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Literatura

Un largo día de trabajo

A cien años del nacimiento del poeta más leído del siglo XX mexicano, Jaime Sabines (1926-1999), el escritor Rafael Antúnez le rinde homenaje con de estas reflexiones sobre el impacto que tuvieron sus poemas en el público y en la poesía mexicana. Reflejo de ello es el apoteótico reconocimiento que recibió el autor de Algo sobre la muerte del mayor Sabines en el Palacio de Bellas Artes. “Las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada”, escribió el poeta.


Por Rafael Antúnez

El poeta en Bellas Artes

Contraviniendo el poemínimo de su querido Efraín Huerta que afirma “Nadie es poeta en su tierra”, Jaime Sabines fue el poeta más popular del siglo xx mexicano. Fue, a decir de Luis González y González, “El Amado Nervo de los tiempos modernos”; el poeta cuyos poemas de amor se aprendían de memoria los adolescentes y los jóvenes universitarios, cuyos versos se cantaban a ritmo de rap y de rock, de cumbia y de balada. Una mítica figura: el poeta que despachaba en una tienda de telas en Chiapas; el poeta peatón; el poeta melancólico y amoroso que lloraba la hermosa vida; el que no gustaba de la compañía de los intelectuales y no pertenecía a ninguna capilla literaria; el que vivía de su trabajo como comerciante; el poeta que propuso la canonización de las putas; el hombre atormentado que maldecía a la muerte, pero también el que lloraba sin temor y cantaba tiernas canciones de cuna; el solitario, el escritor fiel a la idea de que la poesía se vive; el que prefirió la Cámara de Diputados a la Academia Mexicana de la Lengua; el que tendió un puente entre su soledad y la soledad de los lectores.

De los inicios del poeta con Horal, en 1950, a los reconocimientos y homenajes de sus últimos años, mucha agua había pasado bajo el río y muchas cosas cambiaron en la poesía mexicana y en su propia poesía. Al decir de José Emilio Pacheco, con Horal, Sabines “define realmente el tono de la poesía mexicana en los siguientes cincuenta años del siglo xx”[1]. La afirmación parece temeraria, pero hay que ver de quién viene, y bastaría con que fuera parcialmente cierta para constituir Horal como uno de los más sorprendentes debuts de nuestra poesía y un clásico de nuestras letras. Un libro a la vez disruptivo y fundacional.

Pero entre 1950 y 1996 la poesía de Jaime Sabines conoció un recorrido desigual en el que se combinan libros estupendos como Tarumba y Algo sobre la muerte del mayor Sabines y libros menos afortunados como Yuria y Mal tiempo. Desde sus inicios como exponente de un arte anacrónico (la declamación) hasta su apoteótico homenaje en Bellas Artes, este poeta, que nunca se interesó en la vanguardia, fue (quizá sin buscarlo) un innovador en la poesía y un hombre conservador en lo político que, paradójicamente, contó con sus más fieles y devotos lectores en la oposición.

Desdeñoso de la fama que otros añoraban, no lo fue al grado de sustraerse a los premios y homenajes. En 1996, por la aparición de su libro Pieces of Shadow (Fragmentos de sombra), una selección de su poesía traducida al inglés, le fue concedido el Premio Mazatlán de Literatura. Un año más tarde publicó una pequeña antología de sus poemas patrocinada por una empresa telefónica que utilizó los libros como regalo para sus suscriptores. El tiraje fue de 500 000 ejemplares. Sabines dijo que fue el único libro por el que cobró decorosamente: un peso con cincuenta centavos por ejemplar.

