Actualidad Artes Visuales

Elisa Salas: La palabra como materia prima

Para Elisa Salas, la palabra nunca ha sido únicamente un vehículo del lenguaje. Es materia, volumen, textura y memoria. Su obra explora la escritura como una forma plástica capaz de habitar el espacio, dialogando con tradiciones que van de los caligramas de Apollinaire a la escritura cuneiforme, los jeroglíficos egipcios, el shodō japonés y los quipus andinos. En este ensayo, Gabriela Gorab recorre el universo creativo de una artista que ha dedicado su investigación a liberar la palabra de la página para convertirla en una experiencia física y escultórica.


Por Gabriela Gorab

En el art film La voz visual de Elisa la Monalisa, Salas desvela la anatomía de su praxis creativa con rotunda claridad: la introspección, la dimensión espiritual, la literatura y la plástica no operan como elementos aislados, sino como un ecosistema indivisible. Para la artista, la meditación trasciende el mero gesto complementario para erigirse como el cimiento mismo de su método. Sin el rigor de esta quietud mental, advierte, resulta imposible concebir piezas que reclaman una inmersión absoluta. El trazo surge, así, como la decantación de una búsqueda profunda de origen, de destino, de una fuerza superior—. Esto reubica al caligrama fuera de la caligrafía decorativa donde suele encasillarse: en Salas no es una técnica que se aplica sobre un texto ya escrito, sino un método de conocimiento que atraviesa primero el cuerpo y la conciencia de la artista.

Su materia prima, de hecho, suele ser su propia obra literaria: fragmentos de poemas, microficciones y reflexiones breves que escribe ella misma, entrelazados ocasionalmente con fragmentos de autores predilectos. De ahí su relación con la palabra, que no es simbólica sino material. Salas trabaja las palabras como "colores" en la paleta de un pintor, transformándolas mediante la caligrafía —aristas, redondeces, vértices, florituras— para darles expresión plástica. Para la artista, el peso semántico de un poema es inseparable de la morfología de sus letras. Esta postura reivindica un profundo linaje estético que se remonta a Simias de Rodas y transita por la vanguardia de Guillaume Apollinaire. Es precisamente en la herencia de los Poetas Malditos donde Salas reconoce su punto de partida, pero también su ruptura estética. Mientras que los caligramas históricos habitaban la planitud de la página, la artista articuló su búsqueda interviniéndolos mediante el claroscuro. Al inyectar luces y sombras a aquellas tipografías bidimensionales, Salas logró emancipar la palabra de su soporte tradicional, otorgándole el volumen y la ilusión de relieve necesarios para, finalmente, convertir la poesía en materia escultórica.— hasta converger con tradiciones milenarias que asume como una herencia universal: la estructura de la escritura cuneiforme, las tablas sumerias, el rigor espiritual del Shodo y el Kanji, el misterio de los jeroglíficos egipcios, el peso histórico de códices y quipus, y la fluidez del arte islámico zoomorfo. 

Todo ello forma parte de la investigación personal que dará vida a su próximo libro. Porque su obra se trata de un acto de transmutación donde dialogan las vanguardias del siglo XX con las raíces más profundas de la escritura. Aquí, la palabra rompe su encierro bidimensional para encarnarse en volumen, materia y cuerpo. En este proceso, la poeta visual oscila entre la contención apolínea —una arquitectura visual simétrica, meticulosamente achurada— y el arrebato dionisíaco —un gesto libre, casi instintivo, donde la energía dicta el trazo en tiempo real—. De la tensión entre ambas fuerzas nace una obra que funciona como un sismógrafo de su psique: cada pieza esculpe el silencio y comunica todo aquello que las palabras ordinarias no alcanzan a nombrar. Quizá porque admite que no existe vocabulario suficiente para expresar todo lo que siente, y es ahí donde la caligrafía pasa a ser “la memoria de una línea”. Y la línea un hilo con el que puede tejer todas sus historias…  

Materia y transformación

Si la introspección define el origen del proceso de Salas, la materia define su límite. Su catálogo de técnicas es amplio y deliberado: bronce, polvo de mármol, plumones de óleo, pasteles acuarelables, hoja de oro, tinta japonesa trabajada con piedra suzuri, serigrafía, carbón, grafito en polvo y acuarelable. No es un inventario técnico para exhibir virtuosismo. Es un vocabulario donde cada material aporta una cualidad distinta de permanencia o desgaste: el bronce fija, la tinta fluye, el carbón se difumina al tacto. Salas experimenta constantemente para hacer evolucionar el caligrama, y esa evolución es, en el fondo, una manera de medir cuánto puede resistir la palabra antes de transformarse en otra cosa.

Su innovación más significativa en esa evolución es el Filocaligrama: una técnica de termoconstrucción mediante pluma 3D que le permite "hilvanar" el texto en el espacio, de modo que el acto de enjambrar esculturas con palabras deconstruidas se convierte, en esencia, en un dibujo suspendido en el aire. Ya que ella insiste en que es la misma la raíz etimológica de las palabras: tejer y texto. Con esa lógica sostiene el concepto tanto del filocaligrama biodegradable de caña de azúcar y almidón de maíz que se derrite al sol, como la aleta de ballena formada por un enjambre de palabras en 3D; la palabra deja de ser trazo sobre una superficie y se vuelve estructura tridimensional, sostenida por sí misma en el vacío.

