Jorge Luis Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de su país en 1955 y para entonces, como es bien sabido, ya no podía leer. De eso trata uno de sus textos más conocidos, el “Poema de los dones”:
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría de Dios
que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
Los libros y la noche, es decir, la biblioteca y la ceguera. La coincidencia de ambas parece extraordinaria; Borges está rodeado de los objetos que más aprecia, pero al mismo tiempo está incapacitado para leerlos. En el poema se compara con Midas, que murió de hambre y de sed porque todo lo que tocaba se convertía en lo que más deseaba, y con Paul Groussac, quien también había sido ciego y director de la misma biblioteca. Más tarde, después de publicado el poema, Borges supo que, además de ellos dos, hubo un tercer director de la biblioteca que también había perdido la vista, el romántico José Mármol, autor de Amalia[1]. Tres directores ciegos de la Biblioteca Nacional ya no le parecieron a Borges una casualidad, sino una confirmación. Y yo afirmo que también una profecía.
Porque esa situación, en apariencia tan extraordinaria y paradójica, de estar rodeado de maravillas pero sin poder aprovecharlas, define muy bien a nuestra época: nunca había sido más sencillo y más económico leer buenos libros, observar arte de primerísima calidad, oír la música más sublime, acceder a conocimientos científicos que habrían vuelto locos de gozo a los filósofos naturales del pasado, entrar en contacto con las peculiaridades de los pueblos de la Tierra, y no obstante, casi nadie lo hace. Todo indica que estamos ciegos, solo que nuestra ceguera no es fisiológica, sino moral.
La ceguera (me refiero por supuesto a la fisiológica), la profecía y la clarividencia están unidas desde antes de la literatura en el mito. Por ejemplo, el adivino más recurrente de los mitos griegos es el ciego Tiresias, capaz de percibir lo que los demás no logran ver. El libro III de las Metamorfosis de Ovidio relata que Juno impuso una “eterna noche” a los ojos de Tiresias, pero Júpiter, para aminorar la excesiva sanción de su esposa, le dio a Tiresias “el saber lo futuro” y de esta forma “alivió, con este honor, su desgracia”. Unos versos más adelante, la ninfa Liriope pregunta a Tiresias si su hijo Narciso vivirá muchos años, y él responde que sí, siempre y cuando nunca llegue a conocerse. Una excepción flagrante a la máxima délfica “conócete a ti mismo”: no lo hagas si puedes enamorarte de tu imagen.
“El adivino más recurrente de los mitos griegos es el ciego Tiresias, capaz de percibir lo que los demás no logran ver”.
Ciegos o no, los adivinos griegos también estaban sometidos a magníficas ironías: Calcante en la Ilíada, Casandra poco antes de la caída de Troya y el propio Tiresias hicieron enfurecer a aquellos que precisamente más necesitaban de sus oficios. Siempre ha sido así: la gente más necesitada de verdades desagradables es la que menos está dispuesta a oírlas. En Edipo Rey, Edipo monta en cólera cuando Tiresias, con renuencia, le hace ver lo que ha hecho; en Edipo en Colono, Tiresias es vilipendiado por Creonte, reacio a entender lo que se le viene encima: la muerte de su hijo, el suicidio de su esposa y la pérdida del reino.
En los libros de Borges se menciona a Edipo pero no como sujeto trágico. De haberlo tenido en mente no habría escrito los primeros versos de uno de sus poemas más injustamente célebres, “El remordimiento”:
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer: no he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Desde luego, el yo que habla en cualquier poema no es el yo del poeta de carne y hueso, aunque muchas veces Borges nos invita a confundirlos. De cualquier manera, esa tristeza íntima o burguesa habría sido casi el paraíso para Edipo, de quien sería más fácil afirmar que cometió los peores pecados que un hombre puede cometer, como matar a su padre o tener hijos con su madre.
El que le interesa a Borges es el Edipo joven y avispado que enfrenta a la esfinge con la astucia de un Ulises. Esto está claro en su soneto “Edipo y el enigma”, de 1964 –año en el que el autor de estas líneas andaba a cuatro patas:
Somos Edipo y de un eterno modo
la larga y triple bestia somos, todo
lo que seremos y lo que hemos sido.
