Francisco Araiza, circa, 1998.
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Música y ópera

Francisco Araiza: una vocación de excelencia musical

Con este detallado recuento de la trayectoria del excelso tenor, Francisco Méndez Padilla, especialista y promotor del arte lírico en nuestro país, rinde tributo a Francisco Araiza, quien, a lo largo de su brillante carrera de más de medio siglo, ha llevado muy en alto el nombre de México por los más renombrados escenarios del mundo. Distinguido y aclamado por doquier, con su prestigio allanó el camino para nuevas generaciones de tenores mexicanos que, después de él, han triunfado en los mayores teatros internacionales.


Por Francisco Méndez Padilla

El célebre tenor mexicano Francisco Araiza, doctor honoris causa por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Kammersänger (cantante de cámara) de la Ópera de Zúrich y de la Ópera Estatal de Viena y Medalla de Oro de Bellas Artes de México, por mencionar solo algunos de los numerosos reconocimientos que le han sido otorgados a lo largo de su vasta carrera, celebró en 2025 dos significativas efemérides: alcanzó los 75 años de vida y festejó los 55 de haber debutado profesionalmente como cantante. Miembro de una familia musical –su padre fue destacado organista, además de cantante y director de coros–, en 1970 cantó el Primer Prisionero de Fidelio de Beethoven, dirigido por Eduardo Mata al frente de la Orquesta Filarmónica de la UNAM. Poco antes había ofrecido su primer recital, abordando el ciclo de canciones Dichterliebe (amor de poeta) de Schumann; ambas obras pertenecientes al Romanticismo alemán, un repertorio emblemático y, en muchos sentidos, premonitorio de lo que sería su incansable y distinguida actividad artística.

Francisco Araiza puede ser considerado el paladín de los tenores mexicanos en Europa: con escasos 24 años se presenta en la Ópera de Karlsruhe y gana en Múnich el tercer lugar del Concurso de la Radiodifusión Bávara. A partir de entonces debuta en papeles protagónicos en prestigiosos teatros de Alemania, en Baviera, Berlín, Dresde, Fráncfort, Hamburgo y Leipzig, donde pronto se sitúa como el intérprete de Mozart y Rossini más destacado del momento. Casi de inmediato pasa a formar parte de las “grandes ligas” del mundo de la ópera, y se presenta en los teatros y festivales más importantes del Viejo Mundo, bajo la batuta de directores tan eminentes como Herbert von Karajan, Karl Böhm, Nikolaus Harnoncourt y Claudio Abbado.

Francisco Araiza, el barítono José Van Dam y la soprano Edith Mathis, en un ensayo de La Creación, de Haydn, con la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Herbert von Karajan, en la Gran Sala de Festivales de Salzburgo, 1982. Fotografía: Siegfried Lauterwasser.

 

Afortunadamente, en diversas entrevistas, el tenor mexicano ha rememorado su primer encuentro con estas grandes luminarias de la batuta: recuerda, por ejemplo, cómo Karajan, luego de su primera audición, lo designó de inmediato como uno de “sus cantantes”, y cómo su influencia dejará una impronta indeleble en su vida profesional; cómo Böhm, en medio de la preparación y las representaciones de Die Entführung aus dem Serail (El rapto en el Serrallo), se convierte en una suerte de padre durante la etapa final de su vida, al externar su ferviente deseo de impulsarlo en su incipiente carrera; o el simpático malentendido con Abbado quien, tras escucharlo en el aplaudido montaje del Orfeo de Monteverdi dirigido por Harnoncourt en La Scala, creyó que su contrato para participar en la inminente filmación de LaCenerentola (La Cenicienta) era para el papel baritonal de Dandini, por lo que el mexicano debió cantar en frío el do sobreagudo para convencer al italiano de que verdaderamente era un tenor y, como el tiempo demostró, capaz de erigirse en un modélico Don Ramiro.

Francisco Araiza con Karl Böhm, en un ensayo de El rapto en el serallo de Mozart, Múnich, 1980. Fotografía: Anne Kirchbach.