Esa pregunta material se vuelve explícita en la serie realizada en arcilla, proceso que Salas llama "alquimia sobre lodo": nada es más transformador que la memoria del barro forjada por el sol y el fuego. Es un material que contiene, según ella, los cuatro elementos del paisaje de Baja California, y que usa para narrar la misma historia que cuenta con otros materiales: un cuerpo que se deshace y, al deshacerse, revela lo que estaba oculto en su interior. En el caligrama de la aleta de ballena —esculpida a partir de un lenguaje deconstruido, "como intentar esculpir el sonido en el aire"— esa lógica llega a otro nivel: la pieza nace de su raíz más primitiva, una onomatopeya, y al hacer que el alga marina encarne la piel del cetáceo, Salas rinde homenaje a uno de los principales pulmones y filtros de carbono del planeta. Entrelaza el aliento de la vida marina con la respiración invisible de la microalga de cuya fotosíntesis depende la Tierra entera. La pieza, encapsulada finalmente en resina, fija ese instante de fragilidad extrema en algo que puede perdurar.

En Fósil Efímero, esta lógica material alcanza su expresión definitiva. La pieza —subtitulada por Salas como Coreografía de un colapso helio-inducido, en un guiño a la raíz griega de la danza como la "escritura del movimiento en el tiempo"— termina por encapsular en estratos de resina epóxica un diálogo entre lo orgánico y lo inorgánico. Se trata de lo que la artista denomina un "ikebana de sinapsis efímero", erigido a partir de las ruinas de su propia destrucción. Expuesto al sol de Baja California, el cascarón antropomorfo —un caligrama omnidireccional tejido letra por letra con filamento de maíz y caña de azúcar— sucumbió a su ineludible delicuescencia esta primavera. Al derretirse, la estructura reveló su núcleo inalterable: un pulmón de coral y el corazón de una seta disecada de sauce llorón. Más allá del alarde técnico, la pieza —cuyo texto deletrea Eudaimonia (el florecimiento del alma)— se erige como un manifiesto contra la obsesión humana por la permanencia; una tregua frágil frente a una naturaleza cuyo pulso inevitable es borrar nuestra huella.

Art Baja / Todos Santos: el desierto y el mar como coautores

Concebido como una expansión territorial de Zona Maco —la plataforma de arte contemporáneo más influyente de México y Latinoamérica—, ABC Art Baja California se ha consolidado como un circuito de exhibición de primer nivel. Es en su sección Patio —un espacio que preserva el estricto rigor curatorial de la feria madre— Salas quedó seleccionada en Jazamango este año, luego de ser artista invitada durante tres años consecutivos. Su reciente participación en la edición de 2026 no solo reafirma su solidez en este circuito, sino que corona una trayectoria de once años ininterrumpidos, llevando su investigación plástica a través de tres continentes.

Ese linaje no es un dato menor: llevar el caligrama fuera del cubo blanco no es solo una decisión estética, es una manera de habitar el mismo circuito institucional del arte contemporáneo mexicano, pero desde su versión expuesta al aire libre.

En palabras de la artista, la intemperie le brinda el escenario exacto para culminar su misión: liberar a la palabra de la bidimensionalidad del libro y enfrentarla, frente a frente, con la naturaleza. El desierto de Todos Santos no es telón de fondo. Salas estudió el ritmo y la temperatura del entorno para lograr que Fósil Efímero se deformara bajo el capelo de cristal, mientras ramas, corales del Pacífico, madera de cholla y hojas de oro se erguían alrededor del busto que se derrumbaba, letra por letra. Sin ese ecosistema, dice, habría sido imposible narrar esta coreografía. Lo mismo ocurre con la aleta de ballena encapsulada en resina, nacida del mar y del oasis, o con la colección de caligramas en arcilla —su "alquimia sobre lodo"—, cuya histología alude directamente a los arrecifes del Mar de Cortés.

Durante su activación el 28 de marzo en Jazamango, el público enterró sus propias palabras en la arena bajo Fósil Efímero; después sacó los papiros que esperaban dentro de botellas para ofrendarlos en el "Axis Mundi" de la pieza —el corazón de la seta disecada de sauce llorón—, porque está convencida de que el pensamiento humano se composta y la palabra se ofrenda.

El punto culminante de esta relación con el territorio es el Sendero Poético Transitable, presentado en Al-Mar, en la playa del Faro: la primera vez, cuenta la artista, en que da materialidad a las palabras acotándolo en la poética del espacio mismo. Con el punto áureo de los caracoles como diseño de sonograma, la pieza aterriza el sonido a la contención de la materia, permitiendo sentir desde la piel la frecuencia del rompimiento de las olas mientras se escuchan sus versos en cinco idiomas. Descendiendo por el Sendero Sonoro, el público se convertía en lo que ella llama "recolectores de instantes", como el Flâneur de Baudelaire: caminantes que capturan sonidos y recolectan secretos nocturnos bajo el Trópico de Cáncer.

 



Te podría interesar

Darío Ortiz retrata a los nadies en el Art Museum of the Americas de Washington

La exposición Los Nadies (The Nobodies), del pintor colombiano Darío Ortiz, se inauguró el 15 de julio de ...

Por Gabriela Gorab