La triple bestia que somos alude, desde luego, a la respuesta que Edipo da a la esfinge, la bestia que no somos: primero cuatro patas, después dos, después tres; primera infancia, vida plena y vejez. El terceto con que cierra el poema es más interesante:
Nos aniquilaría ver la ingente
forma de nuestro ser; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.
No podemos, en efecto, ver de golpe lo que somos, hemos sido y seremos, porque esa visión triple y supratemporal nos aniquilaría. Pienso, inevitablemente, en las Elegías de Duino de Rainer Maria Rilke:
¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre los ángeles?
Si de súbito alguno de ellos me apretara contra su corazón
me aniquilaría su existencia más fuerte.
Y es que la belleza solo es el principio de lo terrible
que todavía podemos soportar,
lo que admiramos porque, sereno, desdeña destruirnos…
A Borges, insisto, no parece interesarle el Edipo viejo y exiliado que, andando en tres patas, como el Borges que habita en la memoria de muchos con su bastón, llega a Colono para morir. Este es el Edipo que, a pesar de su ceguera, o gracias a ella, puede ver con mayor claridad que nunca su propia existencia; de hecho puede ver lo que Tiresias ya había visto antes. Ahora ha sido repudiado por sus compatriotas y por los extranjeros, incluso por sus propios hijos varones; solo lo aceptan sus hijas y, para sorpresa de muchos atenienses, el rey Teseo. Si la ceguera es un laberinto, Teseo vuelve a resolverlo, otorgándole la ciudadanía a Edipo para que pueda morir en paz.
Algún comentarista afirma que la razón por la que esta tragedia sucede específicamente en el demo o demarcación de Colono no tiene que ver con el mito, sino con ser el lugar de nacimiento de su autor, Sófocles. En cualquier caso, los dioses arruinaron la vida de Edipo, pero una vez muerto lo encumbrarán, y sus restos harán invencible a la ciudad que los conserve (las erinias que lo persiguieron se transformarán en protectoras de Atenas). Otra magnífica ironía: “En vida no soy nada”, dice Edipo, “pero muerto seré de nuevo una persona”. Será enterrado en la colina de Ares, es decir, en el Areópago, lugar al que iban a purificarse los pecadores y a ser perdonados los malditos, y donde sesionaba el consejo del mismo nombre.
Hablemos ahora del siguiente ciego que voy inevitablemente a mencionar: Homero, o lo que llamamos Homero. Este percibió proféticamente que solo había dos caminos para la literatura narrativa, el de la Ilíada y el de la Odisea, y desde entonces los buenos libros han transitado por uno de los dos[2]. Hay buenos libros que tratan de la brutalidad y de la fragilidad de la condición humana y de los grandes acontecimientos; y hay otros que tratan de la inteligencia, la intimidad y las ensoñaciones. Pero en Borges esos caminos no se bifurcan, sino que confluyen. Encontramos en su obra lo que podría parecer incompatible, tanto la Ilíada como la Odisea, es decir, la violencia, los cuchilleros, los gauchos, el coraje, las batallas, la sangre, por un lado; y por otro, la más sofisticada inventiva, la erudición, las paradojas, la subjetividad profunda, y las exquisitas y asombrosas posibilidades del tiempo, el espacio y la identidad.
“Los buenos libros han transitado por la Ilíada o la Odisea. En la obra de Borges los caminos no se bifurcan, sucede lo que podría parecer incompatible, confluyen ambos”.
Existe una sola razón para inferir la ceguera de Homero: se le ha imaginado colocándose a sí mismo dentro de su literatura como el aedo ciego que hace llorar a Ulises. Lo que es tan solo una probabilidad, y bastante borgiana, ha pasado a ser el único rasgo característico del primer escritor de nuestra tradición literaria. Nadie menciona el color de su piel, el tono de su voz o su gentilicio; todos decimos que no podía ver.
