Artes Visuales

Cuando Cartier encontró en María Félix una musa

En 1975, María Félix llegó a la boutique parisina de Cartier llevando un pequeño cocodrilo vivo envuelto en una manta y pidió un collar idéntico al animal. Para entonces, la relación entre “La Doña” y la maison ya había producido algunas de las piezas más extraordinarias de la joyería del siglo XX, entre ellas el célebre collar-serpiente de 1968. Los cocodrilos articulados cubiertos de esmeraldas y diamantes terminaron ampliando todavía más el imaginario visual de Cartier y el mito de María Félix.


Por Liz Navarro

Pocas mujeres entraron a la historia de la joyería con la autoridad visual de María Félix. Su relación con Cartier produjo algunas de las piezas más extraordinarias jamás realizadas por la maison francesa y alteró la manera en que la joyería entendía el exceso, el bestiario y la personalidad de una clienta. María Félix incorporó las joyas a una imagen pública construida con absoluta conciencia escénica.



Cuando comenzó su relación con Cartier en los años sesenta, María Félix ya era una figura internacional. Su presencia desbordaba el cine mexicano. Había trabajado con Jean Renoir, convivía con aristócratas, diseñadores y artistas europeos, y poseía una personalidad capaz de fascinar e intimidar al mismo tiempo. Dentro de Cartier encontraron a una mujer que exigía piezas imposibles, ajena a cualquier idea de discreción o elegancia moderada.

El mito más célebre de esta colaboración surgió en 1975, cuando María Félix llegó a la boutique de Cartier en París llevando un pequeño cocodrilo vivo envuelto en una manta. Lo colocó sobre la mesa y pidió un collar idéntico al animal. La maison respondió con una de las obras más complejas de toda su historia, dos cocodrilos articulados —uno engastado en diamantes amarillos y el otro en esmeraldas— que podían utilizarse juntos como collar o separarse como broches independientes.

 

La pieza terminó convirtiéndose en un emblema absoluto tanto de Cartier como de María Félix. Los cocodrilos condensaban perfectamente la imagen pública de “La Doña”, marcada por la teatralidad, el control, una agresividad elegante y una relación completamente consciente con el espectáculo visual.

No fue el único encargo extraordinario. Años antes, Cartier había creado para ella el célebre collar-serpiente, una estructura flexible compuesta por miles de diamantes ensamblados sobre platino que reproduce el movimiento sinuoso del reptil. La joya requirió un trabajo técnico excepcional por parte de los talleres de alta joyería de la maison. María Félix solía llevarla enrollada al cuello como si se tratara de una extensión natural de su propio personaje público.



Algo muy interesante a observar es cómo estas joyas dialogaban también con el imaginario visual mexicano que rodeaba a la actriz. Los reptiles, especialmente serpientes y cocodrilos, poseen una carga simbólica profundamente ligada a la iconografía prehispánica y a ciertas ideas de poder ritual dentro de distintas culturas mesoamericanas. María Félix entendía perfectamente el efecto de esas asociaciones. En ella, las joyas adquirían la dimensión de construcciones teatrales de poder.

Dentro de Cartier, la relación con María Félix terminó siendo excepcional porque pocas clientas llevaron tal nivel de intervención conceptual a las piezas. Aunque los encargos más célebres de la actriz se materializaron en las últimas etapas de evolución de la maison, su estética dialogaba directamente con el legado de Jeanne Toussaint, la histórica directora creativa que revolucionó Cartier durante el siglo XX. Félix encarnaba perfectamente el “estilo Toussaint”, donde las joyas adquirían temperamento propio y el bestiario se convertía en una forma de teatralidad visual.

Con el paso del tiempo, las piezas creadas para María Félix dejaron de pertenecer únicamente al universo privado de una celebridad. Hoy forman parte de la historia de Cartier y aparecen constantemente en exposiciones internacionales de la maison como ejemplos extremos de virtuosismo técnico y diseño escultórico.