Resulta común que una obra de arte despierte una admiración profunda en quien la observa, invitando a una contemplación detallada. Sin embargo, en el caso de una mente alejada de cualquier convencionalismo como la de Dalí, el encuentro con El Ángelus de Jean-François Millet derivó en un fenómeno onsesivo. Desde el primer instante, el pintor desarrolló una fijación que lo empujó a indagar en la imagen más allá de los límites de la cordura y la razón, transformando la admiración en una búsqueda febril.
Dalí dedicó toda clase de análisis e interpretaciones a la obra de Millet, llegando a afirmar en su libro Confesiones inconfesables que este cuadro se había convertido para él en la pieza pictórica más íntimamente turbadora y densa. El origen de esta fijación residía en una escena donde una pareja de campesinos detenía sus labores para rezar bajo una luz crepuscular. Si bien la historia del arte leyó esta atmósfera bucólica como un emblema del recogimiento rural, Dalí detectó en ella una inquietud profunda que contradecía la supuesta calma de la escena.

Como consecuencia de esta investigación, Dalí entabló contacto con un descendiente del pintor francés, quien le compartió una versión sobre la obra: originalmente, en el espacio que separa a los campesinos, no figuraba el cesto de patatas que hoy conocemos. Esta posibilidad intensificó su lectura de la escena como un momento de duelo más que de oración.
A partir de ello, Dalí impulsó la realización de un análisis de rayos X sobre la pintura. El estudio reveló la presencia de una forma previa en el centro de la composición. Para Dalí, esa imagen correspondía a un ataúd infantil, lo que reforzaba su interpretación de la obra como una escena atravesada por la muerte.

Desde ese momento, El Ángelus dejó de ser una referencia externa para infiltrarse en su propio imaginario. La pintura se convirtió en un campo de proyección, donde la insistencia de la mirada terminaba por alterar el sentido mismo de la imagen.