Tras la disolución de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), el fundador y grabadista Leopoldo Méndez, junto con los artistas Pablo O'Higgins y Luis Arenal Bastar, fundaron el Taller de Gráfica Popular en 1937.

El colectivo venía de la tradición tan rica de grabado que tenemos en México; notoriamente el legado de José Guadalupe Posada y Manuel Manilla. Una de las preocupaciones principales del taller era que el arte funcione para narrar causas sociales y revolucionarias. El taller se especializó en grabados en linóleo y madera, realizados frecuentemente de manera colaborativa. Además de sus miembros mexicanos, atrajo a muchos artistas extranjeros, entre ellos la estadounidense Rini Templeton y la alemana Mariana Yampolsky, quienes terminaron estableciéndose en México.

Una de las particularidades más importantes del grabado, sobre todo para la época, radica en su capacidad de reproducirse. Antes de la llegada de las impresoras comerciales en la década de 1950, un solo grabado podía dar lugar a infinitas copias. Sin embargo, el taller adoptó la práctica anticomercial de no numerar las impresiones. Lo importante para los artistas era informar, no lucrar.
En un país donde el analfabetismo afectaba aproximadamente al 44% de la población en la década de los cuarenta, era esencial poder comunicar sin necesariamente utilizar palabras. El colectivo lo hacía a través de pósters, panfletos y caricaturas que publicaban en periódicos. Adolfo Mexiac, uno de los grabadistas más importantes de la tercera generación del taller, publicaba semanalmente en Ceteme, el periódico del sindicato obrero.

Esta tradición de comunicar visualmente sin depender de la palabra escrita se ve reflejada también en los íconos del Metro de la Ciudad de México, diseñados en los años sesenta para que cualquier persona pudiera reconocer una estación sin importar su nivel de lectura. Otra forma importante de comunicación visual de la época eran los murales, a través de los cuales los muralistas narraban el proyecto del país y la Revolución.
El taller no estuvo ajeno a los conflictos políticos más extremos de su época. En 1940, David Alfaro Siqueiros utilizó el taller como base de operaciones para lanzar un ataque armado contra la residencia de León Trotski en Coyoacán. Algunos de los artistas del taller formaron parte del escuadrón.
A lo largo de su existencia, el taller sufrió inestabilidad económica y tuvo que cambiar de sede en diversas ocasiones. Sin embargo, gracias a la gestión de Jesús Álvarez Amaya, su director durante cuarenta años, el taller cuenta desde el año 2000 con una sede fija ubicada en Doctor Manuel Villada 46, colonia Doctores, Ciudad de México.
Hoy en día, quizás los impresos ya no son nuestra principal fuente de información. Con las nuevas tecnologías también han surgido nuevas herramientas y lenguajes visuales para comunicar: memes, hashtags, videos animados, intervenciones virtuales. La vía ha cambiado, pero el lenguaje visual sigue igual de vivo.