín. Aquí Kusama ya no es la performer que incomodaba a la crítica neoyorquina de los 60; es una marca reconocible a nivel global, capaz de vender bolsos tanto como llenar salas de museo.
Esta última etapa suele dividir opiniones, y con razón. Hay quien ve en ella una traición al espíritu contestatario de sus primeros años; hay quien la lee, con más justicia, como la culminación lógica de una artista que siempre entendió el mercado y los medios como otro material de trabajo, igual que el cuerpo o el espejo. Lo cierto es que sin ese reconocimiento masivo, buena parte de su obra temprana —más incómoda, más difícil de vender— probablemente seguiría siendo territorio de especialistas.
Las tres imágenes, vistas en conjunto, no cuentan una historia de ascenso lineal hacia el éxito, sino de una misma idea —el punto que se repite hasta anular al individuo— atravesando contextos radicalmente distintos: la calle, el museo, la tienda de lujo. Ese recorrido completo, con sus contradicciones incluidas, es un legado en que el archivo fotográfico permite reconstruir con precisión. La cobertura de Getty Images, tanto la de época como la más reciente, es la que sostiene esta lectura: gracias a ese material, cada etapa de Kusama sigue siendo visible y verificable, incluso ahora que su historia ya se puede contar completa, de principio a fin.

Neilson Bernard/Getty Images
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