“Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”. Estas son las famosas palabras que pronunció Neil Armstrong al dar el primer paso en la Luna en 1969, mientras millones de personas seguían la transmisión en vivo pegadas a sus pantallas. Al ver la pintura Man's First Step on the Moon, uno pensaría que fue creada después de este suceso, como una memoria del logro. Sin embargo, la obra de Norman Rockwell, nacido en Nueva York en 1894 se pintó dos años antes de que la misión despegara. Hoy en día, es quizás la imagen más icónica de un astronauta en el espacio.

Estéticamente, la pieza es tan realista que parece una fotografía, un sello distintivo de Rockwell. Lograr una toma de tan alta fidelidad en la superficie lunar habría sido imposible con la tecnología fotográfica de la época. Para alcanzar esa proeza técnica, el pintor tuvo que apoyarse en los rigurosos conocimientos de dibujo e ilustración que perfeccionó durante su formación en la Art Students League de Nueva York.
Para crear esta obra, Rockwell estuvo en constante comunicación con expertos y viajó a Houston para reunirse con funcionarios de la NASA. Incluso fue tan lejos como para conseguir la ayuda del artista espacial Pierre Mion, quien, de hecho, terminó realizando parte de la pintura. Esta una de las dos únicas colaboraciones conocidas entre Rockwell y otro creador.

Sin embargo, a pesar de su enorme cuidado y para su gran frustración, cuando la pintura apareció en el número del 10 de enero de 1967 de la revista Look, un grupo de agudos observadores estudiantes de astronomía notaron varios errores científicos. Destacaron, por ejemplo, que la Tierra lucía desproporcionadamente grande en el cielo lunar en comparación con la constelación de la Osa Mayor. También señalaron que el Módulo de Mando en órbita recibía iluminación desde un ángulo distinto al de la Tierra, y que las luces y sombras sobre la superficie lunar eran inconsistentes, entre otros errores.
A pesar de estos descuidos técnicos, una parte fundamental de la obra copió la realidad de manera exacta, algo que el artista no sabría hasta que el aterrizaje finalmente ocurrió: la pintura muestra al astronauta descendiendo del módulo lunar apoyando el pie izquierdo exactamente de la misma forma en que Neil Armstrong lo haría más de dos años después. Al final, más allá de los desajustes astronómicos, la genialidad de Rockwell no radicó en la precisión de las estrellas, sino en su promesa técnica y su capacidad para anticipar la postura exacta de la humanidad tocando por primera vez la luna.
