El Museo Nacional de Arte es un espacio especialmente bello. Su arquitectura ecléctica, diseñada por el italiano Silvio Contri a principios del siglo XX, hace que el edificio sea una obra en sí mismo. Al entrar, uno queda deslumbrado por los pisos de mármol pulido, los techos altos con frescos y esa espectacular escalera imperial de herrería que domina el vestíbulo.
Sin embargo, justo debajo de ella, en la planta baja, descansa una escultura que seguido pasa desapercibida. Su nombre es Après l'orgie (Después de la orgía), realizada en 1909 por el escultor veracruzano Fidencio Lucano Nava.
Tallada en un solo bloque de mármol, la obra presenta a una joven mujer desnuda, acostada sobre una roca en una postura que evoca un cansancio absoluto. El agotamiento es tal que la parte superior de su cuerpo se sale de los límites de la piedra y cuelga hacia atrás, suspendida casi hasta tocar el suelo. El mármol, tradicionalmente reservado por la academia para representar la pureza divina o los mitos clásicos, es empleado aquí para retratar el vacío existencial y el agotamiento físico que quedan tras el exceso.
El título en francés puede generar sorpresa, pues fue esculpida por un mexicano. Fidencio L. Nava nació en Xalapa en 1869 y formó parte de esa generación de artistas becados por el gobierno de Porfirio Díaz para perfeccionarse en París. Al igual que sus contemporáneos, regresó de Europa marcado por los grandes movimientos de la época. Uno que lo influyó especialmente fue el decadentismo, un término inicialmente peyorativo para describir a los artistas y escritores que desafiaban la moral burguesa. Los decadentistas rechazaban las escenas “correctas” que la academia promovía y en su lugar retrataban temas tabú como la perversión, el erotismo, la muerte, la pérdida de la fe..
Après l'orgie dialoga con otra pieza de la colección permanente del MUNAL: Malgré tout (A pesar de todo), del escultor Jesús F. Contreras. Al igual que Nava, Contreras fue de los artistas becados que estudiaron en Francia. La escultura, creada tras perder su brazo derecho, muestra a una mujer desnuda y acostada con los brazos encadenados intentando levantarse. En ambas obras, el cuerpo femenino es el vehículo de emociones complejas —la rendición, la resistencia y el peso de existir.
Las dos obras pertenecen al gran momento de la escultura porfiriana, ese período de esplendor artístico financiado por el Estado, antes de que la Revolución de 1910 cortara los fondos de las becas de arte. En el mármol frío de estas esculturas quedó atrapado el espíritu de una época que estaba al mismo tiempo obsesionada con el lujo y al borde del colapso social.
Por eso, aunque el palacio del MUNAL deslumbre con su brillo arquitectónico y sus exposiciones, vale la pena detenerse antes de subir la escalera y dedicarle un momento a la mujer que descansa debajo de ella.