Actualmente y hasta el 5 de julio, el Museo de Arte Moderno presenta Habitantes de lo insólito, una exposición dedicada a Remedios Varo, artista clave del surrealismo en México. Su obra, poblada por figuras misteriosas y escenas científicas y místicas, ha construido uno de los imaginarios más singulares del arte del siglo XX. La muestra reúne sus pinturas, bocetos, cuadernos y libros.
Remedios Varo nació en España en 1908, vivió en París en el momento de mayor auge del surrealismo europeo y terminó sus días en la Ciudad de México, adonde llegó exiliada por la Segunda Guerra Mundial, como varios artistas de la época. Murió en 1963 y dejó un legado tan vasto como los mundos que imaginó.
Se puede decir que Varo tenía una condición nómada, y no solo por su migración a México, sino también por su manera de habitar la cultura y lo espiritual. Cruzaba las fronteras de la tradición y las creencias con una curiosidad voraz.
Así, la libertad era uno de los pilares invisibles de su obra, no siempre de manera explícita, sino en la posibilidad de construirse a sí misma fuera de los relatos de su contexto espacio-temporal.
Sus figuras —andróginas, híbridas, camaleónicas— no obedecen las leyes de la biología, ni las del género, ni las de la física. Pueden ser mitad lechuza, mitad humano, como en Creación de las aves (1957), o tener una columna vertebral convertida en rueda, como en Homo Rodans, su única escultura: una pieza irónica en la que propone que el ser humano evolucionó para rodar, el movimiento y el desplazamiento como condición del ser humano.
Varo, junto a otras artistas de su círculo —Leonora Carrington, Sofía Bassi— rompió el molde de un arte que ponía a las mujeres como musas o acompañantes y las convirtieron en protagonista de su obra, muchas veces en territorios considerados masculinos. En Bordando el manto terrestre (1961), un grupo de mujeres encerradas en una torre gótica que flota en el cielo bordan el exterior, el mundo. En Explorando las fuentes del río Orinoco (1959), cuyo boceto aparece en la exposición, una mujer en un mundo fantástico explora desde una especie de nave uno de los ríos más importantes de América del Sur, cuyas fuentes fueron exploradas por primera vez en 1951.
Parte de ese lenguaje viene de la fascinación de Varo por el esoterismo, la alquimia, la magia, la fantasía, el tarot. Le interesaba sobre todo la idea del filósofo y místico armenio Gurdjieff, que aseguraba que los seres humanos funcionan a través de un centro físico, uno emocional y uno mental, y proponía "el cuarto camino" como una manera de integrarlos en la vida cotidiana. En la biblioteca personal de Varo —parte de ella presente en la exposición— aparecen cartas de amor de una monja portuguesa, fábulas sobre zorros que se convierten en mujeres, ensayos sobre los ovnis.
Varo vivió cómo el racionalismo occidental estalló en dos guerras mundiales. Su interés por la metafísica y el esoterismo era, de cierta forma, una apuesta por la convicción de que hay más maneras de habitar y entender el mundo que las que ofrece el pensamiento funcional y cartesiano.
La siguiente conversación con el curador Carlos Segoviano profundiza en todos estos hilos.
¿Cuál fue la idea central que guió la exposición y cómo dialoga con el contexto actual?
La idea central de la exposición fue acercarnos a los personajes de Remedios Varo, entendidos como figuras en constante transformación. La narrativa se articula en tres ejes: primero, los nómadas del exilio, que representan tránsitos no solo geográficos sino también espirituales; después, los seres iniciáticos, situados en procesos científico-místicos donde dialogan disciplinas como la música, la ciencia, el psicoanálisis y el esoterismo; y finalmente, los seres transformados, figuras híbridas que combinan lo humano y lo animal o que alcanzan estados superiores de conciencia.
Además de esta estructura, la muestra —que forma parte de una larga tradición expositiva en torno a la artista dentro del museo, siendo esta la número catorce desde 1971— pone el foco en personajes, especialmente femeninos. Se trata de mujeres protagonistas inmersas en labores de descubrimiento científico y espiritual, lo cual dialoga directamente con problemáticas actuales como el cuestionamiento de los roles de género y la visibilización de campos históricamente asociados a los hombres. En este sentido, también se evocan los prejuicios históricos hacia las mujeres —frecuentemente vinculadas con lo esotérico o incluso acusadas de brujería— resignificados aquí como formas de conocimiento y ascensión espiritual.
Otro punto de conexión con el presente es la representación de anatomías cambiantes o “camaleónicas”, que invitan a repensar la relación entre lo humano y lo animal. En la obra de Varo, animales como aves y gatos funcionan como guías espirituales o alter egos, lo que abre una reflexión contemporánea sobre nuestra relación con otras formas de vida.
Asimismo, los espacios iniciáticos —que remiten a claustros o ambientes medievales— no se presentan como ajenos a lo cotidiano, sino integrados a lo doméstico: los personajes transitan procesos de conocimiento en laboratorios que también son habitaciones íntimas. Esto refuerza la idea de que la transformación interior ocurre en diálogo constante con la vida diaria.
¿Qué obras anclan esa narrativa?
En Nómadas del exilio está La huida, que de entrada implica desplazamiento, y Homo Rodans, una escultura donde Varo juguetea con la ciencia de manera sarcástica: alude a una especie de evolución alterna al homo sapiens, un personaje cuya columna vertebral se transforma en rueda.
