Antes de que existieran los museos con sus secciones ordenadas, vitrinas impecables y cédulas explicativas, existían los Wunderkammern o “gabinetes de maravillas”; espacios mucho más caóticos e íntimos diseñados para coleccionar y contemplar el mundo entero dentro de una habitación. Nacidas en Europa durante el Renacimiento, una época marcada por la revolución científica y las grandes exploraciones navales, estas colecciones reunían objetos extravagantes como meteoritos, conchas marinas, instrumentos científicos, esculturas prehispánicas, cráneos, cuernos de narval que se vendían como si fueran de unicornio.
Aunque no existía una organización única, muchos gabinetes agrupaban sus piezas en categorías como Naturalia, dedicada a las criaturas y elementos de la naturaleza; Artificialia, donde se reunían objetos creados o transformados por la mano humana; Scientifica, reservada a instrumentos y artefactos de estudio; y Exotica, compuesta por objetos procedentes de territorios lejanos.
Tras el primer contacto con el continente americano en 1492, el mapa para los europeos se volvió inmenso. Sin embargo, viajar no era accesible ni fácil para cualquiera. Cruzar el océano implicaba meses de travesía, enfermedades mortales y un gran riesgo de naufragio. Para la inmensa mayoría de la población, el Nuevo Mundo era un mito lejano, un territorio que imaginaban poblado por monstruos y maravillas. Los Wunderkammern surgieron como portales hacia ese universo inalcanzable.
Además de saciar la curiosidad, los gabinetes funcionaban también para demostrar el alcance de las redes comerciales y el prestigio de su propietario. Los grandes coleccionistas de la época competían por poseer los objetos más insólitos. El archiduque Fernando II del Tirol, por ejemplo, reunió en el castillo de Ambras una colección que incluía armas, armaduras, retratos de personas con deformidades físicas y objetos etnográficos de América, África y Asia. El médico danés Ole Worm tenía en su gabinete de Copenhague un oso polar disecado colgado del techo junto a kayaks inuit y esqueletos de peces gigantes. En 1599 el naturalista Ferrante Imperato publicó una de las primeras ilustraciones de un gabinete, una habitación con el techo y las paredes completamente cubiertas de especímenes naturales, libros y objetos.
El único criterio de selección era la rareza, la extrañeza y la capacidad de provocar asombro. Lo que importaba no era entender el mundo, sino maravillarse ante él. Con el paso del tiempo, los gabinetes se fueron ordenando, clasificando y fueron abriertos al público de forma masiva. Esa transformación resultó en los primeros museos universales modernos. Instituciones como el Museo Británico, el Louvre y el Museo de Historia Natural de París tienen sus raíces en colecciones privadas de este tipo.