En el siglo XVI, los cronistas españoles que llegaron a México intentaron traducir en palabras y dibujos un mundo completamente desconocido para Europa. Describieron los templos prehispánicos desde su prejuicio religioso y a sus habitantes con una mezcla de fascinación y horror que definiría la mirada occidental sobre el continente durante siglos.
En sus Cartas de Relación (1519-1526), Hernán Cortés escribió sobre los templos de Tenochtitlán: "Hay en esta gran ciudad muchas mezquitas o casas de sus ídolos de muy hermosos edificios... entre estas mezquitas hay una que es la principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades de ella."
Por su parte, el fraile Diego Durán describió las esculturas mexicas en Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme (1570-1581) como "figuras del demonio, espantables y horribles." Para el Viejo Mundo, México era una tierra mística y exótica.
Más tarde, en el siglo XIX, una nueva ola de intelectuales, científicos y artistas europeos encabezada por el polímata y geógrafo alemán Alexander von Humboldt llegó al continente, ya no con espadas, sino con cuadernos, telescopios y bitácoras de viaje.
Entre este grupo de viajeros se encontraba Frederick Catherwood, un arquitecto y artista nacido en Londres en 1799. Antes de pisar tierras americanas, Catherwood ya había recorrido el Mediterráneo donde dibujó las ruinas clásicas de Egipto, Grecia, Turquía y Palestina.
En 1836 conoció al escritor estadounidense John Lloyd Stephens. Tras leer el reporte del coronel Juan Galindo sobre las ruinas de Copán, publicado en las revistas de la Real Sociedad Geográfica, quedaron fascinados por la posibilidad de una civilización perdida en América y decidieron emprender el viaje juntos.
En 1839, Catherwood y Stephens se adentraron en el territorio maya y registraron más de 44 sitios arqueológicos. Catherwood utilizaba una cámara lúcida, un dispositivo óptico que, mediante un prisma, proyectaba la imagen del monumento sobre el papel, lo que le permitía trazar los contornos con una precisión casi fotográfica.
Sus ilustraciones eran tan exactas que arqueólogos contemporáneos como el célebre Ian Graham han podido determinar fechas de estelas a partir de sus láminas. Además, Catherwood capturó detalles de relieves y pigmentos originales que hoy han desvanecido con el paso del tiempo y el saqueo.
Catherwood estaba formado en la Real Academia de Artes de Londres. Esto significa que más allá de su trabajo topográfico, sus dibujos cargaban con una sensibilidad artística donde la composición era igual de importante que el registro. En sus obras, las ruinas aparecen envueltas por las raíces y los árboles de la selva, una estética romántica donde la naturaleza parece reclamar la grandeza humana.
Los libros que publicaron juntos, Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatán (1841) e Incidents of Travel in Yucatán (1843) —con los textos de Stephens y las litografías de Catherwood, se convirtieron en éxitos de ventas en Europa y Estados Unidos. Para la mayoría de esos lectores, estas páginas fueron el primer encuentro visual con una civilización que, a pesar de romper los estereotipos del salvajismo, seguía siendo presentada como un misterio impenetrable.
Los dibujos de Catherwood construyeron una imagen de México como un país de ruinas grandiosas y pasado glorioso, un lugar que Europa podía admirar y desear.