 

Y es que esos primeros documentos audiovisuales, junto con la trilogía monteverdiana creada por la dupla Harnoncourt-Ponnelle, se han convertido en iconos de una época dorada para la ópera, que combinaba aún a ilustres nombres del pasado reciente con brillantes exponentes de la nueva generación de cantantes, que se beneficiaban de las nuevas tecnologías tanto escénicas como sonoras, pues no hay que olvidar que Araiza encabezó el elenco de Die Zauberflöte  (La flauta mágica), primera grabación operística digital de la historia del disco, bajo la dirección de su mentor Karajan. A su vez, La Cenerentola, otra joya visual surgida del genio de Jean-Pierre Ponnelle, lo emparejó con la entrañable Angelina de Frederica von Stade, mientras que Die Entführung constituyó la primera de numerosas actuaciones al lado de la virtuosa soprano eslovaca Edita Gruberová.

“No hay que olvidar que Araiza encabezó el elenco de Die Zauberflöte (La flauta mágica), primera grabación operística digital de la historia del disco, bajo la dirección de su mentor Karajan”.

 

Mozart y Rossini fueron, pues, los ejes principales sobre los que giró la carrera de Francisco Araiza en esos primeros años en Europa: Belmonte y Tamino en las ya citadas Flauta y Rapto; Ferrando en Così fan tutte (Así hacen todas); Don Ottavio en Don Giovanni e Idamante en Idomeneo, papeles pertenecientes al Genio de Salzburgo, a los que años más tarde se añadieron los protagónicos de La clemenza di Tito (La clemencia de Tito) y de Idomeneo. Por su parte, el Cisne de Pesaro estaba bien representado por el aclamado Don Ramiro de La Cenicienta; el Conde de Almaviva de Il barbiere di Siviglia (El barbero de Sevilla); Lindoro de L’italiana in Algeri (La italiana en Argel); Idreno de Semiramide; Aménophis de Moïse et Pharaon (Moisés y Faraón) y el Conde de Libenskof, en el reestreno absoluto de Il viaggio a Reims (El viaje a Reims), tras 160 años de considerarse perdida la partitura.

Justamente el debut en Bellas Artes de Francisco Araiza, como parte del elenco de la temporada de ópera 1977, causó entre los aficionados la impresión de estar oyendo al Tamino ideal concebido por Mozart. Su retorno en 1981 para interpretar al Conde de Almaviva confirmó que se trataba del más depurado tenor rossiniano que se había presentado ante el público mexicano en épocas modernas. Poco a poco fueron conocidos en nuestro país sus numerosos triunfos internacionales: su gira a Japón con La Scala, sus gloriosas funciones en París, Londres, Viena o Nueva York, así como las prestigiosas distinciones y premios obtenidos. Sus grabaciones de El barbero de Sevilla con Marriner y La flauta mágica con Karajan despertaron consensuada admiración, por lo que hasta hoy son versiones de referencia. A estas grabaciones vinieron a añadirse muchas más, siempre con los más afamados artistas, que documentan casi la totalidad de su abundante, atractivo y sólido repertorio, ya sea operístico, sinfónico-vocal o de cámara. 

Resulta insuficiente este espacio para consignar siquiera lo más selecto de las actuaciones de Araiza a lo largo de sus 55 años de actividad profesional ininterrumpida; baste citar los nombres de los directores con los que ha trabajado durante estas cinco décadas: Carlos Kleiber, sir Colin Davis, Riccardo Muti, Carlo Maria Giulini, Seiji Ozawa, Giuseppe Patanè, Wolfgang Sawallisch y Daniel Barenboim. Entre los directores de escena se cuentan Harry Kupfer, August Everding, Gotz Friedrich, Otto Schenk, Giorgio Strehler, Ken Russell, Franco Zeffirelli, Roman Polanski y Robert Wilson. Además, tiene en su haber casi cincuenta grabaciones y numerosas producciones en video, por las cuales ha obtenido premios como el Deutscher Schallplattenpreis y el Orphée d’Or. Su arte sin igual y su destacado desempeño como intérprete han sido reconocidos con el Premio Mario del Monaco-Otello d’Oro, el Golden Mercure, la Medalla Mozart de la UNAM y Medalla Dr. Alfonso Ortiz Tirado del Festival de Álamos, Sonora, entre muchos otros.

Francisco Araiza como Tamino en La flauta mágica de Mozart, en la Ópera Estatal de Baviera, Múnich 1978.