“Pensé que el homenaje que me hicieron cuando cumplí sesenta años era suficiente para el resto de mi vida, pero a los setenta insistieron en hacerme otro”. JAIME SABINES

 

El año de 1996 le trajo también un nuevo homenaje y una de las más grandes satisfacciones en su vida. Daniel Leyva, entonces director del Centro Nacional de Información y Promoción de la Literatura del INBA, propuso realizar un homenaje al poeta consistente en una lectura en un espacio que él escogiera. Entre los lugares que le propusieron se encontraba el estadio de Ciudad Universitaria. Los organizadores conocían ya el gran poder de convocatoria de Sabines (tenían presente el recital que había dado en el Palacio de Minería con motivo de sus 60 años, y recordaban que el espacio en esa ocasión había resultado insuficiente). Sabines eligió la sala grande del Palacio de Bellas Artes. Acordaron la fecha: el 30 de marzo, una semana después de su cumpleaños. Se llevaron a cabo varias mesas redondas en torno a su obra poética, en las que participaron poetas de distintas generaciones: Dolores Castro, Antonio Deltoro, Julio Trujillo, Mónica Mansour, Elsa Cross, Elva Macías, Myriam Moscona, Juan Gelman, Jaime Augusto Shelley, entre otros. También se llevó a cabo el Encuentro de Poetas Jaime Sabines y se inauguró la Casa de la Cultura “Jaime Sabines” en la Antigua Casa del Agua, ubicada en la delegación Álvaro Obregón.

Cuenta Sabines: “Pensé que el homenaje que me hicieron cuando cumplí sesenta años era suficiente para el resto de mi vida, pero a los setenta insistieron en hacerme otro”[2]. Se llevó a cabo en el Palacio de Bellas Artes. La asistencia al mismo registró una cifra récord: 3000 asistentes, más varios cientos que se quedaron fuera. Nunca antes en nuestro país una cantidad así se había reunido para asistir a una lectura de poesía. Para Sabines, el momento fue apoteótico. Carlos Monsiváis, testigo y cronista del evento, narra lo siguiente: “Los tres mil asistentes a Bellas Artes ven levantarse el telón de cristal del Palacio, y al alzarse el segundo telón el misterio de lo previsible acontece. Allí está Jaime en su silla de ruedas, antecedido por un escritorio y rodeado por dos columnas de mármol rematadas por tributos florales”.[3]

Sabines lucía un traje azul marino y una corbata jaspeada. Se le veía profundamente conmovido por los aplausos, los silbidos, los gritos (más acordes con un concierto de rock que con una lectura de poesía), los ojos azules a punto de desbordarse tras las grandes gafas, las manos apoyadas en el escritorio, el rostro ligeramente descompuesto por una mueca con la que vanamente quería controlar la emoción que lo embargaba; miraba hacia un lado, hacia el otro, alzaba las manos en señal de agradecimiento, agachaba la cabeza y con las manos extendidas hacia el público agradecía una y otra vez visiblemente emocionado. El aplauso se prolongó, dice Monsiváis:

[…] es largo, conmovedor. No sin dificultades el poeta se reincorpora, y al cabo de los minutos, con voz entrecortada, asegura: “Estos aplausos lo lastiman a uno…”.

Empieza con “su tarjeta de presentación”: “Lento, amargo, animal…”. El poema es de Horal (1950), uno de los primeros libros más deslumbrantes de la poesía mexicana, donde la plena madurez aparece con sus recursos íntegros: sencillez, retórica depurada, vocabulario clásico que adquiere vigor distinto, lecturas muy asimiladas y ese aliento singular, el de “la autobiografía de la especie”, que distingue a Jaime Sabines, el hablante de sus poemas, el personaje que dialoga con solitarios y legiones, el ser tan alejado y tan pleno de Dios (el sinónimo de la trascendencia), tan gregario y tan aislado, tan exaltador del dúo que ha poblado y poblará la tierra […].[4]

Una vez que terminó de recitar los últimos versos del poema: “Lento, amargo animal / que soy, que he sido”, los aplausos volvieron a estallar. Las grandes manos del poeta se entrelazan, tocan las cuartillas. Empieza un nuevo poema: “Yo no lo sé de cierto, pero supongo”. El público ya es suyo, se le ha entregado… se le había entregado aun antes de que dijera la primera palabra, el primer verso. Más que de lectores, el público parece de fans. Muchos de ellos probablemente nunca habían asistido a una lectura de poesía, pero están ante su poeta:

Es aún paradójico que el más opuesto a la condición tradicional del poeta sea uno de los poetas por antonomasia de México. Anuncia “Los amorosos”, y la ovación se prolonga, y facilita las comparaciones con un concierto de música popular. ¡Qué notable! El poema resiste al desgaste, no lo han pulverizado la nube de declamadores ni su uso tan extendido en los pormenores de la seducción a la antigua. Los amorosos se ponen a cantar entre labios / una canción no aprendida. La emoción de los presentes es genuina […].[5]

Jaime Sabines en 1959, Ciudad de México. Fotografía: Ricardo Salazar/Archivo Histórico de la UNAM.

 

La lectura prosigue, a cada poema corresponde una lluvia de aplausos. Sabines lee sus versos escritos treinta, cuarenta años antes, pero que suenan nuevos, renovados, como si hubieran sido escritos para la ocasión. Uno a uno, los poemas van trazando un recorrido por el territorio de su obra, en el que no pueden faltar algunos de los que la gente ha hecho suyos: “Espero curarme de ti”:

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Sabines avanzó en el recorrido por su obra poética. De todos era sabido que al llegar a Algo sobre la muerte del mayor Sabines habría un salto. No era afecto a leer el poema en público y mucho menos a leer solo fragmentos. Accedió, sin embargo, a leer un fragmento del poema dedicado a la muerte de su madre “Doña Luz”. Muy pocos en la sala (solo sus familiares) sabían que no todo era fiesta en el corazón de Sabines. El día anterior habían celebrado el cumpleaños de una de sus hijas y entre los asistentes se encontraba su cuñada Elisa y su esposo, tocayo del poeta, Jaime Hall. Sabines departió con él durante la fiesta. Por la mañana recibieron la noticia de que Hall había muerto de un infarto. “¡El mero día treinta, el día de mi recital! Fue una impresión tremenda: estuve todo el día pensando en eso […]. Por eso cuando leí el poema ‘Tía Chofi’ me acordé inmediatamente de Jaime, se me vino a la mente como si estuviera enfrente de mí tendido en el féretro. Con este poema inmediatamente se me vino su presencia, por eso se me quebró la voz”[6]. La muerte, motor de tantos de sus versos, se hacía presente también durante esa noche en que la gente le celebraba todo, le aplaudía todo: el poema de amor, el canto doloroso al ser querido, el reclamo a la muerte, la confesión de soledad. Más que cansado, sorprendido, Sabines le pregunta a su entregada audiencia: “¿Todavía aguantan?”. Le responden a coro: “Hasta mañana”. Sabines continúa leyendo (lo habría podido hacer, efectivamente, hasta el día siguiente sin que la gente abandonara la sala).

Jaime Sabines en el Palacio de Bellas Artes, 30 de marzo de 1996, Ciudad de México.
Homenaje nacional en Bellas Artes a Jaime Sabines, 30 de marzo de 1996, Ciudad de México. Fotografía: Pilar Jiménez Trejo / Facebook.

 

 

… Lee “La Luna”. Mira el reloj.

—¡Otra, otra, otra!

Sabines se incorpora, y el aplauso arrecia y las jovencitas suben a entregarle flores, los jóvenes van en pos del autógrafo, la vigilancia de Bellas Artes actúa para vetar la ingestión simbólica.

—¡Sabines al poder!

Bellas Artes entero canta “Las mañanitas”. El aplauso se extiende, y apenas interrumpe para una breve ceremonia. El telón continúa su descenso y en el desbordamiento, los asistentes se rehúsan a que el poeta desaparezca.