En el segundo espacio están Mujer saliendo del psicoanalista —donde la protagonista se quita el antifaz y está a punto de deshacerse de los mecanismos que controlan su vida: un reloj, un biberón, una regla— y El alquimista, que se autotransforma junto al piso de damero que lo rodea.
En Anatomías fantásticas encontramos El flautista, que emerge de una roca escarpada revelando los poderes ocultos de la naturaleza. Y La creación de las aves, que es sin duda una alegoría sobre cualquier proceso creativo: un ser mitad lechuza, mitad humano obtiene colores mediante destilación, los aplica al ritmo de su corazón —con forma de violín— y, gracias a la luz refractada de la luna, insufla vida a pequeñas aves que está dibujando.
Homo Rodans (1965) — Texto de Remedios Varo bajo el seudónimo Hälikcio von Fuhrängschmidt.
¿Descubriste algo nuevo sobre Varo durante la investigación?
Sí, varias cosas. Una muy relevante fue el trabajo con los bocetos: el museo conserva alrededor de 100, muchos de los cuales son transferencias directas al lienzo. Al darles protagonismo en esta exposición, pudimos verificar e incluso descubrir los títulos de obras para las que esos dibujos eran estudios previos.
También fue revelador acercarse a su biblioteca personal, que permite entender con qué nutría su imaginación. Hay textos de Gurdjieff y de figuras asociadas al esoterismo y la alquimia; ciencia ficción; unas antiguas cartas de amor de una monja portuguesa; una fábula sobre un zorro que se transforma en mujer. Y hay textos de psicoanálisis —el que más me llamó la atención es uno de Carl Gustav Jung sobre una lectura psicoanalítica del fenómeno de los ovnis. Bastante extraordinario.
¿Qué tanto hay de autobiográfico en sus imágenes?
Hay un autorretrato explícito, y algunos historiadores señalan que los rostros almendrados de sus figuras femeninas se parecen a ella. Pero más que autorretratos, lo autobiográfico está en otros elementos: el movimiento constante —propio de una migrante—, los recursos tecnológicos que heredó de su padre ingeniero, las referencias a la pintura del Renacimiento nórdico y al Bosco que conoció en el Prado, y los gatos, sus animales preferidos, casi un alter ego.
¿Su obra es una fuga de la realidad o una forma de entenderla mejor?
Habría que matizar la idea de "fuga". Aunque los escenarios remiten a espacios medievales y el tono es fantástico, Varo era lectora de Jung, y esa noción del inconsciente colectivo —donde iconografías de distintos tiempos conviven en un mismo espacio— está muy presente en su pintura. A pesar de parecer ajena a nuestro tiempo, la obra toca vivencias que el público reconoce.
Siguiendo a Gurdjieff, creo que su propuesta es llevar el misticismo y la búsqueda metafísica a la vida cotidiana. Es también una postura post Segunda Guerra Mundial: ese pensamiento racionalista y funcional que nos llevó a dos guerras obligó a muchos a reconocer otras maneras de concebir el mundo. Hoy, en un momento igualmente complicado, el lenguaje de Varo nos recuerda que la sensibilidad corre por otros cauces, y que —sobre todo en un país con tantas cosmovisiones indígenas vivas— el racionalismo occidental no es la única forma de estar en el mundo.
En ese sentido, tomarse 40 minutos o una hora para mirar su obra en un museo, en medio del ritmo agitado de la Ciudad de México, es un elixir fantástico.
¿Hay algo en su trabajo que te genere conflicto como curador?
Más que conflicto, hay una reconsideración de términos. Aunque los personajes principales son mujeres, en varios casos el género no está del todo definido —hay un desplazamiento notable. Yo los he llamado andróginos, pero con el lenguaje actual y desde mi propia pertenencia a la comunidad LGBT, sería más preciso hablar de personas no binarias o agénero.
Dicho esto, me parece que lo importante es que la obra de Varo se abre a esa discusión en una época en que incluso la homosexualidad era censurada y violentada. Que ya entonces aparecieran personajes que viven y ascienden espiritualmente fuera del relato androcéntrico me parece sumamente revelador, y de una contemporaneidad asombrosa.
¿Qué aspectos de su obra siguen siendo subestimados?
Por fortuna, Varo ha sido bastante estudiada en años recientes. Pero vale la pena recordar el contexto: el surrealismo de los años 40, cuando el movimiento migra hacia México, es casi un vuelco respecto al de los 20, que era predominantemente masculino y relegaba a las mujeres al rol de modelos o acompañantes. En esa segunda etapa se hace evidente una presencia femenina muy importante: Alice Rahon, Leonora Carrington, Cationa... y otras artistas mexicanas que, sin autodenominarse surrealistas, incorporan lo fantástico en su obra, como María Izquierdo y Frida Kahlo.
Algo significativo es que Varo, siendo española exiliada en México, fue inicialmente más estudiada aquí que en España. Fuimos los mexicanos quienes empezamos a darle importancia, y desde ahí investigadores de todas partes han ampliado el conocimiento sobre ella. Hoy es, quizás después de Frida Kahlo, la artista de los acervos mexicanos que más ha viajado por el mundo en los últimos años.