México lleva siglos siendo un destino anhelado. Antes de que existiera el turismo como industria, antes de las guías de viaje y los carteles promocionales, los viajeros europeos ya cruzaban el Atlántico atraídos por la monumentalidad de sus ruinas, la exuberancia de sus paisajes y la complejidad de sus culturas.
La exposición México: ruta y destino, curada por Claudia Garay Molina, con la asistencia de Ana Elena Mallet y el equipo del Museo Nacional de Arte, recorre la construcción de la identidad visual del país desde el siglo XIX hasta el “milagro mexicano” de mediados del siglo XX. El recorrido reúne pinturas, fotografías, mapas, carteles turísticos, guías de viaje, revistas y artesanías. En las salas destacan obras de grandes maestros como Diego Rivera, Rufino Tamayo, Carlos Mérida, Miguel Covarrubias, Saturnino Herrán y Roberto Montenegro, entre muchos otros. En conjunto, estos materiales funcionan como un archivo que revela, pieza por pieza, cómo se fabricó la imagen de la nación ante el mundo.
La muestra comienza con la mirada de quienes visitaron México en el siglo XIX. Geógrafos, artistas y cronistas como Alexander von Humboldt, Frederick Catherwood, Johann Moritz Rugendas y Carl Nebel recorrieron el territorio nacional para documentar zonas arqueológicas, paisajes y escenas cotidianas.
Entre los tesoros de esta sección sobresalen las fotografías pertenecientes a la Colección Ricardo B. Salinas Pliego, capturadas por el explorador francés Claude Désiré Charnay. Estos documentos registraron ruinas mayas en Yucatán, como el Edificio de las Monjas en Chichén Itzá y El Palacio del Gobernador en Uxmal, en un momento en que apenas comenzaban a ser conocidas en el extranjero. En las imágenes de Charnay, las ruinas aparecen como monumentos de una civilización perdida pero monumental, lo cual ayudo aportó a una narrativa de grandeza histórica que resultó fundamental para la identidad internacional de México.
Tras la Revolución de 1910, la proyección del país hacia el exterior dejó de depender exclusivamente de los viajeros románticos y se convirtió en un programa formal de Estado. Los esfuerzos institucionales comenzaron con la revalorización de la arquitectura colonial. Pintores como Dr. Atl y Saturnino Herrán, junto a fotógrafos como Guillermo Kahlo, padre de Frida Kahlo, realizaron un inventario visual de iglesias, conventos y casonas virreinales.
Al mismo tiempo, las artesanías se volvieron un eje central del discurso identitario. La Exposición Nacional de Arte Popular de 1921, organizada por Jorge Enciso y Roberto Montenegro, consolidó las manufacturas regionales como emblemas de “lo típico”. Muy pronto, las tiendas de curiosidades mexicanas orientadas a visitantes extranjeros proliferaron en las principales avenidas de la capital, mientras mapas carreteros y guías de viaje las señalaban como paradas obligatorias.
Aunque México —con una geografía tan vasta que va desde las selvas del sur hasta las llanuras del norte— ya tenía fama de ser un país exótico, viajar por él no era tarea fácil. Todo cambió con la inauguración del tramo carretero que unió a la Ciudad de México con Acapulco en 1927 y, más tarde, con la Carretera Panamericana a partir de 1936. Estas rutas transformaron por completo la manera de recorrer el territorio y abrieron las puertas a un turismo masivo que antes era impensable.
Así, el mapa simbólico del país se reconfiguró. Pueblos como Taxco y Puebla se volvieron favoritos para quienes buscaban un pasado colonial intacto, iglesias barrocas y tradiciones artesanales. Por otro lado, Acapulco y Cuernavaca se convirtieron en sinónimos de descanso y glamour. Sus climas cálidos atraían por igual a la élite política nacional, estrellas de Hollywood y artistas e intelectuales europeos. En medio de este despliegue, la Ciudad de México se consolidó como el gran corazón urbano donde convergían todos los caminos.
A partir de este desarrollo vial surgió una producción creativa de materiales visuales pensados para orientar y seducir a los viajeros. La Colección Ricardo B. Salinas Pliego resguarda varios ejemplos de esta producción, prestados especialmente para la muestra.
Entre ellos destacan mapas ilustrados publicados originalmente en la revista Mexico This Month. Estas guías cartográficas mezclaban información útil para el viaje con ilustraciones llenas de color y humor.
Por ejemplo, un mapa de Oaxaca de 1957 llevaba el subtítulo: “Un estado encantador con bellas señoritas, platillos exquisitos y finas ruinas antiguas”. Otro mapa de 1958 dedicado a Puerto Vallarta prometía: “Langostas a las brasas, cocos con ron y un espacio para la hamaca”. En estas pequeñas leyendas se concentraban los atributos con los que México se vendía al exterior: exotismo, hospitalidad, gastronomía, historia y desconexión absoluta.
La revista fue fundada en 1955 por Anita Brenner. Nacida en Aguascalientes y de ascendencia judía, Brenner fue periodista, crítica de arte y una de las principales promotoras de la cultura mexicana en Estados Unidos. Mexico This Month nació como una publicación bilingüe dirigida tanto al turista común como a académicos y curadores estadounidenses interesados en el país.
La revista se publicó mensualmente hasta 1967. En sus páginas convivían fotografías de Héctor García, Kati Horna y Nacho López con mapas, reseñas de restaurantes y ensayos sobre arte prehispánico.
Hoy, el archivo de la publicación —compuesto por más de 26 mil piezas entre imágenes, bocetos e impresos— representa uno de los compendios visuales más ricos para entender el patrimonio cultural mexicano del siglo XX.
Si Taxco representaba el México colonial y pintoresco, Acapulco encarnaba la versión moderna y seductora del país. Durante las décadas de 1940 y 1950, la bahía se transformó en un oasis de lujo que atraía a estrellas de Hollywood, empresarios y turistas internacionales. Un ejemplo de este esplendor fue el Hotel Pierre Marqués, inaugurado en 1957. Con paisajismo de Luis Barragán y mobiliario de Clara Porset, el complejo proyectaba al mundo un México sofisticado, elegante y contemporáneo.
Para posicionar al país como un destino de clase mundial, el lenguaje visual recurrió a colores vibrantes, figuras femeninas idealizadas, arquitectura vanguardista y paisajes tropicales idílicos.
Sin embargo, esta seducción visual tenía un costo. Al convertir cuerpos, tradiciones y paisajes en objetos de consumo visual con fines económicos, la construcción del México turístico terminó por reforzar viejas jerarquías de género, clase y etnia.
México: ruta y destino demuestra que la identidad de un país no es algo fijo: se construye, se diseña y se negocia constantemente. Los artistas, intelectuales y promotores culturales de la primera mitad del siglo XX lograron convertir a una nación que apenas cicatrizaba las heridas de la Revolución en un destino fascinante.
Ahora, con la Copa Mundial de la FIFA 2026 a la vuelta de la esquina y millones de visitantes próximos a llegar al país, surgen nuevas preguntas: ¿quiénes están construyendo hoy la imagen de México?, ¿con qué materiales lo hacen? y ¿para convencer a qué miradas?