En 1888, en medio de un colapso psicológico Vincent van Gogh se rebanó prácticamente toda la oreja izquierda y se la entregó envuelta en papel de periódico a una joven llamada Gaby, quien al abrir el paquete en el burdel donde trabajaba, la aventó aterrorizada antes de desmayarse por el horror.
Este acto, incluso décadas después, seguiría siendo una especie de metáfora o representación del artista hambriento vuelto loco por el estrés. Y si bien, hoy en día, la mayoría de las personas podemos reconocer el enorme talento que tenía Van Gogh, la crítica de su época no fue tan amable con su obra. Para la mayoría de los artistas, hacer arte “malo” no es una opción. Sobra decir que todo el mundo tiene derecho a hacer arte malo —esto, de hecho, es una parte universal de la experiencia artística, pero se les exige un crecimiento para poder ser considerados parte del mundo del arte.
Sin embargo, en la última década, ha habido un auge en las celebridades que se vuelven artistas. A pesar de que existe un consenso general de que la gran mayoría de estas piezas carecen de una propuesta artística real y caen en una evidente falta de rigor estético y técnico, siguen llenando salas de galerías y vendiendo obra a precios muy elevados. Como en la mayoría de los casos este es un “trabajo” secundario —siendo el principal aquello que los hizo famosos, las reglas del reconocimiento no aplican para ellos. Es por esto que la mayoría de su obra se queda en la superficialidad de la conceptualización; en otras palabras, es bastante ingenua y puede causar pena ajena justo como la de cualquier persona que apenas empieza a hacer arte.
Quizás no tienen un espacio de crecimiento dentro de su creación porque su reconocimiento de nombre y sus conexiones sociales hacen que se les otorgue el permiso de las grandes instituciones demasiado pronto. Les dan exposiciones de gran relevancia y después no se vuelve a saber de ellos. A pesar de ello, ha habido muy pocos intentos de examinar críticamente este tema. Para muchos de los mejores críticos, decir que su arte no es bueno se siente irrelevante o passé; es algo que uno puede saber sin ser crítico.
Sin embargo, el artista y escritor Brad Troemel, que tiende a analizar este tipo de fenómenos en el arte contemporáneo, resalta que aunque no haya dos celebridades artistas iguales, definitivamente existen similitudes entre ellas. Para su análisis, Troemel las divide en cuatro categorías:
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Artistas convertidos en celebridades (Artist turned celebrities)
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Jubilados entusiastas (Retiree hobbyists)
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Estafadores de mercancía (Merch grifters)
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Intrusos de la industria (Industry interlopers)

En la primera categoría (artistas convertidos en celebridades)—la más aceptada por la comunidad artística— entran aquellas personas que comenzaron haciendo arte, se dedicaron a otra disciplina y luego regresaron a las artes visuales. Aquí encontramos a celebridades como Kim Gordon, la cantante, bajista y fundadora de Sonic Youth; David Byrne, el fundador, vocalista y compositor de Talking Heads; o el fallecido director de cine David Lynch. Su obra a menudo parece retomar el camino donde lo dejaron cuando tenían 20 años. Sin embargo, se les perdona esta desconexión temporal porque crearon obras maestras e inspiraron a generaciones enteras con sus logros en la música o el cine. Al observar sus piezas, uno no puede evitar preguntarse cómo su arte visual alimentó sus otras facetas creativas. ¿Cómo se vería, por ejemplo, el sonido de Talking Heads traducido a lo visual? Estos creadores tienen impuesta la tarea imposible de competir contra la nostalgia. A pesar de su innegable talento, uno nunca va a sentir lo mismo al ver una pintura de David Lynch que al ver Blue Velvet.

En la segunda categoría (jubilados entusiastas) entran las personas que, tras décadas de fama, deciden tomar el arte como un pasatiempo. Su obra tiende a ser deficiente, pero nos inspira cierta ternura; simplemente están disfrutando de la vida. No pretenden ser grandes creadores ni poseer un propósito que vaya más allá de su propio placer recreativo. Tampoco muestran deseos de competir dentro del mercado del arte comercial. Es más, si llegan a tener un sitio web para mostrar sus piezas, a menudo es administrado por algún familiar cercano, como ocurre con el fallecido trompetista Miles Davis, cuya página de arte es gestionada por su nieto.
En ciertos casos, esta práctica funciona para demostrarle a sus seguidores que siguen activos y creando, aunque no sea necesariamente el área donde poseen mayor talento. Este es el caso de Britney Spears, la famosa estrella del pop que desapareció del ojo público por un tiempo debido a sus batallas legales y familiares, y que reapareció pintando flores y lienzos coloridos en sus historias de Instagram. En los casos más cínicos, algunas celebridades demuestran tener cierta sensibilidad artística para suavizar su imagen pública o mitigar controversias pasadas. Este es el caso de George W. Bush, el cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos, acusado de crímenes de guerra por la invasión a Irak, quien comenzó a pintar retratos de veteranos y líderes mundiales para redimir su figura ante la opinión pública.

En la tercera categoría (los estafadores de mercancía) entran los personajes más engreídos y con mayor derecho de piso de la lista. Aquí encontramos a la mayoría de las estrellas de rock masculinas que van envejeciendo y deciden hacer arte, como Ringo Starr, el baterista de los Beatles, o el cantante John Mellencamp, además de otros íconos que llevan décadas instalados en la cima de la industria, como el actor Johnny Depp.

