A principios de los años sesenta, Walter Keane era uno de los artistas contemporáneos más populares de Estados Unidos. Sus pinturas de niños con ojos desproporcionadamente grandes y melancólicos habían conquistado galerías, celebridades y hogares de clase media por igual. El propio Andy Warhol comentó públicamente sobre su obra: ”Creo que lo que Keane ha hecho es formidable. Tiene que ser bueno. Si fuera malo, no le gustarías a tanta gente".

Estrellas como Jerry Lewis, Zsa Zsa Gabor y Liberace encargaron retratos, y Joan Crawford usó uno de ellos para la portada de su autobiografía A Portrait of Joan en 1962. Sin embargo, lo que nadie sabía en ese entonces es que la firma "KEANE" en esas pinturas no pertenecía a él, sino a su esposa Margaret.
Margaret Keane nació en 1927 en Nashville, Tennessee, con el nombre de Peggy Doris Hawkins. De niña sufrió una operación que le dejó una pérdida parcial de audición y, como consecuencia, desarrolló el hábito de observar los ojos de las personas para compensar lo que no podía escuchar. Creció siendo una niña tímida y desde joven pintó de manera autodidacta, con un estilo propio que no se parecía a nada de lo que se hacía en su época.
En los años cincuenta, el mundo del arte estaba dominado por el expresionismo abstracto, una corriente liderada por figuras como Jackson Pollock y Willem de Kooning que rechazaba la representación de la realidad y apostaba por el caos del lienzo, las manchas de color y la emoción pura a través de la abstracción. Margaret hacía lo opuesto. Pintaba figuras concretas, principalmente niños y mujeres, con ojos enormes. Sus iris tenían una humedad casi táctil y la luz se reflejaba en sus pupilas. A través de sus miradas melancólicas, sus personajes transmitían una especie de soledad y vulnerabilidad extraña.
Sus obras podrían haberla hecho famosa desde un inicio. Pero Margaret era mujer y en el mundo del arte de los años cincuenta eso significaba invisibilidad. Pintaba por placer, por necesidad emocional, sin aspiraciones reales de fama. Había aceptado, como tantas otras artistas de su generación, que el reconocimiento público no estaba disponible para ella.
Conoció a Walter Keane en una feria de arte en San Francisco en 1955. Walter era un agente inmobiliario muy carismático que pintaba paisajes urbanos de Europa sin mayor distinción técnica ni conceptual. Tal vez su fuerte no radicaba en su capacidad artística, pero era un hombre sociable, articulado que sabía contar historias y, sobre todo, que sabía vender. Se casaron ese mismo año. Lo que comenzó como un matrimonio feliz terminó siendo una trampa para Margaret.

En 1957, Walter llevó algunas de las pinturas de los niños de ojos grandes de Margaret al club nocturno The Hungry i de San Francisco para ver si podía venderlas. Cuando la gente se le acercó fascinada y le preguntó si él era el artista, Walter dijo que sí. Nadie lo cuestionó y la mentira se repitió, creció y se elaboró. En una entrevista con la revista LIFE, Walter contó con entusiasmo que su inspiración había llegado en Berlín, en 1946, cuando supuestamente vio a niños hambrientos y descalzos peleando por comida en un montón de basura tras la Segunda Guerra Mundial. La historia era conmovedora y el público compró el mito del pintor filántropo.
A partir de ahí, Walter empezó a vender la obra de Margaret como propia. Al principio, Margaret no sabía que su esposo se estaba adjudicando el crédito. Él simplemente salía por las noches con los cuadros bajo el brazo y regresaba con el dinero. La primera vez que Margaret se dio cuenta plenamente de lo que ocurría fue una noche en el mismo club The Hungry i, cuando alguien le preguntó si ella también pintaba, mientras a pocos metros de distancia Walter le explicaba a un grupo de coleccionistas cómo había concebido la textura y el alma de ese mismo cuadro. Al confrontarlo en casa, Walter argumentó que si revelaban que una mujer era la creadora nadie compraría los cuadros y que debían mantener el engaño por el bien económico de la familia.
A partir de ahí, Margaret comenzó a vivir una doble vida sofocante. Era la autora de una de las obras más populares del momento y, al mismo tiempo, era una presencia invisible. Walter la obligaba a trabajar hasta dieciséis horas al día, encerrada en un estudio con las cortinas cerradas y las puertas con llave para evitar que las visitas o incluso su propia hija descubrieran el secreto.

Tardó más de una década en hacer algo al respecto. El sistema entero estaba construido sobre la mentira de Walter, una estafa que traía cantidades enormes de dinero a la casa gracias a que Walter industrializó el arte. Fue pionero en reproducir masivamente las imágenes en posters y postales de bajo costo que se vendían por miles en gasolineras y supermercados. Esta comercialización masiva les permitió llevar una vida de absoluto lujo, vivían en una mansión con alberca en los suburbios de San Francisco y eran miembros de la alta sociedad.
Se divorciaron en 1965 y Margaret se mudó a Hawái. En 1970 reveló públicamente en un programa de radio que ella era la verdadera autora de las pinturas. Cuando Walter lo negó, Margaret lo desafió a un concurso público de pintura en la plaza Union Square de San Francisco para demostrar quién era el artista. Walter no se presentó. La batalla legal que siguió duró más de una década.
En 1984, Walter declaró en USA Today que Margaret solo reclamaba la autoría porque creía que él había muerto y quería quedarse con los derechos. Margaret demandó inmediatamente a Walter y al periódico por difamación. El caso llegó a juicio en 1986 en un tribunal federal de Honolulú. Ahí, el juez ordenó que tanto Margaret como Walter produjeran una pintura en plena sala del tribunal frente al jurado. Walter se negó, argumentó que tenía el hombro lesionado y que no podía mover el pincel. Margaret, al contrario, pintó uno de sus retratos característicos en tan solo 53 minutos. El jurado no necesitó más pruebas y tras tres semanas de juicio, le otorgaron cuatro millones de dólares en daños. Walter declaró la bancarrota poco después y nunca pagó. Sin embargo, Margaret obtuvo lo que realmente buscaba que era la devolución legal de su nombre.

La historia fue llevada al cine en 2014, cuando Tim Burton dirigió Big Eyes, protagonizada por Amy Adams y Christoph Waltz. En su reseña para The Hollywood Reporter, Todd McCarthy escribió: ”Burton aborda con lucidez el asfixiante clima social de la época; la película funciona como un examen fascinante y extrañamente cómico de la disfunción conyugal, la dominación masculina y la sumisión femenina a mediados del siglo XX".

Margaret Keane murió en 2022 en Napa, California, a los 94 años. Siguió pintando hasta el final de sus días. Sus obras, que durante años circularon bajo el nombre de un impostor, hoy se exhiben con el suyo. Su caso reveló un sistema cultural que asumía que el hombre era el genio creador y la mujer el accesorio decorativo. Un sistema que convirtió el carisma masculino en autoría y el talento femenino en invisibilidad. Walter Keane no podría haber sostenido esa mentira durante más de una década si el mundo del arte y la sociedad patriarcal no hubieran estado completamente dispuestos a creerla.