De pie, Jaime Sabines preside este tumulto irrepetible. Mañana proseguirá la relación de los solitarios con los poemas.[7]

Sabines salió de Bellas Artes y se dirigió a la funeraria donde velaban a su amigo para entregar el pésame. La vida, como tantas otras veces, le mostraba al mismo tiempo las dos caras de la moneda. Le ofrecía el pan de la vida y el cordonazo de la muerte.

No sería la de Bellas Artes la última lectura que diera el poeta. Dos años más tarde, cuenta José Emilio Pacheco, “El 17 de marzo de 1999, invitado por Osvaldo Zama y Jorge Valdés Díaz-Vélez, Sabines hizo la última lectura de su vida en la Casa de la Cultura de México en San José de Costa Rica. Más de trescientas personas llenaban la sala. El silencio era reverencial”. No era una sorpresa para el poeta, pero no por ello debió dejar de serle grato ver cómo la gente se arremolinaba a su alrededor y cómo, surgidos de la nada, aparecían tomos de su Nuevo recuento de poemas. Cuenta Pacheco:

En el avión de regreso a México no hubo un minuto en que alguien no se acercara a Sabines para pedirle un autógrafo o, lo que es más asombroso, una dedicatoria en el Otro recuento de poemas. Nadie sabía que iba a viajar en ese vuelo. Llevaban ejemplares porque es su lectura cotidiana y la prefieren a las películas y a las novelas de aeropuerto.

Tardamos una hora en llegar a la salida internacional desde la sala ante la que aterrizó el aeroplano. Empujo la silla de ruedas y tengo que detenerla a cada momento. Otra vez libros surgidos de la nada, saludos de mano, veloces testimonios de lo que su poesía ha significado para todas esas personas.[8]

Jaime Sabines en su rancho Yuria, localizado cerca del Parque Nacional Lagos de Montebello, Chiapas, 28 de marzo de 1987. Fotografía: Eliane Cassorla.
Jaime Sabines (a la derecha) en el entierro de su hermano Juan Sabines Gutiérrez, 2 de marzo de 1987, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Fotografía: Eliane Cassorla.

 

 

El testimonio del mismo Pacheco no hacía, sino constatar que “los amorosos” eran legión y que, más allá de su filiación política, Sabines era dueño de una fama y un cariño del que ningún escritor gozó en el siglo xx mexicano.

 

“ Los amorosos eran legión y, más allá de su filiación política, Sabines era dueño de una fama y un cariño del que ningún escritor gozó en el siglo xx mexicano”.

 

Jaime Sabines dedica un ejemplar a Rogelio Cuéllar, Ciudad de México, 1995. Fotografía: Rogelio Cuéllar.

 

La cuarta dimensión

No pocos han especulado por el silencio poético de los últimos años de Sabines, así como por el carácter circunstancial de sus últimos poemas. Cierto, la parte final de su producción dista de alcanzar las alturas, la fuerza que tuvo en sus mejores momentos (bien visto, lo mejor de su poesía apareció en la juventud del poeta, entre sus 24 y 37 años). Sabines, quien fue un poeta que siempre respondió a sus crisis escribiendo, decidió no hacerlo durante su enfermedad, decidió no dar testimonio de su deterioro, de su dolor, de su confinamiento e inmovilidad, de sus dudas y desesperanzas. Tras la escritura de “Me encanta Dios”[9], según le contó a Pilar Jiménez Trejo, decidió no escribir durante su convalecencia: “Quiero escribir en forma cuando tenga salud plena. Es un propósito que me hice desde hace cinco o seis años: ‘No voy a escribir enfermo, no quiero hablar de la enfermedad, ni de los túneles del horror que he atravesado, creo que eso no ayuda a nadie’ ”[10]. Si durante su juventud habló del dolor y de la muerte, durante su convalecencia en la vejez, comprensiblemente, se negaba a ello: “Quiero volver a hablar de la vida”, le dijo categórico a Jiménez Trejo. Pero no abandonaba la idea de volver a escribir ni de volver a publicar. Quería revisar sus libretas, rescatar poemas que en una primera lectura había juzgado mal, organizarlos y darlos a la imprenta bajo el título de Poemas rescatados. Lo hizo, alentado por sus hijos Judith y Julio, rescató de sus libretas poemas de muy distintas épocas (y de muy desigual factura), que en un primer momento no le habían gustado o que no funcionaban para el libro que estaba escribiendo en ese tiempo. Movido quizá por el entusiasmo con que había reaccionado el público en su lectura en Bellas Artes, Sabines quiso dar a sus lectores un libro más. Era consciente de que su obra estaba cumplida. Recordaba que en su juventud se había acercado a José Gorostiza (poeta con el que guarda, sí, algunas coincidencias, pero cuya concepción del poema y de la muerte terminan por ser muy diferentes[11]) y le preguntó si aún escribía (lo que nos habla de la gran admiración que debía proferirle para buscar hablar de literatura con un hombre tan parco como Gorostiza; tan parco como lo llegaría a ser el propio Sabines). Gorostiza, a quien seguramente le hicieron muchas veces esa pregunta, le respondió que ya no lo hacía. Al joven Sabines no le inquietó la respuesta del viejo poeta, al fin y al cabo ya había escrito su gran poema, “él ya tenía su obra, una obra redonda, bien hecha”[12], justo como sería su caso muchos años más tarde.

