Actuación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, 8 de febrero de 2026, Santa Clara, California. Fotografía: Chris Graythen / Getty Images.
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Música y ópera

El rey del pop canta en español

El poeta y coeditor de la revista Liber presenta un elogio a Bad Bunny, desmontando las diatribas contra el artista más popular de la actualidad. El nuevo rey del pop y del reguetón no ha renunciado al español en su producción musical, lejos de ello, ha usado este idioma como un arma contra el colonialismo cultural y como defensa de la tradición, de la identidad y del sentido de pertenencia a su tierra natal: Puerto Rico.


Por José Homero

En su autobiografía Commando, Johnny Ramone señala que Elvis y el rock ’n’ roll le encantaban por “cómo cabreaba a los adultos”. La difusión masiva de un artista pop, hasta entonces circunscrito a la esfera juvenil, es intrínseca al rechazo de los sectores conservadores de la sociedad. Sucedió con Elvis Presley, David Bowie y Madonna, para citar ejemplos señeros, cuyos movimientos escénicos fueron reprobados y denunciados clamorosamente por sus implicaciones eróticas. Que varios de los temas que cantaban exudaran sexualidad y contuvieran alusiones procaces solo avivó el encono. Actualmente, quien encarna la aversión de los adultos es Bad Bunny.

En los últimos meses, el cantante puertorriqueño ha provocado una estrepitosa ola de indignación, no solo entre los partidarios de Donald J. Trump –reacción previsible puesto que, mucho antes del Super Bowl LX, se había convertido en la bestia negra de MAGA (Make America Great Again) por su origen étnico y su defensa del idioma español–, sino entre un segmento de españoles y latinoamericanos a quienes su éxito y proyección mundial, además de sorprenderlos, parece indignarlos. Ciertamente la polémica llegó al rojo vivo por su actuación en el espectáculo de medio tiempo del partido por el campeonato del futbol americano, el 6 de febrero de 2026, pero en realidad se remonta a finales de 2025, cuando se le reconoció como el artista más escuchado en Spotify durante ese año, y continuó al ganar el Premio Grammy al álbum del año por DeBÍ TiRAR MáS FOToS, primera vez que una grabación en español gana el galardón más importante de la academia estadounidense. Tanto encono solo reveló que sus detractores, aunque vehementes usuarios de las redes sociales, habían vivido en el desierto: el reguetonero es uno de los campeones del streaming en esta década –fue también el más popular en 2020, 2021 y 2022–, en la cual también ha ganado Grammys por discos que han recibido elogiosas críticas en los medios especializados más importantes.

Bad Bunny, polaroid del fotógrafo Stillz. Fuente: Bad Bunny by Stillz.

 

Para disgusto de MAGA y de la franja conservadora hispanoamericana –mas, curiosamente, colonizada por la angloesfera: nuestros modernos conservadores son roqueros nostálgicos de un hit parade dominado por EE. UU. y Gran Bretaña–, en la actualidad la música en castellano (principalmente el género urbano) prevalece en las preferencias juveniles. Con nuestro idioma como el segundo más escuchado en las plataformas de streaming, en Spotify los artistas hispanoamericanos representan entre el 6.5 y el 8.5% de las reproducciones. De acuerdo con las estadísticas de Spotify, en la última década el consumo de música latina aumentó en más de 2500% en la plataforma, mientras que el urbano es el género de mayor crecimiento en el último lustro a nivel global y el favorito del segmento demográfico más joven: la denominada generación Z (“Luminate Releases 2025 Year-End Music Report”).

Por ello, la elección del artista más popular en años recientes como figura estelar en el espectáculo de medio tiempo resultó una decisión lógica. Esta determinación no recae en un jurado anónimo: es una deliberación de la alianza entre la Liga Nacional de Futbol Americano (NFL) y Roc Nation, la empresa de entretenimiento de Jay‑Z, que desde 2019 funge como “estratega” musical del Super Bowl. Y, por supuesto, tiene en cuenta el impacto global del candidato porque el propósito es expandir la audiencia y obtener ganancias; a fin de cuentas, el fundamento del capitalismo.

