Historia

El mural inconcluso de Diego Rivera en Ciudad Universitaria

Una de las obras más ambiciosas de Diego Rivera quedó inconclusa. El proyecto se detuvo cuando apenas comenzaba a tomar forma en su escala total; la intención original era rodear por completo el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria. Dieciocho mil metros cuadrados de superficie habrían convertido al edificio en una sola pieza plástica, una intervención continua donde arquitectura, escultura y pintura se integraban en un mismo sistema


Por Liz Navarro

Bajo el título La Universidad, la familia y el deporte en México, Rivera proyectó una síntesis histórica y simbólica. Buscaba inscribir la actividad física dentro de una narrativa más amplia que abarcara desde el mundo prehispánico hasta el México moderno. El estadio funcionaba como soporte y, al mismo tiempo, como parte activa de la composición. Para definir esta propuesta, Rivera acuñó el término “escultopintura”, una categoría que exigía volumen, materia y una vocación de permanencia absoluta.

El proceso de ejecución respondía a esa ambición. Más de ochenta personas participaron en el trabajo, entre albañiles, canteros, arquitectos y pintores. Rivera los nombraba “obreros plásticos” y los concebía como una suma de sensibilidades que operaban en conjunto. La técnica reforzaba esa idea colectiva. En lugar de fresco, el mural se construyó en alto relieve con piedras de colores extraídas del propio Pedregal. Tezontle rojo, mármol blanco, piedra volcánica y tonos verdes y rosados conformaban una superficie que no se pintaba, se ensamblaba.

El fragmento que hoy permanece permite entender la gran escala del proyecto. En el centro aparece el escudo de la Universidad Nacional Autónoma de México, sostenido por un águila y un cóndor que extienden sus alas sobre el continente. Debajo, una familia sintetiza la idea de nación: padre europeo, madre indígena e hijo mestizo que sostiene una paloma. A los costados, dos figuras atléticas —una masculina y una femenina— encienden el fuego olímpico. Más abajo, la serpiente emplumada recorre la composición con incrustaciones de maíz. Estos elementos se unen para narrar una lectura sobre origen, identidad y futuro.

Rivera entendía esta obra como la culminación de una tradición. Veía en el estadio un “cráter arquitectonizado” que continuaba la lógica constructiva de Teotihuacán, Tula o Chichén Itzá. No pretendía decorar un edificio, buscaba activar una superficie que pudiera ser leída a gran escala, desde la distancia y en movimiento. La obra debía resistir el tiempo sin depender de restauraciones constantes, de ahí la elección de materiales pétreos y la integración directa con la estructura.

El mural se realizó en 1952, en los meses previos a la inauguración de Ciudad Universitaria. El ritmo de trabajo era intenso y el proyecto avanzaba con la expectativa de completarse. Sin embargo, la obra se detuvo. La versión oficial habló de falta de presupuesto en medio de la transición gubernamental. Otras versiones han señalado episodios de conflicto irreconciliables entre Diego Rivera y Miguel Alemán ocurridos durante su ejecución, aunque ninguna explicación ha logrado imponerse como definitiva.

Esa pausa forzada es, hoy, parte de su identidad. De todo el conjunto mural de Ciudad Universitaria, este fue el único que quedó sin concluir. Lo que permanece es evidencia de una ambición mayor que alcanzó a materializarse solo en parte. La pieza funciona como vestigio y como proyección al mismo tiempo.

Con el paso de las décadas, el mural se integró al paisaje universitario y urbano. El estadio se convirtió en uno de los espacios más reconocibles de la ciudad y la intervención de Rivera quedó inscrita en esa memoria colectiva. La obra sigue operando desde su condición incompleta, manteniendo visible la magnitud de lo que buscaba ser.



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