Jaime Sabines. Fotografía: Eliane Cassorla.

 

El autor de dos de las obras más intensas de la poesía mexicana del siglo xx, Tarumba y Algo sobre la muerte del mayor Sabines, ingresaba al silencio de una forma no deseada: a consecuencia del dolor. No del dolor moral, que lo hizo crecer como ser humano y escribir algunos de sus más célebres poemas, sino a causa del dolor físico, el que lo degradaba, el que lo aislaba de la vida, lo privaba del sexo y lo confinaba a una habitación. Beatriz Barrera Padilla cita un poema “que no reaparece en recuentos posteriores, totalmente transparente en cuanto a la miseria que le causa esta carencia traumática, larga en años”:[13]

Siempre fui mi pene, Dios mío,

Siempre fui el pedazo de mi carne

Que entraba en las mujeres,

que me hacía hombre, conocedor del mundo,

propietario de la vida y de la muerte.

¿Por qué me disminuyes?

Yo no quiero aprender de tu sabiduría.

Yo quiero el falo erecto, pero erecto,

para entrar a la hora precisa en el dulce terrón de la tierra dulce.

¡Concédeme vivir entero hasta los ochenta!

Los deseos del poeta no pudieron concretarse. Su producción última no pasó de un puñado de poemas de circunstancia. En esta ocasión, Sabines no optó por la escritura ante el dolor, a diferencia de otros autores a quienes la cercanía de la muerte impulsa a realizar un último trabajo, su canto del cisne. Un poeta chileno cuyo trabajo, imagino, no le hubiera disgustado conocer a Sabines, Enrique Lihn, escribió desde su lecho de muerte un conjunto de poemas que fue publicado tras su fallecimiento: Diario de muerte. En él, Lihn se encara con la muerte y retrata en intensos y bellos poemas los inaprensibles momentos del que agoniza:

Nada tiene que ver el dolor con el dolor

nada tiene que ver la desesperación con la desesperación

Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas

No hay nombres en la zona muda

Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes

acicalada hasta la repugnancia, y los médicos

son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios

la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen

porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora

Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto

todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas

y este no es más que otro modo de viciarlas.[14]

Lihn sabía que iba a morir y aceptaba, no sin recelo, su inevitable destino. Sabines reaccionó de manera distinta: deseaba cuidarse, recuperar el movimiento, la independencia, recuperar la salud y, con ella, la escritura.

