Con apertura en mayo hasta su clausura en noviembre, la 61ª Bienal de Venecia ha sido catalogada como la edición más controversial y caótica de su historia. El evento cultural más antiguo y prestigioso del mundo se ha transformado en 2026 en un campo de batalla geopolítico. El conflicto estalló tras la polémica decisión de la organización de mantener los pabellones de Rusia e Israel, lo cual ha desencadenado huelgas y boicots masivos que han dejado salas vacías o intervenidas. Además, el jurado internacional renunció a sus cargos, negándose a otorgar los Leones de Oro a estados cuyos líderes están bajo investigación por crímenes contra la humanidad en la Corte Internacional.
Mientras colectivos como Femen y Pussy Riot denuncian frente al pabellón ruso que “el único arte ruso hoy es la sangre” —palabras de la activista de Femen, Inna Shevchenko, ante la prensa— la comisaria ucraniana Ksenia Malykh advierte que el arte está siendo usado como arma de guerra. Paralelamente, frente al pabellón de Israel, cientos de manifestantes exigen el fin del “artwashing”—término que describe la estrategia de utilizar eventos culturales para limpiar la imagen de un Estado o institución. Mientras, el artista israeli-rumano Belu-Simion Fainaru defiende su obra como un espacio de diálogo y califica la exclusión como una forma de discriminación.
En medio de este caos, surge un gran dilema. Tras el abandono del jurado y bajo el pretexto de "democratizar" el arte y conectar con las audiencias, la Bienal tomó la decisión de otorgarle el poder del veredicto final de las obras a los asistentes mediante una app de votación digital.
Está claro que la gente que asiste a la Bienale ama el arte, pero ¿están realmente calificados para juzgarlo? El crítico británico Julian Stallabrass, en su libro Art Incorporated (2005), advierte:
"El peligro de la democratización absoluta es que el arte deja de ser una exploración de lo desconocido para convertirse en un espejo de los prejuicios y el gusto común de la mayoría”.
Actos invisibles para sostener el universo, proyecto del colectivo RojoNegro en el pabellón de México, Biennale de Venecia 2026.
Si cualquier persona puede juzgar bajo los mismos estándares que un experto, el arte pierde su base real. La validez de un crítico está en su capacidad de leer una obra dentro de una tradición y una técnica. Sin eso, la Bienal se arriesga a premiar lo que mejor se adapte al algoritmo del sentimiento público y al "me gusta" instantáneo.
Al final, este experimento será recordado como el momento en que el arte intentó sobrevivir sin sus propios estándares. Si cualquiera es crítico, entonces cualquier cosa puede ser calificada como arte.