 

Es que en efecto el repertorio de Araiza, quien por su filiación mozartiana fuera considerado en la región germana como una suerte de sucesor del tenor Fritz Wunderlich, prematuramente desaparecido, se fue diversificando al incluir diversas obras pertenecientes al bel canto italiano y al Romanticismo francés. Elvino en La Sonnambula y Arturo en I Puritaniproclamaron el amplio y contundente registro agudo del que podía hacer gala, más allá del refinamiento ya bien probado alcanzado en las óperas de Mozart, pero que, según sus propias palabras, “hacían las veces de una especie de corsé sobre mi rango dinámico”. De igual modo, la inclusión de personajes como Nemorino, en L’elisir d’amore, Ernesto, en Don Pasquale, Leicester, en Maria Stuarda, Percy, en Anna Bolena, y Edgardo, en Lucia di Lammermoor,fue buena prueba del vasto espectro emocional que las óperas de Donizetti podían brindarle y que él supo aprovechar para alcanzar mayor impacto entre sus admiradores. Paralelamente, las principales partituras de Gounod, Bizet, Offenbach y Massenet se fueron incorporando al nuevo repertorio: Fausto y Romeo, Don José, Hoffmann, Werther y Des Grieux le permitieron mostrar su capacidad actoral y su dominio estilístico.

“Verdi, Puccini y ciertos autores veristas hallaron sitio en la variada galería que Araiza era ahora capaz de ofrecer al público”.

 

Francisco Araiza (Rodolfo) y Mirella Freni (Mimì) en La bohème de Puccini, en una puesta en escena de Franco Zeffirelli. Teatro de la Ópera de Roma, 1992.

 

Francisco Araiza como Roméo en Roméo et Juliette de Gounod, en el Teatro de Ópera de Zúrich, 1990.

 

En su momento, tuve oportunidad de entrevistar a Araiza tanto para Radio UNAM y Opus 94, en vivo en las salas de concierto, como para la revista Pro Ópera, en su residencia del barrio de Chimalistac, a propósito del cambio de repertorio, y al respecto me comentó que, aun sin descartar del todo su fach inicial y representativo, la evolución iniciada a mediados de los años ochenta siguió avanzando, tal como sus maestros le habían pronosticado. Verdi, Puccini y ciertos autores veristas hallaron sitio en la variada galería que Araiza era ahora capaz de ofrecer al público y a los empresarios. Además de su aclamado Fenton en Falstaff, por invitación de su admirado George London, entonces en Washington, incluyó a Alfredo en La Traviata, grabó a Zamoro en Alzira, y se volvieron habituales el Duque de Mantua en Rigoletto, Riccardo y Gustavo III en Un ballo in maschera (Un baile de máscaras), Don Carlo en la ópera homónima, e incluso Don Álvaro en La forza del destino, con lo que conformó un rico abanico de héroes verdianos; mientras que Rodolfo en La bohème, Pinkerton en Madama Butterfly y Cavaradossi en Tosca imprimieron el acento pasional propio de las criaturas puccinianas, conjuntamente con Walter de La Wally de Catalani y el titular de Andrea Chénier de Giordano. Recuerdo que, cuando en 1986 se presentó como Cavaradossi en una versión en concierto de Tosca en el Teatro de la Ciudad “Esperanza Íris”, la reventa pregonaba muy orgullosa “¡Boletos pa’ Panchito Araiza!”.

El repertorio continuó ampliándose con una gran diversidad de papeles tanto en escena como para los estudios de grabación: el Tenor italiano en Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa); Bacchus de Ariadne auf Naxos (Ariadna en Naxos) y Henry Morosus en Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa) de Richard Strauss; Lenski de Eugene Onegin de Chaikovski; Max en Der Freischütz (El cazador furtivo); Armand de Thérèse de Massenet; Licinius de La Vestale de Spontini. Pero, sin duda, el gran salto lo constituyó cantar en 1991 el personaje principal de Lohengrin de Richard Wagner en el Teatro La Fenice de Venecia, dirigido por Christian Thielemann; y dos años más tarde el de Walther von Stolzing en Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Núremberg), bajo la batuta de James Levine en la Metropolitan Opera House de Nueva York. En ambas interpretaciones logró un éxito arrollador de público y crítica. Para Araiza, quien ya había cantado el Timonel de Der fliegende Holländer (El holandés errante), y más tarde incluiría a Loge en Das Rheingold (El oro del Rin), abordar el repertorio wagneriano más lírico fue consolidar esa cadena que, en su momento, lo unió con Wunderlich, gracias a lo cual hizo posible que otros tenores de peso y color semejantes también fueran aceptados, como él lo había sido en Bayreuth. Sus actuaciones eran solicitadas por las más renombradas compañías de ópera y aclamadas en los más importantes teatros del mundo, entre ellos los de Roma, Comunale de Florencia, Regio de Parma, San Carlo de Nápoles, Arena de Verona, Real de Madrid, Liceu de Barcelona, San Francisco, Houston Grand Opera, Ópera Lírica de Chicago, Los Ángeles y Colón de Buenos Aires, entre muchos otros. Además de los festivales de Bayreuth, Salzburgo, Aix-en-Provence, Bregenz, Orange, Edimburgo, Praga, Macerata, Rossini en Pésaro, Schubert en Hohenems, Strauss en Garmisch-Partenkirchen, Ravinia, Internacional Cervantino y del Centro Histórico de México. 