Pero no es esto lo que más une a Borges con la literatura de Homero. La mayor afinidad está en el destino de sus grandes protagonistas. Al igual que Aquiles –y como lo declaró en repetidas ocasiones–, Borges prefería la muerte a la eternidad. Claro que Aquiles, por ser hijo de dioses, pudo realmente elegir la eternidad, pero optó por la gloria de este mundo, la misma que el cristianismo enseña a desdeñar. En cuanto a Ulises, este es tanto el personaje Ulises en un plano de la Odisea como, en otro, el personaje cantado y ficcionalizado por el aedo que habita el primer plano, de manera que Ulises oye hablar de sí mismo como personaje de ficción. Habría podido decir que era al otro, a Ulises, a quien le ocurrían las cosas. Estos desdoblamientos resucitan para la literatura moderna en la segunda parte del Quijote, escrita después de que Cervantes leyera la primera traducción al español de la Ulixea, y en Borges serán casi una costumbre. Además, Borges fue un asendereado que, perdiéndose en aventuras fantásticas, buscaba volver si no al hogar y a los brazos de su esposa, sí, sospecho, a sus orígenes. La memoria y el olvido, la nostalgia, la lealtad y la traición, son temas constantes en Borges y transversales en la Odisea. Y finalmente, Borges cumplió su deseo de morir en Ginebra, donde había sido feliz; donde había leído a Schopenhauer y a Whitman; donde había aprendido el latín, la madre de su lengua; donde había fallecido su abuela materna; y donde había sido sorprendido por cierta Émilie y su amor adolescente, ajeno por completo a las atrocidades de una Europa encanallada al otro lado de la frontera suiza.
Si nos atuviéramos a la cronología, hay un ciego, o mejor dicho una ciega, Sapia Salvani, que yo debería abordar antes de los dos ciegos de los que hablaré a continuación, comenzando por el más joven.
Edipo murió en el exilio, y del más alto de todos los exilios, el que nos arrojó a la realidad como ningún otro, trata El paraíso perdido de John Milton, la obra cumbre del escritor al que Borges dedica más tiempo en su conferencia sobre la ceguera. No sería honesto repetir lo que dice en ella (es la séptima del delicioso volumen Siete noches).
Milton fue uno de los más notables defensores de la libertad de expresión en el siglo XVII. Su Areopagítica (título que hace alusión al consejo ateniense que ya mencionamos) contiene argumentos que todavía es necesario esgrimir contra la censura. También sigue vigente su argumentación del derecho que todos tenemos a rebelarnos contra “cualquier poder irresponsable, incuestionable e irresistible”. Al margen de su intensa actividad política e intelectual (favoreció el derrocamiento y la decapitación del rey Carlos I), su Paraíso perdido nos ayuda a enfrentar nuestra caída, que trajo consigo la posibilidad de que encontremos, dentro de nosotros mismos, “otro paraíso, más venturoso y más bello” que el perdido. ¿No es esto también lo que pudo encontrar Borges al ser expulsado de la plenitud del sentido de la vista y encontrarse obligado a buscar otra plenitud, otra visión más venturosa y más bella, dentro de sí mismo? En cualquier caso, Borges sentía una inmensa admiración por la actitud de Milton ante la ceguera, una actitud belicosa, de no rendirse nunca ante ella. Habría aceptado lo que dice Milton:
La mente tiene su propia casa
y puede hacer del infierno un cielo
y del cielo un infierno.
En casa de mi mente veneramos a esta cieguísima trinidad: Homero, Milton y Borges. “El número tres cierra las cosas; dos es una mera coincidencia, tres, una confirmación, divina o teológica”, dice este último. Y cualquier diccionario de símbolos dirá que la trinidad es símbolo de la unidad original y perfecta, recuperada después de transformarse en dualidad (1, 2, 3).
Milton dictando a su hija, óleo de Henry Fuseli, 1794, Instituto de Arte de Chicago.
Este es el tipo de razonamiento que, por lo menos desde Pitágoras y Platón, inundó la mente de los sabios durante siglos. Lo que hoy llamamos ciencia, antes de serlo, fue símbolos, geometrías, analogías. La perfección parecía no solo posible sino incluso real. Así era el modelo ptolemaico del universo, cuya simetría parecía irrefutable antes de nuestra caída en la modernidad. Y uno de los principales responsables de esta fue sin duda Galileo Galilei, quien destruyó la idea de que todos los cuerpos celestes eran esferas perfectas girando alrededor de nuestra Tierra, al observar, en 1610, con un rudimentario telescopio perfeccionado por él mismo, las irregularidades y accidentes de la superficie de la Luna, así como cuatro lunas (hoy llamadas satélites galileanos) girando alrededor de Júpiter.
El propio Galileo nunca abandonó la tradición previa, pese a sus observaciones contundentes, como lo muestra el pasaje más conocido de toda su obra, que está en El ensayador:
La filosofía está escrita en ese libro enorme que tenemos continuamente abierto delante de nuestros ojos (hablo del universo), pero que no puede entenderse si no aprendemos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Está escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin los cuales es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro.
