Brown no fue de esos artistas que salían todo el tiempo en las revistas o en la televisión. No era una figura mediática como algunos de sus contemporáneos. Sin embargo, su camino constante, la seriedad con la que buscó y su capacidad para inventar mundos propios —sobre todo con *My Other House*— lo convierten en alguien importante del arte de finales del siglo XX y principios del XXI. Su trabajo invita a mirar con calma: mezcla emoción, misterio y un cuidado formal muy preciso.
Trayectoria y evolución artística
James H.D. Brown nació en Los Ángeles en 1951 y murió en México en 2020. Vivió entre Nueva York, París y, de forma decisiva, México. Estudió en el Immaculate Heart College y en la École des Beaux-Arts de París. En los años ochenta se hizo un lugar en la escena del East Village, cerca de Basquiat, Haring y Scharf. Sus primeras pinturas tenían un trazo áspero y semi-figurativo, emparentadas con el neoexpresionismo, pero ya llevaban dentro influencias del arte tribal y del modernismo clásico. Con el paso del tiempo su lenguaje se fue limpiando y se volvió más abstracto y metafísico. El gesto, la mancha y las formas orgánicas se convirtieron en la forma en que exploraba lo espiritual y lo existencial.

La importancia de México en su obra
México no fue un capítulo secundario en su vida. Fue el lugar donde su obra maduró de verdad. Desde 1995, cuando se instaló con su familia en Oaxaca y después en Mérida, el país dejó de ser un destino turístico y se convirtió en su territorio creativo. Allí fundó, junto a su esposa Alexandra Condon, la Carpe Diem Press, una editorial de libros de artista de tiraje limitado que recuperaba técnicas tradicionales de impresión oaxaqueña. Trabajó con artistas como Francisco Toledo, Kiki Smith y Joan Jonas. En México no solo pintó: dialogó con la materia local, con la cerámica, los textiles, la luz del Yucatán y la memoria de los objetos. Series como *My Other House* —que nació cuando sus hijos descubrieron un espacio secreto en la hacienda de Oaxaca— y los Firmamentos surgieron en este territorio. Transformó lo íntimo y lo cósmico en un lenguaje visual lleno de interdependencia y ambigüedad.

La exposición “Y la muerte no tendrá dominio”
La exposición que se presenta ahora en la Galería Hilario Galguera, “Y la muerte no tendrá dominio” (hasta el 27 de noviembre de 2026), confirma esa importancia. Reúne cerca de cincuenta obras —pinturas, esculturas en cerámica y piezas sobre papel— hechas en Mérida, Oaxaca y Francia. Muchas de ellas se muestran juntas por primera vez. El título sale de unos versos de Dylan Thomas y se ancla en el lienzo “I’m always here” (2000), que apareció en su taller de Mérida. Ese cuadro marca el eje de la muestra y conecta series importantes: “Black and Blue” de su etapa francesa, “Stabat Mater”, un “Firmamento” en diálogo con “Restlessness, “Elysium”, “Silver points of anxiety” y cinco esculturas de la serie Jars”. El montaje está pensado a la altura física del artista y propone un recorrido que muestra cómo fue pasando de la abstracción al gesto y a la cerámica.

Legado vivo
Esta exposición no es solo un homenaje después de su muerte. Es una forma de decir que su obra sigue viva. En un país donde vivió más de veinte años y donde su trabajo se entretejió con oficios artesanales y paisajes muy concretos, la muestra en San Rafael reafirma su lugar en el arte contemporáneo mexicano e internacional. Su legado está en colecciones como el MoMA, el Whitney, el Pompidou y el MACO de Oaxaca. Lo que queda de él es esa capacidad de construir universos donde lo material y lo espiritual, lo personal y lo cósmico, conviven en tensión. *Y la muerte no tendrá dominio* no cierra un capítulo: lo vuelve a abrir para que el público mexicano y quien venga de fuera puedan mirar otra vez esa constelación de formas, gestos y silencios que James H.D. Brown nos dejó.