“¿Por qué tanto empeño por minimizar a Bad Bunny si, para sus detractores, es un descerebrado indigno de atención cuyos discos y conciertos, incluido el del Super Bowl LX, carecen de relevancia?”.

 

La polémica entraña una paradoja: ¿por qué tanto empeño por minimizar a Bad Bunny si, para sus detractores, es un descerebrado indigno de atención, cuyos discos y conciertos, incluido el del Super Bowl LX, carecen de relevancia? El debate cultural no se gana con diatribas, hilos kilométricos en X para denostar o número de likes, sino con razonamientos. Difícilmente alguien impondrá su gusto al ajeno, por muy razonado que lo sustente, pero sí es posible desmontar las falacias que se deslizan como argumentos. Lejos de romper lanzas en defensa del exitoso boricua y mucho menos con el propósito de convencer, mi opinión repara en los prejuicios que se esgrimen como argumentos.

Uno de los grandes momentos de la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl LX fue la interpretación de “El apagón”. Fotografía: Chris Graythen / Getty Images.

 

El primer equívoco es corregir el gusto musical. Para negarle valía estética, muchos de los indignados comparan a Bad Bunny y el reguetón con grupos de metal, hard rock, punk, brit-pop, balada, grunge, boleros o regional mexicano. Cada uno de estos géneros recibió, en su momento, reprobación y es difícil argüir por qué lo que se considera bueno en el metal no es válido en el reguetón o el dembow, o por qué los riffs estridentes deben gozar de mayor ponderación que la polirritmia característica de estos bailes caribeños.

“Uno de los sellos estilísticos y el principal aporte de Bad Bunny es la superposición de capas rítmicas, gracias, en parte, a la sociedad con Tainy, productor y compositor”.

 

Con su fusión de ritmos y sus armonías complejas, que a menudo incluyen estructuras melódicas alternativas, ajenas a la tópica secuencia “verso-estribillo-puente”, el reguetón es un híbrido de otras formas: el reggae, el hip-hop, el rhythm and blues, la música afrocaribeña –popularmente denominada “tropical”– y lejanamente el jazz. Del rap, retoma raíces africanas, las cuales se han decantado en maridajes como el dancehall. Al respecto, en el espectáculo de medio tiempo fue significativa la cita inicial a Gasolina –como introducción de “Eoo”–, el éxito de Daddy Yankee que marcó la internacionalización del reguetón en 2004 y definió la vocación del niño Benito Martínez Ocasio, como ha declarado en entrevistas. En este caso, uno de los sellos estilísticos y el principal aporte de Bad Bunny es la superposición de capas rítmicas, gracias, en parte, a la sociedad con Tainy, productor y compositor. Esta intrincada textura aleja a las piezas del nuevo rey del pop de la simplicidad asociada al género y emparenta su cancionero con otras figuras en boga, como Addison Rae, cuyas canciones lustrosas, envueltas en una densidad sonora fruto de una estudiada producción, son características del denominado hiperpop. Ejemplo de la nueva sensibilidad es que tanto esta cantante como Bunny surgieron de TikTok y que su popularidad se dio mediante el lanzamiento de diversos sencillos, promovidos con videos, antes de publicar su primer álbum.

Bad Bunny canta “Baile inolvidable” en la residencia No me quiero ir de aquí, 5 de septiembre de 2025, Coliseo de Puerto Rico “José Miguel Agrelot”, San Juan. Fuente: Wikipedia.

 

Los alegatos contra el urbano y, específicamente, contra el puertorriqueño de 32 años como estrella representativa cubren todo el espectro. Quien se ostenta como conocedor negará valor a dicha corriente, mientras que quien se las da de progresista censurará la presunta cosificación de la mujer por los movimientos del baile. El perreo es un componente esencial que escenifica la hipersexualidad del ritmo. La nueva Liga de la Decencia se escandaliza porque las parejas bailen sacudiendo la pelvis, al tiempo que reivindica el rock, el jazz, la cumbia o cualquier otra expresión de música popular. ¿Acaso ignoran que el jazz fue considerado ruido en la década de los veinte, que se caricaturizaba a los ejecutantes y escuchas como simios, que se reprobaba y censuraba al blues por sus pasos indecentes? ¿Nada saben del movimiento pélvico de Elvis Presley, de los contoneos procaces de Jim Morrison o Robert Plant? Y ya que toda esta indignación se propagó a raíz del Super Bowl, ¿olvidaron que en la edición XLIX, en la memorable actuación de Katy Perry con motivos playeros, entre ellos los tiburones que se volvieron virales, hubo twerking y también en la presentación de Shakira y J. Lo en 2020? Aunque diferentes, esta modalidad y el perreo comparten un ancestro común: la mapouka (curiosamente, esta danza africana también enfrentó la censura tanto pública como gubernamental en su país de origen: en Costa de Marfil estuvo prohibida por varios años y a las mujeres que la bailaban se las juzgó “indecentes y desvergonzadas”).