La magnífica ironía de Dios se ensañó también con Galileo, pues “el divino laberinto de los efectos y de las causas” le dio a la vez los telescopios y la noche, y no la noche nocturna nada más, valga la redundancia, sino la misma que recibió Borges. Galileo, el hombre que amplió nuestra visión del universo, demostrando que era inmensamente vasto y asombroso, imperfecto pero en cierto sentido superior a la imaginación, también perdió la vista. Y, para alguien que se había dedicado a observar la naturaleza, ser ciego y estar legalmente confinado a las afueras de Florencia, con sus inútiles telescopios arrumbados por ahí, puede compararse sin desdoro a la situación de Borges en la Biblioteca Nacional.
Cabe recordar ahora un encuentro que, de haber sido imaginado por un novelista, parecería inverosímil pero que realmente sucedió. Milton lo narra en Areopagítica después de mencionar que la censura y el servilismo habían:
sofocado la gloria de los ingenios italianos, de modo que nada había sido escrito allí en todos estos años sino lisonja y rimbombancia. Fue ahí que encontré y visité al famoso Galileo, ya envejecido y prisionero de la Inquisición por pensar, en cuanto a astronomía, contrariamente a lo que los licenciadores franciscanos y dominicos pensaban.
Antes de terminar, quiero volver a la profecía de Borges que, desde mi punto de vista, o de ceguera, es el signo de nuestro tiempo: el estar rodeado de posibilidades, pero ser incapaces de aprovecharlas. A esto se añade la escasez de algo que Borges tenía en abundancia: capacidad de admiración. Por eso Borges nos conduce siempre a otros escritores, porque sabía, como muy pocos, admirar. Y la admiración es, precisamente, lo contrario de la envidia. Hoy se pone más empeño en envidiar que en admirar; la parte enferma de nosotros envidia; la parte sana admira.
“Borges nos conduce siempre a otros escritores, porque sabía, como muy pocos, admirar. Y la admiración es, precisamente, lo contrario de la envidia”.
Para los católicos, la virtud contraria a la envida es, extrañamente, la caridad. Yo creo que es la admiración.
Y esto me lleva a la última persona ciega prometida en el título de este texto. Está entre los envidiosos en el Purgatorio de Dante, a quienes se les ha cosido los párpados, porque la envidia, como su etimología nos lo recuerda, nace con la vista. (Según ciertos mitos la ceguera de Tiresias fue el castigo que recibió por haber mirado a una diosa sin su permiso). La envidia se define como la tristeza por el bien ajeno, la aflicción al ver los bienes de otros, y creo que nuestra época, en lugar de combatirla, la ha encumbrado al confundirla con la justicia social. Pero este es otro asunto; a lo que iba es que Dante, en mi opinión, no elige el mejor ejemplo. Su ejemplo de persona envidiosa es Sapia Salvani, una aristócrata sienesa, caritativa y llena de virtudes, según testimonios de la época, que por cuestiones políticas se alegró cuando sus compatriotas perdieron una guerra contra los florentinos. Su pecado no fue exactamente el de la envidia, es decir, el de sentir tristeza por el bien ajeno, sino el de sentir alegría por la desgracia ajena, que es algo todavía peor que la envidia. El alemán, no el italiano ni el español, tiene la palabra precisa: Schadenfreude. Pero una cosa es de repente martillar en un clavo al señalar una imperfección de la Comedia, y otra infinitamente superior levantar toda una catedral, que es lo que hizo Dante.
Para Borges, el episodio más notable de la Comedia está en el canto XXVI del Infierno. Ahora tampoco repetiré lo que él dice mejor que nadie; solo quiero señalar una coincidencia que él no menciona, y un terceto de este canto que es citado con frecuencia cuando se habla de la búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, cualidad que para George Steiner es consustancial a la civilización europea. Dante ve una llama doble y cree, en un principio, que pueden ser Etéocles y Polinices, los hijos de Edipo que se mataron uno al otro luchando por el poder; esta es la coincidencia. Pero en realidad son Ulises y Diomedes, condenados por urdir engaños y ser malos consejeros. Al leer lo que dice Ulises, de las dos llamas la más alta, nos queda claro que Dante no tuvo acceso directo al texto de Homero. Sabía que Homero era un gran poeta, por Virgilio y porque la gente culta lo sabía en Europa, pero sus escritos habían dejado de leerse en el siglo VI y solo volvieron a circular en Occidente cuando Petrarca, unos 35 años después de la muerte de Dante, recibió una copia proveniente de Bizancio. No importa: el caso es que Ulises, en lugar de emprender el añorado regreso a casa, dice Dante, se lanza a una arriesgada navegación más allá de las puertas de Hércules, hacia lo desconocido, solo para ver qué puede encontrar. Y aquí viene la cita, que son palabras de Ulises:
Piensen en la nobleza de la estirpe
humana, que no somos animales,
y nos toca buscar virtud y ciencia.
