"Todas las mañanas salgo a caminar a las seis de la mañana. Recorro todo el jardín, camino más de cinco kilómetros, mire usted el tamaño del jardín que he ido aumentando al comprar los terrenos aledaños. Empecé con 15 mil metros cuadrados. Personalmente vigilo a los jardineros e inspecciono el estado de los árboles, veo las hortensias, yo misma ordeno los injertos de los frutales, pido que me suban tal o cual enredadera, que me amarren tal o cual bugambilia."
Así describía Dolores Olmedo su vida en La Noria, Xochimilco, en Dolores Olmedo y Diego Rivera. Retratos, de Elena Poniatowska (2026). Tras seis años de trabajos de conservación, el museo que lleva su nombre vuelve a abrir sus puertas, y el sitio que alberga la colección más importante de obra de Frida Khalo y Diego Rivera, sigue viviéndose como lo vivió su habitante.
Hortensias en tonos pastel, más de cien majestuosos pavorreales que pasean con total indiferencia hacia los visitantes y una camada de xoloescuincles —incluyendo uno con pelaje que más de un visitante confunde con un perro común— descendientes del par que Diego Rivera le regaló a Olmedo. La presencia de los animales no se limita al jardín sino que acompaña todo el recorrido.

Al entrar a la primera sala, la parte más antigua de la hacienda donde estaba la habitación de Dolores, hay varias fotos de ella, incluyendo con su amado xoloescuincle. Los sapos también tienen una presencia fuerte en esta sección. Aparecen en dibujos de Diego Rivera y hay un peluche en forma de sapo sobre la cama de Olmedo. Rivera, gran amigo de Dolores, se identificaba con este animal, en parte por su abundancia en Guanajuato, su natal, y en parte tras engordar por problemas de tiroides. Aquí, uno de los primeros autorretratos de Rivera resalta porque aparece joven y muy distinto a como solemos verlo.
En la siguiente sala, una colección de esculturas de perritos prehispánicos convive con distintos estilos pictográficos por los que experimentó Rivera: paisajes impresionistas, composiciones cubistas, acuarelas de sus viajes por Francia. Una obra especialmente impactante es Cuchillo y fruta frente a la ventana (1917), una naturaleza muerta que pintó en París con una ejecución que se nota apresurada en ciertos trazos. Fue firmada tres días después de la muerte de su primer hijo, Diego Miguel Ángel Rivera Beloff, que murió de neumonía al año y medio de edad. También se exhiben obras de su estancia en Rusia en 1956, donde viajó a recibir tratamiento para el cáncer un año antes de su muerte. Su serie de niños rusos de ese año representa a su hijo como Rivera imaginaba que hubiera sido si hubiera podido llegar a la niñez.
Después está una sala con obra de Frida, que incluye dibujos y autorretratos menos conocidos como Autorretrato con boina roja (1932). A diferencia de sus retratos folklóricos habituales, este es mucho más minimalista, hecho con lápices de color. La temática animal vuelve en Autorretrato con changuito (1945), donde posa con su mono araña Fulang-Chang y su xolo Señor Xolo. En la sala que sigue, hay también una mirada muy íntima a su vida. Aparecen obras que representan sus numerosos procedimientos médicos y una titulada Hospital Henry Ford (1932), donde retrata su aborto espontáneo. La maternidad no se vive de la misma manera para todas. Frida la retrata a través de la tragedia, pero también a través del afecto. En Mi nana y yo (1937), su nana amamanta a una Frida adulta pero diminuta en tamaño.
El Museo Dolores Olmedo es un retrato de tres personas que se amaron y construyeron juntas un mundo. Rivera y Kahlo están en los cuadros. Olmedo está en el jardín, en los animales, en el peluche de sapo sobre su cama. Los pavorreales siguen ahí, las hortensias también, y uno tiene la sensación de que Dolores podría aparecer en cualquier momento, inspeccionando las bugambilias.