A medida que la tecnología progresa, el mundo —y con él, el arte— ha experimentado una transformación inevitable en sus métodos y herramientas. Este avance ha desatado un debate que divide a la crítica.
Mientras algunos celebran la apertura de nuevas fronteras creativas, otros ven en lo digital una amenaza a la esencia del objeto artístico. El crítico polaco-británico Waldemar Januszczak, en su columna para The Sunday Times, afirmó que para muchos "el arte digital se siente como una trampa, una forma de evitar el trabajo duro del óleo y el pigmento". Sin embargo, el curador suizo Hans Ulrich Obrist ha defendido la evolución técnica argumentando que el medio no anula la autoría. En el catálogo de la exposición Dessins sur iPhone et iPad, celebrada en la Fondation Pierre Bergé – Yves Saint Laurent en 2010, Obrist señaló que la tecnología permite "una nueva forma de dibujo nómada".
En este escenario se inscribe la obra del artista británico David Hockney, reconocido mundialmente por sus vibrantes paisajes y retratos que definieron el Pop Art y el realismo contemporáneo. Su experimentación digital comenzó a finales de los años ochenta, cuando utilizaba máquinas de fax y computadoras personales, pero su práctica se revolucionó en 2009 con el iPhone y en 2010 con la llegada del iPad. Para un artista obsesionado con la inmediatez de la luz, como se aprecia en sus famosas albercas californianas de los años sesenta —A Bigger Splash, Sunbather o Portrait of an Artist (Pool with Two Figures)— el iPad ofrecía la posibilidad de pintar al aire libre sin la logística de las pinturas secándose o los caballetes pesados.
Más allá de la imagen final, existe también una dimensión performática en su trabajo. Al utilizar aplicaciones como Brushes o Procreate, el artista aprovecha una función que registra cronológicamente cada movimiento. El playback permite que el espectador observe cómo Hockney duda, borra, superpone capas y elige colores, convirtiendo el acto de pintar en una performance visual. El público deja de ser un observador pasivo y se transforma en testigo de la ejecución.
Hockney ha llevado estos videos a sus grandes exposiciones, como A Bigger Picture (2012) en la Royal Academy of Arts o A Year in Normandy (2021) en el Musée de l'Orangerie. En estas muestras, el artista ha instalado pantallas junto a las impresiones finales para que el espectador pueda ver la obra haciéndose en tiempo real, lo cual permite entender la estructura íntima de su pensamiento visual.
Para Hockney, el iPad no es un sustituto de la pintura sino un aliado que permite capturar la fugacidad de la naturaleza. Al integrar el video de su proceso de creación, logra que el arte digital deje de ser una fría reproducción de píxeles y se transforme en una experiencia temporal que desnuda su maestría. Trazo a trazo, el espectador comprende cómo se construye la belleza.