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Paula Rego y el rostro del miedo

Darle un rostro al miedo fue una de las grandes búsquedas de Paula Rego. Sus pinturas llevaron a la vida cotidiana aquello que durante mucho tiempo permaneció oculto: el miedo, la culpa, el deseo y las relaciones de poder que aprendemos casi sin darnos cuenta.


Por Liz Navarro

Paula Rego dedicó su vida a darle un rostro al miedo. Sabía que las formas más profundas del temor rara vez aparecen como monstruos. Habitan los cuentos que escuchamos desde pequeños y las ideas sobre el mundo que incorporamos mucho antes de aprender a ponerlas en duda. Su pintura llevó todo eso a una habitación, a una cocina, a una mesa o a un dormitorio, lugares donde el poder, la culpa, el deseo y la violencia forman parte de la vida cotidiana.

Nació en Portugal en 1935, bajo la dictadura de António de Oliveira Salazar, en un país donde la autoridad política, la moral católica y la familia compartían un mismo lenguaje. La obediencia ocupaba un lugar central en la educación y en la vida doméstica. En ese ambiente creció rodeada de relatos populares, canciones infantiles y cuentos tradicionales que, detrás de su aparente sencillez, transmitían una forma muy precisa de entender el mundo.

Con el paso de los años, esos relatos se convirtieron en una presencia constante en su obra. Rego volvía a ellos porque sabía que los cuentos sobreviven a quienes los narran. Siguen influyendo en la manera en que entendemos el castigo, la culpa, la autoridad o el deseo. Sus pinturas muestran cómo esas historias permanecen vivas mucho después de haber sido contadas.

Sus personajes producen una inquietud difícil de explicar. Se aferran al suelo, aprietan los dientes, se doblan, cargan peso o desafían la gravedad con posturas exigentes. El cuerpo expresa aquello que las palabras todavía no alcanzan a decir.

Esa intensidad también nacía de su forma de trabajar. En su estudio construía escenarios completos con muebles, telas, muñecos, animales de peluche y modelos a quienes dirigía como una directora teatral. Observaba durante horas hasta que la escena encontraba su equilibrio. Solo entonces empezaba a dibujar. Muchas de sus obras conservan la sensación de que algo está a punto de suceder.

La literatura acompañó toda su carrera. Lewis Carroll, Peter Pan, Pinocho, Jane Eyre y los cuentos tradicionales portugueses aparecen una y otra vez en su trabajo. Rego encontraba en esos relatos preguntas que seguían acompañando a cada generación. Sus pinturas dirigen la atención hacia aquello que suele pasar inadvertido: los pequeños gestos con los que el poder se ejerce y termina pareciendo natural.

La serie Abortion, realizada tras el referéndum portugués de 1998, reúne muchas de esas preocupaciones. Las habitaciones austeras, los cuerpos exhaustos y la ausencia de cualquier dramatismo convierten cada escena en una experiencia profundamente física. Rego retrata a mujeres atravesando el aborto en espacios domésticos, concentradas en el dolor y la espera. La fuerza de la serie reside en la forma en que desplaza la mirada hacia una realidad corporal que durante mucho tiempo permaneció fuera de la representación artística.

Algo semejante ocurre en la serie Dog Women, una de las más importantes de Paula Rego. Sus figuras adoptan una corporalidad que escapa a cualquier gesto aprendido. La fuerza, el agotamiento, la rabia y el instinto conviven en un mismo cuerpo. Diversos estudios han visto en estas imágenes una exploración de las fronteras entre lo humano y lo animal y, al mismo tiempo, una revisión de las formas tradicionales de representar el cuerpo de las mujeres.