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Cuando las estatuas de Versalles se convirtieron en armas del pueblo

La Revolución Francesa canalizó el hartazgo del "tercer estado" mediante un decreto que ordenaba decapitar y fundir los monumentos monárquicos de las plazas, transformando el bronce real en cañones republicanos. Esta furia destructiva alcanzó por error a las veintiocho estatuas de los Reyes de Judá en la Catedral de Notre-Dame, cuyas cabezas medievales mutiladas fueron rescatadas y redescubiertas hasta 1977.

 


Por Constanza Martínez Achim

A finales del siglo XVIII, el pueblo francés —el "tercer estado"— estaba harto de las represalias políticas, las hambrunas y la ostentación desmedida de riqueza por parte de los nobles mientras ellos morían de hambre. Así, el 14 de julio de 1789, un grupo de ciudadanos armados con herramientas del campo y utensilios de trabajo asaltaron la cárcel política de la Bastilla, en un gran gesto simbólico que definió el inicio de la Revolución Francesa.

Cuatro años más tarde, entre 1793 y 1794, cerca de 40,000 personas sufrieron los efectos de la guillotina bajo el liderazgo de Maximilien Robespierre y el Comité de Salvación Pública. Entre ellas figuraban miembros de la alta nobleza como los propios reyes, pero también, de forma mayoritaria, gente del pueblo. Sin embargo, las personas físicas no fueron las únicas que terminaron destruidas o decapitadas durante el Reinado del Terror.

El 12 de agosto de 1792, tras el asalto al Palacio de las Tullerías —la residencia oficial donde la familia real vivía bajo arresto domiciliario desde que fue obligada a abandonar Versalles— que derrocó efectivamente a la monarquía dos días antes, la Asamblea Legislativa emitió una orden oficial que pedía la destrucción de todos los monumentos dedicados al "orgullo y la tiranía reales" tanto en París como en las provincias. Decapitar las estatuas de los reyes era desmantelar, a través del poder de lo visual, el Antiguo Régimen sobre el mapa de la ciudad.

Tristemente, estas decapitaciones no solo afectaron a los monarcas franceses. En 1793, los revolucionarios asumieron que las figuras ubicadas justo encima de los portales de la Catedral de Notre-Dame representaban a los reyes históricos de Francia. En un acto de furia, arrastraron las 28 estatuas a la plaza y las decapitaron con cuerdas y herramientas, ignorando que en realidad retrataban a los Reyes de Judá e Israel, los ancestros bíblicos de la Virgen María. Tras la mutilación, arrojaron los cuerpos a un pozo.

Durante casi dos siglos se creyó que esas cabezas de Notre-Dame se habían perdido para siempre. Sin embargo, en 1977, durante unas excavaciones en el distrito 9 de París, un grupo de obreros encontró un depósito oculto con 21 de las 28 cabezas originales de piedra. Hoy en día, estas piezas desgastadas y mutiladas viven en el Museo Cluny (el Museo Nacional de la Edad Media en París).

Destruir estos monumentos también tenía una razón práctica. Francia estaba en guerra contra las monarquías europeas y necesitaba metal. Por ello, la gran mayoría de las estatuas de bronce de los reyes fueron fundidas y convertidas en cañones y armas para el ejército revolucionario. Así, el bronce que antes proclamaba la gloria eterna del monarca terminó sirviendo para defender la República que lo derrocó.

Es importante notar que este fenómeno de decapitar monumentos no fue exclusivo de la Francia del siglo XVIII, sino que ha ocurrido en varios momentos y culturas a lo largo de la historia. En México, por ejemplo, los Olmecas mutilaban y enterraban intencionalmente sus colosales cabezas de piedra y los monumentos de sus gobernantes tras su muerte o durante cambios dinásticos, como una forma de neutralizar su poder político y espiritual.

Tal vez la Revolución Francesa nos parezca ajena o lejana en el tiempo. Sin embargo, hoy en día la brecha socioeconómica y la desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo son aún más profundas que las de la Francia prerrevolucionaria.

 



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