Artes Visuales

Pedro Coronel, el artista que coleccionó los orígenes del mundo

Una de las figuras fundamentales de la pintura mexicana del siglo XX. Su obra construyó un puente entre la herencia prehispánica, la abstracción y las vanguardias internacionales mediante formas monumentales, superficies densas y un colorido profundamente expresivo. A lo largo de cuatro décadas reunió también una de las colecciones de arte más importantes y singulares de México, integrada por máscaras africanas, arte grecorromano, piezas prehispánicas y obra de artistas como Picasso, Kandinsky, Miró o Matta. Coronel entendió el coleccionismo como una forma de relacionar culturas, épocas y sensibilidades distintas. El museo que hoy lleva su nombre en Zacatecas conserva esa visión, convirtiendo su colección en una de las pocas del país que logró permanecer unida.


Por Liz Navarro

En México existen grandes colecciones privadas que terminaron dispersas entre herencias, subastas y ventas internacionales. La de Pedro Coronel tomó otro camino. Reunida a lo largo de cuatro décadas, permaneció prácticamente intacta y terminó convirtiéndose en uno de los acervos más singulares del país. Más que una acumulación de piezas excepcionales, funciona como el retrato de una sensibilidad obsesionada con encontrar vínculos entre culturas, épocas y formas aparentemente distantes.

Octavio Paz escribió sobre él: “Pasión: palabra clave en el universo de Coronel”. La frase describe su pintura, pero también su manera de coleccionar. Coronel reunía objetos guiado por afinidades visuales y espirituales antes que por categorías históricas. En una misma colección podían convivir esculturas grecorromanas, máscaras africanas, arte prehispánico, piezas de Oceanía y obra de las vanguardias europeas del siglo XX, como si todas respondieran a una misma pregunta sobre el origen de las imágenes.



Formado inicialmente como escultor en La Esmeralda, Coronel viajó a París a principios de los años cincuenta y encontró una ciudad atravesada por las discusiones artísticas de la posguerra. Ahí conoció a Constantin Brâncuși y entró en contacto con artistas y escritores que transformaron su manera de entender la forma. La obra de Paul Klee resultó decisiva para acercarlo a la pintura y a una abstracción donde el color y la estructura podían desprenderse de la representación literal.

Ese entorno también alimentó su colección. Coronel reunió obra gráfica y dibujos de figuras fundamentales de las vanguardias, entre ellas Pablo Picasso, Joan Miró, Max Ernst, Wifredo Lam, Roberto Matta y Wassily Kandinsky. Más que reunir nombres consagrados, parecía construir una genealogía personal de la modernidad, donde la abstracción, el surrealismo y las culturas antiguas podían leerse dentro de una misma continuidad.

Su propia pintura absorbió esa tensión entre lo ancestral y lo moderno. Aunque suele vincularse a la Generación de la Ruptura, Coronel nunca abandonó del todo la presencia del México prehispánico. Sus grandes superficies de color, las formas monumentales y las texturas densas remiten tanto a las vanguardias europeas como a la fuerza escultórica de las culturas antiguas. La abstracción en Coronel conserva siempre una memoria material.


La colección seguía esa misma lógica. Coronel organizaba los objetos desde resonancias formales antes que desde cronologías académicas. Una máscara ritual africana podía dialogar con una figura prehispánica o con una litografía de Picasso porque en todas encontraba una síntesis de formas y una intensidad espiritual semejante. Su colección revela una visión universal del arte muy característica de la segunda mitad del siglo XX, cuando muchos artistas buscaron conexiones entre las vanguardias modernas y las llamadas culturas originarias.


Esa continuidad convierte su acervo en un caso excepcional dentro de México. Muchas colecciones formadas durante la primera mitad del siglo XX terminaron fragmentadas con el tiempo. La de Coronel permaneció unida. Esa permanencia permite comprender no solo las piezas, sino la mirada que les dio sentido.

El museo inaugurado en Zacatecas en 1983 transformó esa obsesión privada en patrimonio público. Coronel donó miles de piezas para que permanecieran juntas y pudieran ser vistas en relación. La decisión modifica la idea misma del coleccionismo. La colección deja de funcionar como símbolo de posesión y se convierte en una forma de pensamiento visual abierta a los demás.


Mirar hoy “El Universo de Pedro Coronel” permite entender mejor su propia pintura. Las máscaras, esculturas, dibujos y objetos que reunió durante décadas no aparecen como intereses paralelos, sino como parte del mismo impulso que atravesó toda su obra: la búsqueda de formas capaces de conservar una intensidad primordial más allá del tiempo y de la historia.