Francisco Araiza como Walther von Stolzing en Die Meistersinger von Nürnberg de Wagner, Metropolitan Opera House, Nueva York, 1993. Fotografía: Beatriz Schiller.

 

“Gracias a Francisco Araiza, el tenor mexicano cobró un valor incuestionable y duradero en los círculos operísticos. Además, su innegable calidad estelar no le ha impedido mostrarse generoso con otros jóvenes colegas”.

 

Las esporádicas visitas que su comprometida agenda le permitió hacer a nuestro país entre 1981 y 1991 no hicieron sino confirmar que Francisco Araiza no solo era un magnífico exponente de los papeles líricos, que abordaba con distinción las arias de Verdi, Puccini y los románticos franceses, sino un consumado liederista, cuyas interpretaciones de Schubert, Schumann, Wolf y Strauss eran solicitadas por los centros musicales de mayor prestigio. Se hicieron palpables su refinamiento como cantante de oratorio y la delicadeza con que abordaba las canciones de salón. Desde inicios de los noventa y hasta las primeras décadas del nuevo siglo, el interés de las máximas autoridades culturales de México hizo posible ver a Araiza con mayor frecuencia en nuestros escenarios y que el tenor ofreciera dos de sus aclamadas creaciones mozartianas: un virtuoso Idomeneo, desafiante de su destino, y un Tamino sobrado de sabiduría. Le seguirían, ya en pleno siglo XXI, un Don José, a la vez trágico y violento, y un Florestán indoblegable. 

Francisco Araiza en el papel epónimo de la ópera Idomeneo, re di Creta de Mozart, en la puesta en escena de Sergio Vela. Palacio de Bellas Artes, México, 1998. Fotografía: Ernesto Lehn.

 

Con su exquisita musicalidad y su dominio de los diferentes estilos, a Araiza se le debe buena parte del prestigio del que hoy gozan los afortunados connacionales poseedores de tan preciada cuerda en el panorama lírico internacional: el tenor mexicano cobró gracias a él un valor incuestionable y duradero en los círculos operísticos. Además, su innegable calidad estelar no le ha impedido mostrarse generoso con otros jóvenes colegas, guiando e impulsando a los que se hacen acreedores a ello por su talento y disciplina. De ello son buena muestra los privilegiados que desde hace ya muchos años han recibido sus enseñanzas en el Estudio de la Ópera de Zúrich; en diversas Hochschule für Musik de Alemania, entre ellas la de Stuttgart; en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena, y en el Conservatorio Nacional de Música de México, junto con otras muchas instituciones pedagógicas, además de en numerosos cursos y clases magistrales alrededor del mundo, a los que Araiza dedica actualmente buena parte de su actividad, impulsado por una auténtica vocación docente que lo ha hecho merecedor del título de Professor, el reconocimiento más significativo que en el ámbito académico brinda el gobierno alemán. 

 

Francisco Araiza como Don Ottavio en Don Giovanni de Mozart, Ópera Estatal de Viena, 1984. Fotografía: Palffy.