Sin duda, se trata de personas talentosísimas en sus respectivas disciplinas. Sin embargo, su éxito y fama han sido tan grandes que el mundo parece haberles dicho que sí a todo desde hace mucho tiempo. Al no darse cuenta de que su genialidad pertenece a un área específica, asumen que todo lo que tocan se convierte automáticamente en oro; se sienten genios incomprendidos y creen que el arte es simplemente otra forma de expresión que les corresponde por derecho. Su obra visual a menudo funciona como una especie de autorretrato —saben perfectamente lo grandes e importantes que son, aunque no siempre de manera literal. Ringo Starr, por ejemplo, ha pintado muchísimas estrellas como un guiño a su propio apellido, que en inglés suena idéntico a esa palabra.
Por último, en la cuarta categoría (los intrusos de la industria) entran grandes nombres cuyos perfiles provienen del entretenimiento puro o de ámbitos percibidos más comerciales que artísticos. Aquí encontramos al rapero Snoop Dogg, al boxeador e influencer Jake Paul, a la celebridad Paris Hilton o al comediante Eric André. Su arte es tan deficiente que las galerías comerciales prestigiosas raramente se arriesgan a exhibirlo, pues el beneficio económico no compensa la pérdida de su credibilidad institucional.
Esta obra opera meramente como una recaudación rápida de dinero (cash grab); una fórmula que funciona porque, a pesar de la nula calidad de las piezas, los fanáticos están dispuestos a pagar sumas exorbitantes con tal de poseer un objeto creado por su ídolo. Sin embargo, esta producción se puede dividir en dos vertientes: el arte físico y el digital. Este último cobró fuerza con el auge de los NFT, un terreno donde la verdadera autoría de la celebridad se vuelve aún más ambigua y evidencia que muchas veces se trata de un negocio orquestado por sus representantes —todos sabemos, por ejemplo, que Paris Hilton no diseñó realmente esas piezas digitales.

Una vez definidas estas categorías, resulta esencial preguntarse cómo opera la industria cultural para otorgarles semejante relevancia y por qué este arte, de manera casi sistemática, carece de calidad. Brad Troemel resalta que, con frecuencia, los medios alertan al público sobre los próximos artistas celebridades al comparar el acto con "salir del clóset". A veces esto ocurre de manera literal, como en el artículo publicado por Artnet en 2022: “¿Cómo entro a este mundo del arte?: la actriz Alia Shawkat sobre salir del clóset como artista en la feria Spring Break”. En otras ocasiones con un lenguaje más matizado tal como tituló The Guardian ese mismo año: “Los talentos del hijo de Madonna dividen a los críticos tras revelarse que era un artista secreto”.
Esta narrativa impide la crítica. Después de todo, mostrar su obra es un gesto "valiente"; están exponiendo un lado vulnerable que, por temor al escrutinio, habían mantenido oculto. Además, este enfoque discursivo cumple con otra función: fabricar la ilusión de que la celebridad lleva años pintando de manera privada, ya que cualquier giro demasiado abrupto en su carrera nos haría cuestionar su autenticidad. En los casos donde es innegable que llevan poco tiempo en la disciplina, los medios los retratan como genios enloquecidos que descubrieron el dibujo y se obsesionaron a tal grado que produjeron un volumen masivo de obra, lo cual los pondría supuestamente al nivel de otros grandes. Así ocurrió, por ejemplo, cuando el actor James Franco inició su propio "viaje artístico".
Al final, estas figuras juegan a ser marginales cuando en realidad, la única razón por la cual conocemos su obra es su fama previa. El espectador queda confinado a consumir su arte solo para confirmar quiénes son, en lugar de encontrar una propuesta nueva en el lienzo. Si una celebridad verdaderamente deseara que su producción plástica se separara de su persona, trabajaría anonimamente. Sin embargo, no están dispuestos a renunciar a los beneficios económicos y logísticos que les otorga su nombre. Lo irónico es que, al no tener la necesidad económica de vender, estas celebridades gozarían, en teoría, de una libertad creativa absoluta. Pese a ello, terminan operando bajo códigos y fórmulas que creen que venderá.
Ante este panorama, cabe cuestionarse qué recibe el mercado comercial del arte a cambio de ceder sus espacios.
La respuesta es pragmática. Por más que el arte es la forma de comunicación más avant-garde que existe, la realidad es que suele quedar en segundo plano. El arte produce estéticas, pero estas nunca tendrán el alcance masivo del diseño gráfico o la cultura popular. Entre más artística es la música, menos se consume y un performance conceptual jamás llenará los recintos que llena un proyecto comercial. Las exposiciones de celebridades ofrecen, en cambio, muchísima venta de boletos y atención mediática sin riesgos políticos reales. No hay peligro de cancelación ni de politización —como cuando Nancy Spector renunció a su cargo de curadora en jefe del Museo Guggenheim tras meses de controversia.
A esto se suma la torturada relación que los propios creadores mantienen con la fama. Desde los días de Andy Warhol, las celebridades han sido las musas más fáciles para los artistas. Sus retratos suelen ser los primeros en captar la mirada del público general y funcionan como el punto de entrada perfecto para que las audiencias masivas comiencen a interesarse, por fin, en el resto de la práctica artística.
Mientras el mercado del arte siga priorizando la taquilla segura por encima del valor, las salas de las galerías continuarán llenándose de piezas que solo buscan capitalizar el peso de un nombre. Al final, el verdadero peligro no es que las celebridades hagan arte malo —derecho que todo el mundo posee, sino que las grandes instituciones prefieran monetizar que otorgarle ese espacio a creadores reales.