Bad Bunny, cubierta del libro Bad Bunny by Stillz, del fotógrafo y videoasta Stillz, amigo y colaborador del cantante.

 

En cuanto al machismo como descalificación, en primer término hay que señalar que la crítica parte de una imagen clisé ajena al feminismo contemporáneo. Aunque muchas personas consideran incongruente que una chica feminista coree los estribillos de Bad Bunny, tiene años que se popularizó el eslogan “Si no puedo perrear, no es mi revolución”, paráfrasis de June Fernández de una frase de Emma Goldman. Una de las reivindicaciones del feminismo contemporáneo es la liberación del cuerpo femenino de las imposiciones patriarcales y del yugo sexual-maternal-conyugal. En Pechos. En busca de una liberación (Hacerse de Palabras, 2024), Camille Froidevaux-Metterie, una de las filósofas más radicales, desmonta esos mecanismos para reivindicar el control del propio cuerpo. En consonancia con esta corriente, “Yo perreo sola”, del álbum YHLQMDLG, deconstruye la temática habitual del reguetón. El hombre, la voz lírica de la canción, no pretende imponer su deseo o su voluntad, sino reconocer a la mujer como su semejante, con ganas de bailar y apetencia erótica, a quien debe respetarse: “Que ningún baboso se le pegue”. No es casual que termine con el eslogan “Ni una menos”. Esa perspectiva no es inédita, en otros álbumes y piezas, como “Solo de mí”, Bad Bunny critica la violencia patriarcal y celebra la autonomía femenina y el rechazo a la posesión y al control masculinos, por ejemplo, en “Sorry papi”: “Yo no soy tu mami / Yo hago lo que yo quiera / Tengo lo mío en la cartera”. Significativamente, una de las palabras favoritas del diccionario de este cantante es “bellacas”, con la que alude a mujeres interesadas en el baile, el reventón y el sexo. Ejemplos de ello: “Me porto bonito” y “Moscow mule”. Como ha sentenciado Luciane Peker en Putita golosa. Por un feminismo del goce (Editorial Galerna, 2018): “El deseo es el núcleo de la autonomía femenina”.

Escandalizarse por la salacidad de las letras mientras se suspira por una virginal edad dorada del pop que nunca existió solo revela ingenuidad o ceguera voluntarias: tiene más de medio siglo que los versos ya no son como los de Pat Boone ni Neil Sedaka (“Oh, Carol, I am but a fool”, sirva esta mención como mínimo homenaje al gran compositor, fallecido en febrero de este 2026). Pequeño recordatorio: si de frases cosificadoras se trata, bastaría con rastrear en el cancionero de The Rolling Stones, Led Zeppelin o Guns N’ Roses para demostrar que el rock no está exento de ellas.

“Una de las reivindicaciones del feminismo contemporáneo es la liberación del cuerpo femenino de las imposiciones patriarcales y del yugo sexual-maternal-conyugal”.