 

De igual modo, desde 2010 y durante varios años presidió el jurado del Concurso Nacional de Canto “Carlo Morelli”, en el que mostró invariablemente su conocimiento, liderazgo, compromiso y generosidad con el talento nacional emergente; cualidades que lo han llevado a formar parte del jurado de numerosos concursos internacionales de gran prestigio. Años antes, en la Facultad de Música de la UNAM se había creado el concurso de canto que lleva su nombre, como un estímulo para las nuevas generaciones de estudiantes. También resultó inolvidable, para los que tuvieron la fortuna de tomar parte en las sesiones, el Curso Magistral de Canto organizado en el año 2000 por Raúl Herrera, entonces director general de Música de la UNAM, en la Escuela Superior de Música, que culminó con un recital excepcional ofrecido por Francisco Araiza y Jorge Federico Osorio. Asimismo, el Conservatorio Nacional de Música lo invitó a encabezar por dos años consecutivos la Cátedra Francisco Araiza, con el propósito de estimular y perfeccionar, entre los alumnos más avanzados, la interpretación del lied y la música de cámara.  

En este sentido, es insoslayable destacar la extraordinaria aportación del tenor mexicano al ámbito del recital, sobre todo del lied alemán, en el cual es reconocido como un verdadero especialista, a la altura de los grandes exponentes del género. Solo hace falta recordar sus actuaciones en México en los más diversos foros y plataformas de concierto, donde ofreció invariablemente exquisitos, originales, sofisticados, novedosos, impecables, atractivos (y aquí el lector puede añadir el adjetivo laudatorio de su preferencia) programas de concierto que cimentaron su fama como uno de los más acabados ejemplos de refinado recitalista, por su inteligencia, cultura, musicalidad, entrega y capacidad de transmitir sus emociones en unos pocos versos, que a través de su voz saben extraer, a fuerza de trabajo, intuición y reflexión, la esencia y significado de cada palabra y cada nota concebida por su autor.

Francisco Araiza como Hoffmann en Les Contes d’Hoffmann de Offenbach, en la Ópera Estatal de Baviera, Múnich 1986.

 

Quien esto escribe tuvo el privilegio de hacer el supertitulaje para varios de sus recitales: Dichterliebe, Winterreise (Viaje de invierno), Cancionero italiano, Lieder selectos de Richard Strauss, Das Lied von der Erde (La canción de la tierra), Sonetos de Petrarca, etcétera, y gracias a ello tomar parte en el minucioso trabajo y la profunda seriedad con los que Araiza acomete cada velada musical que ofrece a su audiencia. Es un gusto, por ejemplo, apreciar en el video del Winterreise de Schubert, presentado en alemán por el propio artista, toda la carga emotiva de la música y la contenida melancolía de la poesía, expresada de modo irreprochable por el siempre elegante y cuidadoso intérprete. Cualidades que encontramos también en sus grabaciones de Die schöne Müllerin (La bella molinera) y los Lieder escogidos de Schubert, en la de melodías francesas y mexicanas de concierto, en la de canciones populares de México, y por supuesto en sus diversos registros como superlativo cantante de oratorio y de concierto, de lo cual también aquí dio impecables muestras en la Misa de Réquiem de Verdi y Die Schöpfung (La Creación) de Haydn, y que dejó plasmados en sus registros de la sinfonía Roméo et Juliette y el Te Deum de Berlioz, en la Novena sinfonía de Beethoven, en el Réquiem de Mozart, en las misas de Haydn y Schubert y en el Stabat Mater de Rossini.  

Francisco Araiza en el palacio de Hohenems, Austria, circa 1984.

 

Afortunadamente en sus numerosos cursos y clases magistrales en las que Araiza se prodiga por el mundo, siempre está presente ese deseo del maestro de inculcar en los estudiantes, sin importar su grado de avance, las cualidades por las que ha sido con toda justicia reconocido en los más selectos círculos musicales. Resulta, pues, evidente el interés de Francisco Araiza por la formación de jóvenes cantantes tanto en México como en Europa, y su constante anhelo de transmitirles lo aprendido en su juventud de figuras tan entrañables y decisivas para su desarrollo como lo fueron el maestro Enrique Jaso, la eximia soprano Irma González, los entusiastas directores de orquesta Luis Berber y Fernando Lozano, el añorado y genial concertador Eduardo Mata y la destacada pianista austriaca Erika Kubacsek. Sería deseable que, además de sus consejos, las nuevas promesas adquirieran, como él de sus maestros, la vocación de excelencia musical que ha guiado a mi querido y admirado tocayo Paco Araiza por más de cinco décadas de extraordinaria carrera musical.



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