Hay una fea probabilidad de que el miedo a morir y la

/desesperación de la muerte sean

normalmente inseparables como la uña y la carne[15]

Tras la prolongada pesadilla de las fracturas y las múltiples intervenciones quirúrgicas, vino un breve periodo de recuperación, solo un remanso a la tormenta que se avecinaba: el cáncer, “el señor de Pulmones, Varón de la Próstata / que se divierte arrojando dardos / a los ovarios tersos, a las vaginas mustias, / a las ingles multitudinarias”, se ensañaba contra el poeta. La noticia de la detección de su enfermedad fue terrible, y peor el pronóstico de los médicos: solo tres meses de vida.

“Tengo confianza en la vida, así de simple. Con todos sus problemas y desajustes, pero también con la esperanza agazapada en algunos rincones de mi cuerpo, creo que la vida es maravillosa. Y me dispongo a vivirla”. JAIME SABINES

 

Antes que entonar su canto del cisne, Sabines, el hombre que amaba “la hermosa vida”, decidió apostar a la esperanza la última de sus cartas: “Tengo confianza en la vida, así de simple. Con todos sus problemas y desajustes, pero también con la esperanza agazapada en algunos rincones de mi cuerpo, creo que la vida es maravillosa. Y me dispongo a vivirla”.[16]

Sabines, tan poco dado a la obediencia y a respetar las convenciones, sobrevivió más de un año. Falleció en su casa la mañana del 19 de marzo de 1999. Quería ser incinerado, tener un sepelio sencillo, rodeado solo por los suyos, descansar, como quien se acuesta con la conciencia tranquila luego de un largo día de trabajo.


[1] José Emilio Pacheco, “Sabines y la generación de medio siglo”, Rayuela, suplemento del periódico El Péndulo de Chiapas, n.º 328, 2015, p. 7.

[2] Pilar Jiménez Trejo, Sabines apuntes autobiográficos, México: Tusquets, 2014, p. 277.

[3] Carlos Monsiváis, "¡Sabines al poder!", en Recogiendo poemas de Jaime Sabines. México: Ediciones Zarebska/Telmex, 1997. p. 9.

[4] Idem.

[5] Idem.

[6] Pilar Jiménez Trejo, op. cit., p. 286.

[7] Ibid., p. 11.

[8] José Emilio Pacheco, “El retorno de la poesía popular”, en Letras Libres, mayo de 2000.

[9] Este, como muchos otros poemas poco representativos de Sabines, nunca ha sido objeto de la crítica, salvo comentarios aislados como el de Ricardo Garibay, quien no se mordió la lengua para declarar: “Tampoco me agrada que un poeta culmine su obra y diga: ‘Me encanta Dios Es un viejo magnífico que no se toma en serio’ ¡No jodas, eso es para llorar, una vergüenza!”.

[10] Pilar Jiménez Trejo, op. cit., p. 300.

[11] Evodio Escalante, con el buen talante crítico que le caracteriza, ha señalado ciertas semejanzas entre ambos poetas: “Así como Gorostiza organiza en Muerte sin fin una suerte de confabulación cósmica por la cual animales, plantas, piedras, en fin, todos los elementos de la tierra involucionan hacia su forma primigenia, en una suerte de viaje desaforado hacia Dios, que es también un viaje hacia la Nada, Sabines asocia la muerte de su padre con una conjura que involucra al mar, a la tierra, a algunas rocas, a la sal, a los huesos, a la lluvia y, por supuesto, a Dios, que ríe de modo incomprensible ante la tragedia que él mismo ha provocado, como si se tratara de un viejo desmemoriado que no sabe que está acabando con uno de sus hijos”. (“La imprecación que no cesa”, La Jornada Semanal, 28 de marzo de 1999).

[12] Ibid., p. 303.

[13] Beatriz Barrera Padilla, Jaime Sabines: una poética entre el cuerpo y la palabra, Sevilla: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2004, p. 94.

[14] Enrique Lihn, Diario de muerte, Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1989, p. 13.

[15] Ibid., p. 19.

[16] Pilar Jiménez Trejo, op. cit., p. 306.



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