Joven decadente (1899), Ramón Casas.
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El decadentismo contra el progreso burgués

A finales del siglo XIX, mientras Europa celebraba el auge industrial, la expansión colonial y el rigor científico del positivismo, una profunda crisis espiritual y moral comenzó a gestarse bajo la superficie burguesa. Como respuesta al utilitarismo y a la censura de la época, el movimiento decadente adoptó el insulto de sus críticos para reclamar un arte libre de ataduras morales, refugiándose en el esteticismo, el artificio y los paraísos artificiales. Al explorar temas tabú como la neurosis, el erotismo y el vacío existencial en obras de Huysmans, Wilde y Beardsley, estos creadores desafiaron el pánico moral de su tiempo y sembraron las bases de la total libertad subjetiva de las vanguardias del siglo XX.


Por Constanza Martínez Achim

A finales del siglo XIX, el positivismo era una de las corrientes intelectuales más influyentes de Europa. Esta doctrina, asociada principalmente al filósofo francés Auguste Comte, sostenía que el verdadero conocimiento era aquel basado en la observación, la experimentación y el método científico. Bajo esta lógica, la humanidad avanzaba progresivamente hacia formas cada vez más racionales de organización social y conocimiento. Esta mentalidad coincidió con la Segunda Revolución Industrial y con la expansión imperial europea. Hacia finales del siglo XIX, potencias como Gran Bretaña, Francia, Alemania y Bélgica habían extendido su dominio sobre regiones de África, Asia y Oceanía.

Para comienzos del siglo XX, los imperios europeos controlaban alrededor del 84 % del territorio del mundo. Europa se percibía a sí misma como la civilización más avanzada y justificaba su expansión mediante la idea de que llevaba progreso, orden y tecnología a otros lugares. Ese progreso se sostenía en gran medida sobre la explotación de recursos naturales, sistemas de trabajo abusivos y una narrativa de superioridad racial que presentaba la dominación colonial como una misión civilizadora. La estricta moral burguesa de la época sencontradecía.

A pesar de enormes avances tecnológicos y científicos —la expansión de la electricidad, el desarrollo de la bacteriología, los progresos de la medicina moderna y las teorías de la evolución— las instituciones culturales seguían privilegiando el realismo y al academicismo. El arte debía representar la realidad y, a menudo, cumplir una función moral, educativa o social. Temas como la sexualidad, la enfermedad mental, la decadencia física, las adicciones, el vacío existencial o la fascinación por la muerte permanecían fuera de los límites de lo aceptable.

Pornokratès (1878), Félicien Rops. 

 

Sin embargo, bajo la superficie del optimismo industrial y la confianza en la ciencia, había un gran malestar cultural. La industrialización transformó muy rápidamente las ciudades europeas que crecieron desordenadamente y provocaron una fuerte desigualdad. Millones de personas abandonaron el campo para trabajar en fábricas donde los ritmos de vida estaban dictados por las máquinas y el reloj. El individuo parecía cada vez más insignificante. Al mismo tiempo, los avances científicos como la teoría de la evolución de Charles Darwin y el desarrollo de nuevas ciencias cuestionaban las certezas religiosas. La moral burguesa, tan rígida en público, ocultaba contradicciones privadas relacionadas con la sexualidad, el consumo de drogas, la desigualdad social y el deseo. Fue con la publicación de Essais de psychologie contemporaine de Paul Bourget en 1883 que el movimiento decadente comenzó a definirse con mayor claridad. Bourget, crítico literario y novelista francés, utilizó la metáfora de un organismo vivo para explicar la sociedad de su tiempo: Cuando la energía colectiva se agota, las células individuales se independizan. 

El término “decadente” surgió originalmente como un insulto utilizado por críticos para describir a artistas y escritores que no seguían los valores burgueses. Sin embargo, ellos lo adoptaron con orgullo. Los decadentistas escribían y pintaban sobre el erotismo, la belleza entendida como un fin en sí mismo, la angustia, el artificio y los llamados paraísos artificiales —estados alterados de conciencia producidos por sustancias como el opio o el alcohol, tema que Charles Baudelaire había explorado en Los paraísos artificiales (1860). Uno de los libros más importantes para este movimiento fue À rebours (A contrapelo), 1884, de Joris-Karl Huysmans. El escritor francés que comenzó su carrera dentro del naturalismo y el realismo, terminó convirtiéndose en uno de los principales cronistas de la decadencia. Su protagonista, el aristócrata Jean des Esseintes, rechaza el mundo exterior y se recluye en una mansión rodeado de perfumes, flores exóticas, libros raros y objetos insólitos.

La residencia de Des Esseintes recuerda a los Wunderkammern, los gabinetes de curiosidades de los siglos XVI y XVII donde nobles reunían fósiles, animales exóticos, minerales, artefactos arqueológicos y objetos procedentes de regiones lejanas. No todos podían viajar a los trópicos o a Oriente, pero quien tuviera los recursos podía traer fragmentos del mundo a su propia casa. Si la realidad exterior resultaba decepcionante, la imaginación y los objetos podían sustituirla. En la novela, Huysmans escribe: "El viaje solo es necesario para aquellos que no tienen imaginación." Otra obra central del movimiento fue El retrato de Dorian Gray (1890) de Oscar Wilde. En ella, un joven desea conservar eternamente su juventud y belleza mientras un retrato envejece y refleja las consecuencias de sus actos. Wilde defendió la autonomía del arte frente a las exigencias morales de la sociedad victoriana. En 1895 fue condenado por el delito de “indecencia grave” debido a sus relaciones con otros hombres, y pasó dos años en prisión con trabajos forzados.

Portada del Lippincott's Monthly Magazine, en donde se publicó la primera versión de El retrato de Dorian Gray.

 

En las artes visuales, el decadentismo apareció en obras como las ilustraciones de Salomé (1894) de Aubrey Beardsley para la edición inglesa de la obra de teatro de Wilde. Con un estilo blanco y negro elegante, Beardsley representó a la figura bíblica como una mujer seductora, poderosa y potencialmente destructiva. La femme fatale fue uno de los grandes símbolos de la imaginación decadente. Esta serie contrastaba con interpretaciones anteriores, como las pinturas de Gustave Moreau realizadas entre 1874 y 1876, donde Salomé aparecía en una atmósfera más simbólica y mística.

En conclusión, mientras la sociedad burguesa intentaba ocultar sus dudas detrás de la fe en las máquinas, la ciencia y el progreso, los artistas decadentes demostraron que el desarrollo material no resolvía las crisis espirituales de la modernidad. Al reclamar para el arte el derecho a explorar el deseo, la angustia, la enfermedad, la muerte y lo irracional, ampliaron los límites de lo que podía representarse. Su influencia estuvo presente en las vanguardias del siglo XX —desde el expresionismo hasta el surrealismo, cuyos artistas también desafiaron las normas estéticas y morales de su tiempo. La libertad artística no surgió de manera repentina, sino gracias a generaciones de escritores, pintores y pensadores que estuvieron dispuestos a enfrentar la censura, el escándalo y el rechazo para explorar territorios que la cultura dominante prefería mantener ocultos.



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