 

Como pocos artistas, Bad Bunny sabe aprovechar la exposición mediática para promover su obra entera y no únicamente sus éxitos. El concierto del Super Bowl, en este sentido, fue una auténtica introducción a su discografía al mezclar trece piezas de sus últimos cuatro discos de estudio en un flujo continuo –o flow, para estar en sintonía con el tema–. Uno de sus grandes méritos fue la escenografía. La re/presentación ilustró los puntos centrales de su temática: el amor al terruño y el canto al paisaje nativo; la nostalgia por la vida comunitaria y la devoción a la familia; las costumbres y tradiciones –como el juego de dominó con los viejos de la tribu, un pasatiempo al que alude con frecuencia en sus letras–; la recapitulación de su trayectoria –de ahí la inclusión de un Benito infantil, recibiendo el Premio Grammy–; la conciencia de que es un eslabón dentro de la evolución del género –por ello los guiños a Tego Calderón, Don Omar y Daddy Yankee–; el orgullo por los logros en el deporte y la música de los puertorriqueños –por eso la mención a Félix Trinidad, Tito, campeón de boxeo peso wélter y las constantes referencias en sus canciones: de Maelo Ruiz a Juan Berea, de Willie Colón a Juan Soto–; la crítica al imperialismo y la defensa de la historia de Puerto Rico; el elogio de la meritocracia y la autoironía sobre su éxito y las críticas; el paradójico reconocimiento de asumirse estadounidense por derecho propio y americano por extensión continental, además del homenaje al orbe hispanoamericano, particularmente caribeño, que Bad Bunny sustenta desde sus primeros discos.

Bad Bunny durante el discurso de recepción del Premio Grammy 2026, 1 de febrero, Los Ángeles, California. Fotografía: Reuters.

 

Contrariamente a la creencia, el cancionero del boricua no se compone únicamente de onomatopeyas incitantes (“Eoo”, por ejemplo) y reclamo sexual, enfoque de muchas de las críticas, sino también posee un sustrato que apela a la nostalgia, la tradición, el arraigo y el sentimiento comunitario. Para ejemplificar la vena política de este artista podría referir el simbolismo de “El apagón” o “La mudanza”; sin embargo, “Lo que le pasó a Hawaii” patentiza claramente el anticolonialismo y la defensa de la identidad. Estas preocupaciones no son inéditas ni oportunistas: en “Compositor del año”, Bad Bunny había cuestionado la manipulación educativa: “En la escuela nos enseñaron lo que ellos quisieron / Pero no nos dijeron que los de arriba siempre mintieron”.

“El cancionero del boricua no se compone únicamente de onomatopeyas incitantes y reclamo sexual, también posee un sustrato que apela a la nostalgia, la tradición, el arraigo y el sentimiento comunitario”.

 

Esa dimensión política retoma la herencia del gran bardo del reguetón, Tego Calderón, quien otorgó al género una densidad lírica y un bagaje crítico hasta entonces desconocidos. A diferencia de otros artistas “comprometidos”, Bad Bunny no es marxista, ni siquiera de esa variante anodina y banal que recicla eslóganes y porta atuendos “solidarios” (“Todos se compran la remerita del Che, sin saber quién fue”, ironizó Kevin Johansen). Ha criticado la dictadura cubana y en ningún momento ha pretendido sumarse al turismo revolucionario, como el que vimos recientemente en la flotilla Nuestra América, ni se ha expresado a favor de Hamás y Palestina, siguiendo el camino fácil del activismo farandulesco. Sus letras tampoco acusan una simpatía bolivariana al estilo de Calle 13, quien respaldó al chavismo en actos proselitistas y esgrimió una retórica de izquierda a principios de la segunda década de este siglo. En cambio, son una sencilla manifestación de que, a despecho de su subyugación, hay puertorriqueños orgullosos de su identidad y de que la música latina ha dejado de ser la sirvienta de la cultura pop. Eso, en un Estados Unidos dividido por la polarización, en el que hablar español en público puede provocar un arresto y en el que la diversidad étnica es criticada y perseguida, formula un mensaje muy claro para quien no tenga los oídos cerrados por los prejuicios. Más que hablar en nombre de una abstracta unión latinoamericana, Bad Bunny se erige como un nativo que defiende al “terruño” y que rehúsa someterse a la norma. Nos mofamos de ello, pero es un hito que se haya convertido en el artista más popular sin renunciar al español, todo un desafío a los preceptos del marketing y la lógica del pop.

En el fondo, quizá toda la diatriba y objeciones se reduzcan a la pregunta que el mismo cantante hizo en “NuevaYol”: “¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop / con reguetón y dembow?”.

En el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, Bad Bunny rindió homenaje a su terruño: Puerto Rico. Fotografía: Carlos Barria / Reuters.

 



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