Es parte de la arenga que le suelta a sus hombres para convencerlos de internarse en lo desconocido. Dante añade que en su descabellada ambición los marinos se toparon con la montaña del Purgatorio, y Ulises será castigado (como Tiresias) por asomarse a lo divino, que es precisamente lo que hace Dante en su Comedia. En alguno de sus Ensayos dantescos, Borges explora las semejanzas y diferencias entre los dos viajeros: “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer el castigo de Ulises”.
Hay varias semejanzas obvias entre Borges y Dante. En su cuento “El Aleph”, acaso el más revelador de toda su obra, Borges es conducido al objeto “Aleph” por su propio Virgilio, Carlos Argentino Daneri, y por su propia Beatriz, la fallecida Beatriz Helena, aunque lo hagan en clave ridícula. La cifra de este relato tan gracioso como perturbador hay que buscarla en la Comedia.
“Allí donde estén Tiresias, Edipo, Homero, la Sapia de Dante, Milton y Galileo, infierno, purgatorio o paraíso, biblioteca o laberinto, volumen, cenáculo u observatorio celeste, debe estar Borges”.
A punto de ingresar al más allá, y en mitad del camino de la vida, Dante afirma haberse perdido en una selva obscura. Más tarde verá o creerá ver muchas cosas, pero en comparación con lo que ve al final de su odisea puede decirse que antes y después estuvo ciego, y que todos estamos ciegos. Me refiero al momento en que está por concluir su visita al Paraíso, ya en el canto XXXIII (el tres es el número que rige y diviniza la Comedia, y aquí el lector encuentra la nota 3)[3]. Después de que San Bernardo ruega a la Virgen, “hija de tu hijo”, que le permita a Dante “elevarse con sus ojos” hacia la “suprema salvación” y “el placer sumo”, quitándole “la niebla” de los ojos, Dante logra “unir su vista con el infinito”, y percibe una luz eterna, tan maravillosa como inenarrable, y en su fondo, ¡un libro! Un libro que es una especie de Aleph:
¡Oh inmensa gracia que me permitió
mirar la indescriptible luz eterna
al consumir la fuerza de mi vista!
Y en lo profundo vi que descansaba,
cosido con amor en un volumen,
el texto que despliega el universo:
sustancias y accidentes ya mezclados,
fundidos de tal forma, todos juntos,
que es un reflejo apenas lo que expreso.
Su forma universal es como un nudo
y yo creo haberlo visto, y es tan vasto
como el gozo que siento al recordarlo.
En la región más pura del Paraíso, Dios mismo se insinúa como una escritura en la que el pasado, el presente y el futuro son simultáneos, como se verían si viajáramos a la velocidad de la luz, y el espacio es como una esfera cuyo centro está en todas partes.
Tecleo estas líneas con la convicción de que, allí donde estén Tiresias, Edipo, Homero, la Sapia de Dante, Milton y Galileo, infierno, purgatorio o paraíso, biblioteca o laberinto, volumen, cenáculo u observatorio celeste, debe estar Borges.
[1] Quizá esta ignorancia nos libró de una cuarteta en la que rimaran Mármol y árbol.
[2] “Toda gran obra de ficción desciende de la Ilíada o de la Odisea”, sostuvo Raymond Queneau.
[3]Además de estar dividida en 3, la Comedia está escrita en tercetos de endecasílabos (3 x 11 = 33) y consta de 33 cantos, más el inicial suman 100. El Infierno tiene 9 círculos (3 x 3), el Purgatorio 9 partes y el Paraíso 9 cielos, donde hay 9 jerarquías angélicas, etcétera. El 3 y sus múltiplos, y en menor medida el 7 y el 10, están estructuralmente integrados en toda la obra.